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Imagínese la siguiente escenografía:
un bar de moda con iluminación insinuante, musiquita sabrosona,
una barrita rica y mesitas regadas al azar por un arquitecto carísimo.
Muy bien. Ahora agréguele unos traguitos bien cargados y
un elenco de telenovela criolla, a saber: unos mujerones de veintipico,
delgadísimas y con unas tallas de sostén incalculables,
divinas todas, brevemente vestidas todas, solitas todas ellas, esparciditas
por ahí con sus sonrisas impecables y sus ganas de vivir
la aventura de sus vidas esa misma noche. En la barra me coloca
un grupo de hombres increíbles, altos, con sus cuerpotes
trabajadísimos en los gimnasios, treintones, cuarentones
y hasta cincuentones, vestidos de manera impecable, elegantísimos
ellos, simpaticones, con tema de conversación y montones
de tarjetas de crédito en el bolsillo, dispuestos igualmente
a salir del bar en la maravillosa compañía de alguna
de las féminas anteriormente descritas. Al fondo del bar,
en una mesita esquinera, estoy nada menos que yo, por algún
insólito error del director de casting, presenciando aquello.
Miradas iban y venían entre los galanes y las galanas en
cuestión, sonrisitas de venpacá y sonrisitas de allá
voy. Finalmente una de ellas rompe el hielo y se acerca a la barra
a conversar. La reciben gustosos y de inmediato las demás
la imitan formándose un grupete de lo más animado
y pendenciero del cual no era difícil predecir mínimo
un romance ocasional. Ah, se me olvidaba. En la barra, perdido entre
los galanes y en aparente desventaja, estaba un muchachón
del tipo pizza sin anchoas, ni tan alto ni tan buen mozo ni tan
bien vestido como sus compañeros. El irrelevante, digamos.
No era ni el más simpático ni el más atrevido
ni ocurrente, con decirles que ni yo me había fijado en él.
Cuál no sería mi sorpresa, mayúscula por demás,
cuando vi al final de la velada que fue este caballero precisamente
el único, léase bien, el único del grupo, que
abandonó el bar del brazo de la muchacha más bellísima
y en obvia actitud de amanecer sonreído y feliz. Al cabo
de un ratito y por cosas del destino me enteré de cuál
era su gancho. No. No era el más billetúo. Nada que
ver. Resulta ser que mi amigo irrelevante tenía en su poder
un pequeño carnet mágico. Era el único caballero
presente que tenía vigente su carnet de la prueba del SIDA,
obviamente con resultado negativo, detalle que lo convertía
en el hombre más codiciado de la velada. ¿Qué
tal? La escena que les acabo de relatar es por supuesto falsa, un
invento de mi caprichosa imaginación a la que le encantaría
que estas cosas ocurrieran. Sabiendo como sabe uno que las relaciones
son en su gran mayoría asuntos circunstanciales y momentáneos,
sería fabuloso que, además de la gozadera del sexo
y su correspondiente despecho del día siguiente, no trajeran
recuerdos que realmente tengan que lamentarse. l
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