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  El ídolo
Mirtha Rivero

La cita era en el patio central del museo. La entrada era libre y pensé que el local iba a estar repleto. No era para menos, el evento anual que durante dos días reunía a unos pocos escogidos,

cerraba esa noche con un acto abierto al público. El año anterior, me contó una amiga, había ido mucha gente, así que habría que llegar temprano. Planifiqué mis movimientos. Escogí el vestido y me propuse salir con hora y media de anticipación. Por si acaso. Pero tanta planificación como que no va conmigo. Cual quinceañera que va a su primer baile, me retrasé. Pese a mis cálculos, nada de lo que me ponía me gustaba. Me cambié de ropa tres veces, para terminar saliendo a un cuarto para la siete de la noche, y el acto estaba pautado para las siete y media. ¡Tendría que volar!

Por fortuna no hallé tráfico y estacioné justo al lado del foro. Entré al edificio por el sótano, y al salir del ascensor encontré un auditorio lleno de sillas negras y de hombres y mujeres —con tipo de guardaespaldas— también enfundados de negro. Me impactó el color, por los 39 grados de temperatura que hacía en la calle y porque era lo único que llenaba la sala: el negro de los sacos, pantalones, faldas y sillas. El recinto estaba casi vacío. Fuera de los seres envueltos en negro, conté 20 cabezas. Miré el reloj: 7:31.

Me senté en la penúltima fila, en el primer asiento. Detrás de mí, una monja y una colegiala conversaban en susurros, y no entendí la razón del secreteo. Ni que estuviéramos en misa, pensé. Dos filas más adelante un par de hermanas sesentipiconas (era obvio el parentesco) trataban de encontrar el mejor acomodo: se sentaban, miraban hacia el escenario, intercambiaban palabras entre ellas y se rodaban. Al otro extremo, un señor mayor agarraba un portafolio y una dama con laca en el peinado se miraba las uñas. En los asientos que estaban a mi lado se sentó una delegación de ocho jóvenes enfundados en traje y corbata. No duraron mucho allí. Hallaron mejor sitio cuatro filas más adelante y, de nuevo, en cambote se mudaron. Casi al instante, dos de esos puestos fueron ocupados por una señora con guilindajos en el cuello y una muchacha gordita que me miraba de reojo. La señora comentó que había leído la noticia en el periódico: estaba emocionada. Cada vez entraban más personas, se oían saludos y palmadas a la espalda.

A un cuarto para las ocho, precedida por flashes que encandilan, una coronilla calva se abrió paso hasta la tarima. Miré alrededor: no se veían lugares vacíos. Un sonoro aplauso explotó en ese instante. El personaje de la velada, el hombre de la coronilla calva ocupó el lugar de honor en el medio del escenario. Era la figura central del evento y el auditorio lo reconocía. Como la ovación no cesaba, el hombre se incorporó, saludó y con una sonrisa de anciano iluminó toda la sala.

Los aplausos bajaron entonces en intensidad pero sólo porque la gente empezó a tomar fotos. Máquinas y celulares relucieron como banderas alzadas. Al frente mío, una joven de unos 20 años le pasó la cámara a una amiga. “Por favor —dijo— tómala tú, que a mí me tiemblan las manos”.

Una vez que la estrella de la fiesta se sentó, el acto transcurrió sin sobresalto. El no abrió la boca en toda la noche, él sólo estaba. Ahí. En el centro de la escena. Al final, al nombrarlo, de nuevo retumbó la aclamación, y cuando más de uno —desilusionado— creía que se había acabado todo, el jefe de ceremonias anunció: “Ahora, a un costado de la sala, el maestro va a firmar…” No pudo terminar la frase, o si la terminó no se oyó. El auditorio se dirigió a la dirección donde apuntaba una mano desde la tarima. Y ahí empezó el zafarrancho.

Cayeron sillas, rodaron carteras, se derramaron botellas de agua. Hombres y mujeres nos abríamos paso para apretujarnos en improvisadas filas. Hubo choques, empujones, pisotones, pero nadie se molestó. A cada tropiezo seguía un “disculpe”, “lo siento”  o “no se preocupe”.

De pronto, la multitud amenazó con ahogar al ídolo, y los tipos de negro tuvieron que rescatarlo. Pero la muchedumbre no cejó y lo cercó de nuevo. Se armó un tarantín y aparecieron vallas y cintas elásticas para demarcar. Los guardias, cual porteros de discoteca, impusieron una cola.

Por suerte, quedé de décima. En el apretujamiento, como pude, saqué mi libro del bolso. Faltaba poco. Ensayé lo que iba a decir. Me alisé el cabello con una mano. Cuando me faltaban dos puestos para pasar, una música de vallenato reventó tras de mí y la cola empezó a bailar. En eso me tocó el turno y debí decir mi nombre a una mujer, sentada al lado del maestro. Me agaché, y vociferé. La mujer no entendió. Grité: “¡Geraldine! es para Geraldine, una niña que vive en El Junquito, Venezuela, que quiere ser escritora”. La dama dijo algo al oído de Gabriel García Márquez, pero él no entendió. Ella gritó: “Geraldine”, y yo, insolente, me acerqué a él, lo toqué en un brazo y repetí: “Para una adolescente que vive en Venezuela…” Pero el maestro garabateaba la dedicatoria, y no me oía. Al terminar de firmar, me extendió el libro y sonrió cortés, como ya lo había hecho nosecuántas veces esa noche y como lo haría muchas más todavía. Al salir, una muchacha exclamó: “¡Parece un ídolo pop!” Asentí, satisfecha, aferrando contra el pecho mi tesoro.
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