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Premios habemus...
¡Yplata también

Bien sea porque se postularon motu proprio
para obtener algún galardón, o porque algún tercero tuvo la iniciativa de proponerlos para
que un jurado calificador decidiera que efectivamente se merecían eso y más, lo cierto es que quienes reciben la feliz noticia de: “Sí, usted es el ganador” suelen tener —así fuera en el más recóndito rincón de su cabeza— un justo destino para ese premio siempre bienvenido… ¡Sobre todo cuando llega acompañado de una buena suma de dinero contante y sonante! Lea aquí cómo fue que lo invirtieron algunos venezolanos que, en muy disímiles disciplinas,
lo han recibido en buena lid en tiempos recientes y no tanto. 

María Elisa Espinosa / Fotos: Natalia Brand

Héctor Bujanda
Con pasaje en mano

Cómo imaginar que el título de su libro —La última vez— le iba a llevar tal contraria a “El Buitre”, seudónimo con el cual Héctor Bujanda participó, ¡y ganó!, en la II Bienal de Novela Adriano González León 2006. Pues hay que decirlo: no ha habido todavía una última vez para este joven periodista venezolano, o al menos no la ha habido en Barcelona, España, ciudad en la cual estudió un doctorado en Literatura Comparada
y de la cual regresó a Caracas sin sospechar que muy pronto volvería a visitarla. Gracias, precisamente, a haber sido reconocido con este galardón en octubre pasado, pudo comprar dos pasajes —uno para él y otro para su esposa— con los cuales concretaría un reencuentro, una despedida que quedaba pendiente. “Quise saldar de manera saludable una cuenta con esa ciudad, porque uno siempre se va como apurado de las ciudades, nunca puedes decir: ‘Me fui en el momento justo y cerré eso bien’. Uno siempre termina yéndose con prisa y ésta es una manera de cerrar ese ciclo como debe ser”, explicaba Bujanda a los pocos días de haber recibido y cobrado el cheque de 15 millones de bolívares, incluidos en el galardón literario organizado por el PEN de Venezuela, en sociedad con el Grupo de Empresas Econoinvest y Editorial Norma. De allí a adquirir los boletos para disfrutar de tres semanas en Barcelona durante estas navidades sólo mediaba una calle de la atribulada Caracas, así que la cruzó para tocar, justo en la acera de enfrente, la puerta de la agencia a través de la cual se concretaría ese sueño, esa cita postergada. Que si todo —es decir, el triunfo y el viaje— estuvo premeditado o no desde el momento en que se sirvió de un seudónimo para poner a prueba sus cualidades como escritor de novelas, lo aclara sin poses el hoy coordinador editorial de la revista Exxito: “Obviamente uno siempre le tiene fe a las cosas que hace y más cuando son de este tipo; así que el acto de introducir el libro en el concurso fue un acto de fe, y nunca se desestima ese acto.
Pero de allí a que realmente te lo ganes, te llamen y te digan: ‘Usted tiene que ir para tal lado a las 10:30 de la mañana, póngase bonito y prepare unas palabras porque cualquier cosa puede ocurrir...’, la verdad que eso es otro punto. Por lo tanto, puedo decir que para nada tenía predestinado ese dinero. Además, la literatura nunca la he pensado en esos términos, y siendo éste mi primer libro terminado como tal, antes de pensar en el dinero, estaba pensando en quién me lo iba a publicar. Entonces, lo que yo le preguntaba a la gente era: ¿Lo publican o no lo publican? ¿Quién lo publica y cuándo? Y sí, la respuesta fue que sí, que lo publicaría la Editorial Norma en febrero próximo. ¡Así que de aquí a allá me moriré de la ansiedad!”.        

Reinaldo Di Polo
En el mar la vida es más...
                  
Sabrosa, sí. O más bien sabrosísima. Y que lo diga
este científico tan conocido por sus descubrimientos dentro de la fisiología humana, como por su pasión por el saxofón y los deportes acuáticos. No en balde, lo primero que hizo cuando en 1983 le dieron la noticia de que había sido reconocido con el Premio de Ciencias Lorenzo Mendoza Fleury, otorgado por la Fundación Polar por primera vez ese año, fue salir raudo a comprarse una tabla de windsurf. La que tenía, lo confiesa, era muy mala, de manera que lo más lógico era invertir parte del dinero intrínseco al premio (entonces 2 millones de bolívares “que para la época era plata”) adquiriendo una nueva que lo pusiera a navegar bien plantado sobre las aguas de Mochima. “Cuando me preguntaron ese año en qué iba a gastar el premio, explicándome que lo podía hacer en lo que me diera la gana, les dije que me iba a comprar la tabla, cuestión que impresionó a unos cuantos”, relata este médico investigador que con su imagen y pasiones desmitifica la idea del científico enclaustrado estrictamente en su laboratorio. En 1983, la tabla de sus sueños costaba 250 mil bolívares, según no olvida todavía hoy, así que el metálico recibido dio para mucho más, como por ejemplo: una computadora, “que también era un lujo comprarla en esa época”, parte del costo de un vehículo rústico, varios libros y un pequeño equipo para el laboratorio. Aunque deben sumársele a todo esto: dos cajas de cerveza (producto líder de las empresas que patrocinan el premio) que el propio Di Polo sugirió a la directiva de la Fundación Polar les regalaran a los premiados cada mes como una suerte de bonus track vitalicio. “Esa idea la instituí yo”, explica orondo, aunque paso seguido confiesa que la cuota que, efectivamente sigue recibiendo todos los meses de su vida, siempre se las lleva a sus amigos mochimeros con quienes comparte la pasión por el mar y la tarea de encontrar los calamares que le sirven a él y a su equipo de investigación para continuar desentrañando los misterios de la neurona humana. Aunque, es preciso aclararlo, no ha sido el Lorenzo Mendoza Fleury el único premio recibido por este windsurfista de bata blanca. Además, obtuvo el Pi Suñer en 1980, otros muchos reconocimientos de la academia, publicaciones en las más prestigiosas revistas científicas y, muy particularmente, el Premio Nacional de Ciencias que se le otorgó en el año 2000... ¡cuándo también hubo metálico de por medio! Exactamente: 10 millones de bolívares, con los cuales aprovechó para comprar carro nuevo, aunque esta vez la inflación le cobró unas cuantas. “Recuerdo que tuve que poner siete millones más”. 

Micucci Arquitecto y Asociados
Ganar y gastar, o viceversa

No eran poca cosa: 12 mil dólares que se recibían gracias al esfuerzo —eso sí— de un equipo muy creativo que durante varios meses estuvo dedicado a trazar la Gran Plaza Central de la Zona Rental de Plaza Venezuela. El Concurso Internacional de Ideas y Propuestas para ese proyecto específico del denominado corazón de Caracas, fue convocado por la Fundación Fondo Andrés Bello de la UCV y su veredicto revelado en octubre de 2004, cuando se cantó a un triple ganador, entre ellos el estudio del venezolano Franco Micucci. Todavía el joven arquitecto no olvida la expectativa que se generó aquel día en el auditorio de la Torre CorpBanca, aunque ya sí se le hace lejano el brillo del metálico recibido. “Ese premio se lo llevó completo el taller, eran años de crisis y por lo tanto no era fácil subsistir en aquellos tiempos... Además de que este tipo de proyectos implica unos gastos importantes, así que, de alguna manera, cuando uno gana, lo que tiene que hacer es retribuir lo invertido. Claro que peor es cuando no se gana, ¡porque igualito tienes muchas cosas que pagar! (risas)”. De todas, todas, mejor resulta —según sugiere el arquitecto— triunfar en una convocatoria que, en lugar de un monto, implique la adjudicación del contrato para desarrollar el proyecto ganador; con lo cual, además de garantizar el funcionamiento del estudio de arquitectura, sus integrantes pueden verle verdaderos frutos a tanto esfuerzo. “En esto de los premios que dan dinero hay más mitos que el carrizo”, concluye Micucci, quien por cierto también se hizo acreedor del gran premio de la Bienal de Arquitectura 2001, donde “lo que nos dieron fue un diplomita”. No tarda tampoco en volverse anecdótico. “Hay un cuento famoso con el Premio Nacional de Arquitectura y un colega que lo ganó hace un tiempo: cuando supo que lo que le iban a dar eran 2 millones de bolívares y que además tenía que darle la mano al Presidente de turno, pues decidió renunciar al premio. Esas cosas pasan”. Como también sucede que se destine parte del dinero sin todavía haberlo cobrado, como le ocurrió al propio Micucci y a su equipo con un almuerzo para celebrar el haber ganado un concurso de ideas a nivel local... “Gastamos el equivalente a la mitad del premio y el dinero lo terminamos recibiendo seis meses después, con lo cual se devaluó totalmente (risas), aunque después se compensó con el contrato del proyecto (más risas)”.   

Enio Perdomo
Como caídos del cielo

No lo esperaba, ¡pero qué buen momento para recibirlo!, reconoce el reportero gráfico Enio Perdomo al hablar sobre el Premio de Periodismo del Gobierno Metropolitano de Caracas, alcanzado este año en reconocimiento a sus 40 años de trayectoria en estas lides. “El monto fue de dos millones y medio, y como tenía pendiente una operación de cataratas en el ojo derecho, pues entonces los utilicé para adelantar todos los exámenes y otras cositas; claro que después el seguro lo pagaría, pero mientras tanto resolví así. Además, al estar un
mes de reposo me pude defender con eso: que si las deuditas que te quedan por allí, que si el teléfono, el condominio...”. Nada más doméstico que eso, podría decirse, pero cómo ayudan unos reales cuando nadie los espera, considerando, como es el caso, que fueron sus colegas del Cabildo Metropolitano quienes postularon a Enio Perdomo esta vez. Lo mejor de todo es que no fue éste el único reconocimiento recibido por el fotógrafo en 2006, aunque sí el único en metálico. “Además me dieron el Premio Nacional de Periodismo, sólo que no incluía platica porque era una mención honorífica… Eso sí, el acto fue más largo que el carrizo (risas). Tuve que ir a Miraflores, pasar como tres horas y cuando salí me dieron unos jugos, unas galletas y unos libros de la revolución”.


Irene
Pérez Schael
Sobre cuatro ruedas

Es una de las tres mujeres (de un total
de 55 científicos) que han recibido el Premio Lorenzo Mendoza Fleury a lo largo de 23 años de haber sido instituido por la Fundación Polar. El suyo lo recibió
—obviamente de muy buena gana—
en la edición 2001, cuando fue postulada por sus colegas para reconocerle con toda razón la trayectoria de su carrera en el campo de las enfermedades entéricas y, muy puntualmente, por las investigaciones realizadas en torno a la  vacuna del rotavirus. Aunque no recuerda el monto en bolívares, sí guarda en la memoria la traducción instantánea a billetes verdes que hizo en su cabeza: “Para entonces era el equivalente a 10 mil dólares y no lo pensé dos veces: ¡me compré un carro!”. Hoy todavía lo conduce, pues tampoco es que haya transcurrido demasiado tiempo, amén de que tiene clarito que una inversión como esa no es que se puede hacer a cada rato. Como tampoco las que se hacían a inicios del Mendoza Fleury, como muy bien apunta esta licenciada en Química con master en Nutrición y pare usted de contar otras tantas especializaciones: “El mismo año en que se lo ganó (Reinaldo) Di Polo también se lo ganó un doctor que pagó con el premio la mitad de un apartamento; en mi caso, muchos años después, pude comprar un carro; mientras que ahora creo que ni eso. Así que esto habla mucho de cómo las relaciones de precio han cambiado... (risas, para no llorar)”. l

Asistente de fotografía: Andrea Baez.
Agradecimiento: Air Europa

 

mespinosa@eluniversal.com

 

 

 


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