Hace poco pasamos unos días en casa de una buena amiga disfrutando de su hospitalidad. Era tanta la confianza que nos permitió usar su cocina, sus toallas, abrir la nevera y hasta participar en la dinámica familiar, sin pedir permiso para hacerlo. Hoy, recordando todo lo que compartimos durante esos días, me doy cuenta de la importancia que tiene para todos sentirnos bienvenidos en la vida de otras personas, en especial en la de nuestros amigos y familiares con los que deseamos reunirnos aunque sea de vez en cuando.
 |
La vida afuera de nosotros se ha convertido en una especie de carrera alocada, donde con frecuencia debemos enfrentarnos a la competencia destructiva, la envidia, los celos, el egoísmo, el temor y el prejuicio de otros. Por eso es tan importante contar con espacios a salvo, donde nos sintamos bienvenidos, donde podamos expresarnos con libertad, ser auténticos, sin necesidad de aparentar lo que no somos para ser aceptados o sentirnos queridos; un lugar donde podamos compartir y apoyarnos unos a otros para que nuestra existencia sea mucho más suave, satisfactoria y feliz.
En lugar de esperar a que otros te reciban, te invito a que seas tú quien dé la bienvenida a otras personas a tu vida. La hospitalidad se basa en el amor, el respeto y el reconocimiento de la importancia que tienen otras personas para nosotros. Y más que brindarles un espacio físico donde estar, la hospitalidad es una actitud interior, una predisposición a dar, a compartir, a ofrecerles a los demás lo mejor de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones en un momento dado.
| "Te invito a que seas tú quien dé la bienvenida a otras personas a tu vida. La hospitalidad se basa en el amor, el respeto y el reconocimiento de la importancia que tienen otras personas para nosotros" |
Son varias las razones por las cuales nos mantenemos cerrados a la presencia de otros en nuestra vida: por alguna experiencia negativa, por la desconfianza, el egoísmo; por pensar que en lugar de darnos, nos van a quitar; por la comodidad; la verguenza o el temor de pensar que no tenemos nada que dar; por el estrés o por un exceso de formalidad y perfeccionismo...cualquiera de ellas hará que nos sea más difícil el contacto, el compartir y el intercambio con otras personas.
Los egoístas nunca comparten con otros lo que tienen y, además, se guardan lo mejor para ellos, pensando que, de esta manera, podrán conservarlo por más tiempo. En cambio, las personas generosas dan lo mejor de lo que tienen, sin temor a perderlo, a sabiendas de que el universo siempre se los devolverá.
¡Abramos las puertas de nuestra vida para darles a otros la bienvenida! Que seamos un hogar donde puedan descansar, recuperarse y sentirse queridos y aceptados de forma incondicional. Construyamos para nosotros, para nuestros hijos y los hijos de ellos una red espiritual de amor incondicional, donde todos nos sintamos bienvenidos, aceptados y acompaÒados, con respeto, confianza, consideración, lealtad, conciencia y amor.
¡Lo que das a otros, será lo que recibas multiplicado muchas veces!
Para mayor información sobre estos temas puedes visitar www.maytte.com |