Hacedores de Paraguaná

La península del estado Falcón sabe de historias y no, precisamente, de sequía. Viaje adentro es tierra de cultores, de hallazgos y de tradición. Territorio donde late la vida como bien se puede advertir en cuatro relatos Adriana Gibbs/ Fotos: Leo Alvarez. Enviados especiales
Henry Pino
Pintor de vírgenes
Los Guayacanes —casa de Henry Pino— es lugar de alquimia. No debe causar asombro que allí las infusiones que el pintor prepara con las hierbas de su jardín cambien de color ante los ojos del visitante. Tampoco debe extrañar que su hogar contraste con la sequía propia de Paraguaná. Los Guayacanes es pura espesura verde, y es que Henry es un apasionado de las matas. A ellas se entrega con la
misma devoción con la que pinta —día a día— a la Virgen María. Su pequeño
taller, dentro de casa, es un espacio pleno de pinturas y estampas religiosas.
“Me despierto todos los días a las 5:30 de la mañana. Me gusta el amanecer para meditar. A esa hora le prendo mis velitas a la Virgen, y me tomo dos cafés. Hago silencio para ver cuál es el llamado del día, qué debo pintar. Entro al taller y escojo
por pura intuición la pieza con la que voy a trabajar”.
Nació en Punto Fijo y allí vivió hasta 1997, año que para él fue de finales y de comienzos. “Murió mi abuela, quien me crió, y ella era la única que me ataba a
Punto Fijo. Me vine a Paraguaná y decidí cambiar de oficio (fue enfermero durante muchos años). También ese año conocí a Ela (su pareja). Y fue aquí donde años después empecé a pintar, con la certeza de que uno cambia todo el tiempo”.
El hace uso de acrílicos, hojillas de oro y otras herramientas para plasmar su religiosidad. En su hacer, antiguas puertas y ventanas —olvidadas en el tiempo— vuelven a la vida con imágenes de procesiones, fiestas religiosas, tradiciones populares y, su motivo principal, la Virgen María en sus diferentes advocaciones.
“No voy a la iglesia todos los domingos ni hago tres rosarios al día, pero tengo mucha fe en María, como energía ella me llena. María encarna la paciencia, el deber cumplido, la valentía con lo que le tocó vivir. Siempre que comienzo a trabajar me entrego a una de sus advocaciones. No hago bosquejos. La Virgen se da sola, al igual que los colores”. De las que ha pintado en todo este tiempo sólo conserva una de ellas, la imagen de la Virgen de Chiquinquirá. “No me aferro a ellas. Vienen y se van”.
De su abuela recuerda el ritual de verla, muy temprano en la casa de Punto Fijo, abriendo puertas y ventanas: “Ella, al hacer esto, decía: ‘Entra Dios a la casa, bienvenido sol…’. Yo, al igual que ella, creo que las cosas en la casa se cargan de energía. Me pasa que me llegan tablas para pintar que me inspiran tristeza, otras me dan alegría, y otras me inspiran respeto”.
Con Ela tiene dos hijos. “A Patricia (tiene siete años) le gusta dibujar, y reconoce a las vírgenes. Cristopher tiene cinco años, es muy despierto, a veces tiene sus crisis y pelea con la Virgen, luego se le acerca y le disculpas. Eso también me pasa a mí, y es que uno tiene sus momentos de duda… Pintar es una forma de oración”.
Coordenadas
Carretera Buen Vista Pueblo Nuevo,
Casa Los Guayacanes.
Telfs: 0269-414.38.66/ 0412-595.18.04/ 0412-590.93.51.
Actualmente se puede apreciar una muestra de su trabajo
en Caracas, en el café arábica, Los Palos Grandes. |

¨Paraguaná es una tierra de soledad,
con gente que, dentro de todo,
sigue siendo muy pura¨
Chuto Navarro
El hijo pródigo

Se fue y luego regresó para quedarse. A los 17 años Chuto Navarro partió a Caracas a dar rienda suelta a su gusto por la música. “Fui a Caracas y de ahí a Colombia. Tocaba cuatro y tenía un grupo. De vuelta, conocí en Caracas a un muchacho que cantaba muy parecido a Alfredo Sadel y que tocaba guitarra, él me pidió que le acompañara a conocer un grupo de música criolla. Había un bongó que nadie tocaba. Lo tomé, hice unos toques y
al rato me invitaron a formar parte del grupo. Empecé a ir a los ensayos. Al tiempo fuimos contratados. El grupo se llamaba Los estudiantes. Grabamos un long play llamado La orquídea del burro loco. Tocábamos en el Coney
Island. Llegamos a la televisión, y luego estuvimos en Colombia en una gira. Fui la voz cantante del protagonista de la película Ay Carmentera.
Una amiga cantante me puso en contacto con un señor que grababa discos, éste me ofreció trabajo en el estudio de grabación. Allí me quedé como técnico y empezó mi carrera como productor discográfico; desde ese y otros estudios empecé a apoyar artistas”.
Chuto Navarro fue uno de los grandes productores de Sonorodven. Fue él el gran promotor de Gualberto Ibarreto, entre otros artistas. Estuvo casado con Nancy Ramos, y con ella tuvo una hija. Tenía todo un camino andado en la música cuando en él empezó a tomar espacio la nostalgia por Paraguaná.
“Después de casi 40 años en la vida artística me cansé de Caracas y me vine con María Elena (su pareja, conocida como La Pancha) a Paraguaná. Y aquí estamos. Durante un año estuvimos reconociendo la región, y decidimos abrir un restaurante en la casa donde nací. Nos fue muy bien, y nos animamos, años después, a levantar el proyecto en el que hoy estamos, Hacienda La Pancha”.
Ambos se propusieron darle más entusiasmo a la región, y se animaron a construir una bella posada en Pueblo Nuevo. Chuto construyó la casa inspirándose en cinco casas de su familia. La cocina, las habitaciones, los corredores y las columnas, tienen que ver con su legado. La posada ha dado nuevos bríos a la región, pues María Elena (La Pancha) sin haber nacido en la península es la propia paraguanera. Ella cumple los buenos oficios de embajadora del lugar, proponiendo a quienes les visitan paseos por la región; no sólo los sitios obvios; ella, curiosa como es, propone itinerarios menos convencionales, y pone en contacto al paseante con personajes e historias maravillosas.
“Yo me enamoré más de Chuto cuando él me dijo que se quería venir a vivir aquí. En Paraguaná sí se vive. La gente tiene tiempo para la gente. Además, es una península de colores. Amanece y atardece rosado, y durante todo el día es azul, con sus arenas doradas, sus bordes blancos. Aquí a Dios se le perdieron las acuarelas”.

¨Paraguaná es una caja
de Pandora... Amanece
y atardece rosado, y
durante todo el día es
azul, con sus arenas
doradas. Aquí a Dios
se le perdieron
las acuarelas¨
Coordenadas
Hacienda La Pancha, Pueblo Nuevo.
Telfs.: 0414-969.2649
0414-231.2613 / 0269-511.1269 |
Otoniel Salas
La vida en madera
Es tímido y de muy poco hablar. No se siente cómodo respondiendo preguntas. Prefiere hablar de otro modo: tallando la madera. Allí su expresividad es más que pródiga. Muestra de ello es el hermoso Cristo de la iglesia de Pueblo Nuevo. Su trabajo se ha expuesto dentro y fuera del país, y la casa de la cultura de Pueblo
Nuevo lleva su nombre.
Otoniel Salas tiene casi 20 años tallando bajo un cují, en una suerte de taller ubicado
a diez minutos —a pie— de su casa. “Me despierto a las 5:30 de la mañana, y comienzo a trabajar a las 7:30, dependiendo del clima”.
Se vincula con distintos tipos de madera, entre sus favoritas, las duras, se pueden mencionar el guayacán silvestre y el cedro. “Lo importante es que se dejen tallar.
Hay unas que son muy blandas, otras muy fibrosas. Con éstas no trabajo, pero siempre les encuentro alguna utilidad. Incorporo también otros materiales como metales y piedras.
Su ingenio le permite dar variadas formas a la madera. San Benito, José Gregorio Hernández, Simón Bolívar y Juan Vicente Gómez son algunas de las figuras que ha tallado. Tiene también una serie de bastones, cuyas empuñaduras brillantemente labradas con figuras de animales, llaman la atención por sus cuidados detalles.
“La madera es un material noble. Trabajarla me ha dado voluntad. Cuando empiezo
a tallarla, ella misma sugiere la pieza que quiere ser”. El respeta lo que ésta le brinda, no le exige ser algo que no quiera ser, él la ve, la analiza y empieza a crear.
De sus piezas conserva una que bautizó con el nombre de Duna de los médanos.
Es una voluptuosa mujer hecha a partir de una sola madera de guayacán, y parece estar danzando mientras sus manos se sumergen en sus cabellos. Quienes conocen
a Otoniel dicen que la hizo inspirado en Anaís, su pareja, a quien conoció en Pueblo Nuevo. Ella iba con frecuencia al taller, y las visitas se fueron convirtiendo en otra cosa. No se sabe quién enamoró a quien. O si se enamoraron. “Ella es muy alegre y atenta; me ayuda en la compra de los materiales; a veces modela… Cocina muy rico; en estos días preparó un chivo con orégano que me hizo cerrar los ojos”. Con ella lleva diez años de vida compartida, tiempo en el cual ambos han tallado a Nicolás y Solselene, sus dos hijos.

¨No me imagino viviendo en otro lugar
que no sea éste. Me gusta su clima cambiante. Si hace frío, disfruto el frío;
si hace calor, disfruto el calor; si hace
viento estoy con el viento. Todo consiste
en saber acoplarse¨
Coordenadas
San José de Cocodite, vía hacia la reserva de Montecano
Telf.: 0414-693.1664 |
Los Gutiérrez
La familia de las sillas
Esta es una historia colectiva que comienza a las cuatro de la mañana y se prolonga hasta las seis de la tarde. La de los Gutiérrez, los artesanos de las sillas. El mayor se llama Ruperto Gutierrez, tiene 78 años, y es el hermano de “las cinco muchachotas”, de nombres Berta, Dionisia, Mercedes, María y Emma. El menor del grupo se llama William, de 27 años de edad; es el hijo menor de Ruperto y tiene la tarea de mantener la tradición.
En el eje de la península hay tres localidades que se dedican a hacer sillas: El Vínculo, Moruy y Pueblo Nuevo. En cada una de ellas este hacer tiene su particularidad, sus maneras. Los Gutiérrez son de Pueblo Nuevo. “Trabajamos la madera siguiendo las maneras aprendidas de la familia. Mi bisabuelo nació en 1870 y desde los diez años empezó a trabajar con las sillas. Papá tiene casi 80 años, de los cuales 70 se los ha dedicado al arte de las sillas. Yo empecé a trabajar a los ocho años. A esa edad hice mi primera silla; recuerdo que era una sencillita y sin respaldo”, cuenta William.

La familia hace unas diez sillas al día.
Los hombres hacen la estructura y las mujeres
se afanan en los tejidos, siguiendo la tradición
de la bisabuela. Las maderas que suelen utilizar son el cardón por su blancura, el cují, el limoncillo y la flor blanca. Ellas tejen varios diseños con hojas de maíz y de carruña o carruá. Todo esto transcurre en una casa donde ya tienen viviendo 40 años, sentados en muebles hechos por ellos mismos. Allí les visitan directamente los clientes. “Me gusta que venga gente de lejos y valore el trabajo que uno hace”, afirma William. “Para esto hay que tener paciencia”, dice Ruperto. Agrega William: “La inspiración existe pero tiene que encontrarte trabajando.¨•
Coordenadas
Asociación Civil Artesanía Paraguanera Gutiérrez
Sector La Providencia, Telfs.: 0416-266.3479 / 0416-265.9074 |
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- Un cocodrilo sobre el corazón
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