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  Consejos para rumberos,
enamorados y pendencieros

Mónica Montañés

 

Segurito que a estas alturas usted ya le compró su Niño Jesús a los muchachos y a su mamá y a su suegra y hasta resolvió como pudo al amigo secreto, pero me corto una uña a que dejó por fuera a una persona que debería resultarle importantísima: usted mismo. Por si tengo razón y usted, después de haber logrado llegar dignamente al fin de año, no se ha regalado nada, me permito hacerle dos sugerencias que le van a permitir transcurrir el 2005 con una sonrisota en los labios y una sabrosura en las caderas nada despreciable.

Resulta que hay dos temas de nuestra más absoluta y entrañable cotidianidad, dos temas que nos respiran cerquitica en la pata de la oreja, dos asuntos que nos encantan a todos y que procuramos practicar con frecuencia, dos temas de los cuales, sin embargo, sabemos muchísimo menos de lo que creíamos saber. Me refiero a la salsa y al sexo. Sí señor. Y da la maravillosa casualidad que en este preciso momento las mejores librerías del país cuentan con sendos espléndidos libros escritos precisamente para hacer más felices a todos aquellos caribeños de alma y oficio que nos preciemos de ser rumberos, enamorados y pendencieros, valgan todas las redundancias posibles.

Estoy hablando de El libro de la salsa de Cesar Miguel Rondón y de Sexo Sentido de Luis Fernández.

Empecemos por el libro de Rondón. Uno se topa con la portada y ya le empieza a entrar como un tumbaíto. Sigue (como suele ocurrir en estos casos) hojeando y ojeando las páginas, viendo y viendo las fotos, y ya tiene mínimo un pie en movimiento. Le entra al prólogo-elogio nada menos que del gran Padula Fuentes y entiende que la cosa es poniéndose los tacones y las lentejuelas porque lo que viene, más que importante, es trascendente. Se bebe con mucho ron y limoncito la pasión con la que César Miguel le va echando el cuento a uno de ese milagro llamado salsa y, cuando viene a ver, usted está de puntitas aplaudiendo. Sí, aplaudiendo, a Rondón por la sabrosura, la pluma y la sapiencia, y a todos aquellos músicos que a punta de ritmo y genialidad nos han brindado y siguen brindando esa cosa inmensa y feliz llamada salsa, a la que por desfachatez tuteamos como si no le debiéramos mayor pleitesía que la de una picadita de ojo y un tamborileo de dedos sobre el capó de un carro. Si a usted le gusta la salsa o los libros bien hechos, o ambos, sin lugar a dudas este libro es para usted.

Sigamos con el libro de Luis Fernández. Ayayay. Resulta que uno se ha pasado la vida entera enamorándose. Resulta que uno tiene un currículo más bien digno de ocultárselo a sus tías mayores, llenito de amores y despechos. Resulta entonces que uno no termina de entender cómo es que tanta y tanta experiencia no lo conduce a uno más que a cometer y cometer más y más errores, torpemente los mismos. Bueno, pues, he aquí un libro que uno comienza a leer tranquilamente y que termina devorándose porque da la impresión de estar escrito precisamente sobre uno mismo. Apenas traspasar el tercer párrafo y ya uno se acomoda bien en el sofá con la certeza de que este tipo sabe lo que está diciendo. Y es que Luis, entre sus muchas virtudes, tiene la de saber escuchar y, echo el gon, ha pasado una chorrera de años calándose las eternas conversas desgarradoras y desvergonzadas de Mimí y sus amigas. Chorrera de años que, lejos de quejarse, ha decidido utilizar en su propio beneficio, y en el de todos nosotros, editando este pequeño gran libro ácido, divertido y extraordinariamente bien escrito.

Por eso me atrevo a juntar en una misma nota navideña estos dos libros escritos por autores aparentemente distintísimos que, sin embargo, tienen en común el extraño y nada despreciable galardón de ser dos de los hombres mas codiciados de este país. Y eso que ambos están felizmente casados con dos de las mujeres mas inteligentes que conozco. O quizá por eso mismo. En fin que si usted todavía no se ha comprado nada, hágame caso y regálese estos dos privilegios. l

 
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