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Segurito que a estas alturas usted ya le
compró su Niño Jesús a los muchachos y a su
mamá y a su suegra y hasta resolvió como pudo al amigo
secreto, pero me corto una uña a que dejó por fuera
a una persona que debería resultarle importantísima:
usted mismo. Por si tengo razón y usted, después
de haber logrado llegar dignamente al fin de año, no se ha
regalado nada, me permito hacerle dos sugerencias que le van a permitir
transcurrir el 2005 con una sonrisota en los labios y una sabrosura
en las caderas nada despreciable.
Resulta que hay dos temas de nuestra más
absoluta y entrañable cotidianidad, dos temas que nos respiran
cerquitica en la pata de la oreja, dos asuntos que nos encantan
a todos y que procuramos practicar con frecuencia, dos temas de
los cuales, sin embargo, sabemos muchísimo menos de lo que
creíamos saber. Me refiero a la salsa y al sexo. Sí
señor. Y da la maravillosa casualidad que en este preciso
momento las mejores librerías del país cuentan con
sendos espléndidos libros escritos precisamente para hacer
más felices a todos aquellos caribeños de alma y oficio
que nos preciemos de ser rumberos, enamorados y pendencieros, valgan
todas las redundancias posibles.
Estoy hablando de El libro de la salsa
de Cesar Miguel Rondón y de Sexo Sentido de Luis Fernández.
Empecemos por el libro de Rondón. Uno
se topa con la portada y ya le empieza a entrar como un tumbaíto.
Sigue (como suele ocurrir en estos casos) hojeando y ojeando las
páginas, viendo y viendo las fotos, y ya tiene mínimo
un pie en movimiento. Le entra al prólogo-elogio nada menos
que del gran Padula Fuentes y entiende que la cosa es poniéndose
los tacones y las lentejuelas porque lo que viene, más que
importante, es trascendente. Se bebe con mucho ron y limoncito la
pasión con la que César Miguel le va echando el cuento
a uno de ese milagro llamado salsa y, cuando viene a ver, usted
está de puntitas aplaudiendo. Sí, aplaudiendo, a Rondón
por la sabrosura, la pluma y la sapiencia, y a todos aquellos músicos
que a punta de ritmo y genialidad nos han brindado y siguen brindando
esa cosa inmensa y feliz llamada salsa, a la que por desfachatez
tuteamos como si no le debiéramos mayor pleitesía
que la de una picadita de ojo y un tamborileo de dedos sobre el
capó de un carro. Si a usted le gusta la salsa o los libros
bien hechos, o ambos, sin lugar a dudas este libro es para usted.
Sigamos con el libro de Luis Fernández.
Ayayay. Resulta que uno se ha pasado la vida entera enamorándose.
Resulta que uno tiene un currículo más bien digno
de ocultárselo a sus tías mayores, llenito de amores
y despechos. Resulta entonces que uno no termina de entender cómo
es que tanta y tanta experiencia no lo conduce a uno más
que a cometer y cometer más y más errores, torpemente
los mismos. Bueno, pues, he aquí un libro que uno comienza
a leer tranquilamente y que termina devorándose porque da
la impresión de estar escrito precisamente sobre uno mismo.
Apenas traspasar el tercer párrafo y ya uno se acomoda bien
en el sofá con la certeza de que este tipo sabe lo que está
diciendo. Y es que Luis, entre sus muchas virtudes, tiene la de
saber escuchar y, echo el gon, ha pasado una chorrera de años
calándose las eternas conversas desgarradoras y desvergonzadas
de Mimí y sus amigas. Chorrera de años que, lejos
de quejarse, ha decidido utilizar en su propio beneficio, y en el
de todos nosotros, editando este pequeño gran libro ácido,
divertido y extraordinariamente bien escrito.
Por eso me atrevo a juntar en una misma nota
navideña estos dos libros escritos por autores aparentemente
distintísimos que, sin embargo, tienen en común el
extraño y nada despreciable galardón de ser dos de
los hombres mas codiciados de este país. Y eso que ambos
están felizmente casados con dos de las mujeres mas inteligentes
que conozco. O quizá por eso mismo. En fin que si usted todavía
no se ha comprado nada, hágame caso y regálese estos
dos privilegios. l
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