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Los grandes creativos y buscadores de tendencias del mundo han decretado el regreso absoluto del lujo. Pero, ¿qué significa realmente esta palabra? Lo que dice la gente es sorprendente. Lea y verá.
Por Mario Aranaga y María Ángela Valvuena
| Lujo es... |
"El talento es un lujo"
-Madonna, cantante
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"Cuidarse bien. La clínica La Prairie en Montreux, Suiza, los tratamiento de células vivas. Y para los que tengan suficiente siempre quedará la cirugía"
-Ivo Pitanguy, cirujano plástico |

"La serenidad es el mayor de los lujos"
-Dalai Lama
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"Tener casas en París, Milán, Nueva York, Londres, Sidney y Bali. Todas equipadas como si vivieras en ellas"
-Alberto Alessi, diseñador
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"Tener 100 años y aparentar 45"
-Elizabeth Taylor, actriz
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"Ya el verdadero lujo no existe"
-Yves Saint Laurent
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"Demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo. Abundancia de cosas no necesarias. Todo aquello que supera los medios normales para conseguirlo". Así se define la palabra lujo en el diccionario de la Real Academia Española. Pocos términos tan controversiales como éste. Para unos, los objetos materiales son su mejor reflejo; para otros, lo son los sentimientos y las cosas sencillas de la vida. Hoy se indaga en los lujos globales: los grandes y los olvidados, los inmediatos y los que no son fáciles de alcanzar, esos que se tienen cerca y otros que son -para muchos- sólo sueños.
Un gurú personal, la comida bio, los retiros zen, una sesión de Pilates, una cena romántica, el anonimato total, una cartera Hermés, un reloj Bulgari, un vestido de Valentino, un masajista privado, disfrutar de una tarde con los hijos, un apartamento en París, una fuente inagotable de Botox... ejemplos hay muchos. Pero, ¿qué es el lujo realmente? Las respuestas dadas a esta interrogante por personalidades de todo el mundo -usted puede leerlas en la franja inferior de estas páginas- quizás sean esclarecedoras.
Llamando a Tierra
Pero Estampas decidió consultarles sobre el tema a algunos expertos y representantes de las firmas más suntuosas de venta en el país. "Al público venezolano le gusta lo exclusivo, las cosas de calidad, y busca la autosatisfacción a través de marcas y productos con los que se siente recompensado", afirma Carlos Dorado, presidente de Casablanca Fashion Group, el mayor comercializador de rúbricas de lujo en materia de vestimenta. Dorado agrega: "En Venezuela el público es conocedor del lujo y tiene una alta sensibilidad a la recompensa personal, por lo que su nivel de consumo en el sector es quizás mayor que el que se registra en otros países del área". En cuanto a cifras, afirma que, en el mercado de la moda, "México representa 34% del total de ventas de productos de lujo y Brasil 32%; el 34% restante se reparte entre los demás países, donde el líder es Venezuela seguido de Colombia".
Adriana Sánchez, gerente de marca de la joyería Prestige, opina por su parte: "Lujo significa poseer un artículo que te posicione en el estatus deseado acorde con el valor del mismo; generalmente estos artículos están representados por marcas internacionalmente conocidas". El periodista Roland Carreño comenta al respecto: "Las joyerías tienen en el país las primerísimas líneas de relojes del mundo entero, porque aquí hay coleccionistas de relojes; la gente quiere tener su Technomarine de brillantes, su Bulgari... Quiere tener sus zapatos Gucci, las corbatas de Ferragamo o Dino Cushman, el traje cortado de Hugo Boss o el que hace Clement; todo eso va a ser la manifestación más evidente de que tienes riqueza, y no hay nada más sabroso que eso".
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Siempre importante
Pero el consumo de artículos suntuarios no es un fenómeno nuevo. En los cincuenta llegó la modernidad a Caracas y, con ella, el lujo: "Aquí estaban Christian Dior, Cartier, Van Cleef", recuerda Carreño y agrega que, en las dos décadas siguientes, los grandes joyeros como Bulgari y Harry Winston presentaban -y vendían- sus piezas en íntimos desfiles celebrados en las lujosas casas del Country Club. Puertas afuera, el Centro Comercial Chacaíto era, en los setenta, una suerte de Ball Harbor caraqueño: "Allí Minouche y su cuñada abrieron una tienda que traía las marcas francesas (...). La primera ciudad de América y del mundo donde se importaba el prèt-a-porter de Yves Saint Laurent, de Sonya Rykiel, de Kenzo, fue Caracas", apunta Carreño. Y también donde abrió la primera boutique Christian Dior en el extranjero, según cuenta Aura Marina Hernández, quien tiene más de treinta años como delegada de Dior en Venezuela y diez como relacionista pública de Louis Vuitton, además de haber trabajado para Christian Lacroix y Loewe cuando inauguraron sus tiendas en Caracas. Actualmente, Hernández lleva también las relaciones públicas de varias empresas. Coincide con Carreño al afirmar que el lujo para los venezolanos siempre ha sido muy importante.
Con el boom petrolero de la década de los setenta se disparó el consumo, viajar se hizo posible para muchos y con ello vino la exposición -y el acceso, para algunos- a las grandes firmas internacionales. Las islas del Caribe y Estados Unidos se convirtieron en el shopping-mall de la emergente clase media, mientras que los más adinerados viajaban a Europa. La avidez de los compradores venezolanos se hizo internacionalmente conocida y se popularizó la frase "'ta' barato, dame dos", que caracterizó la época de bonanza con el dólar a una tasa de cambio de 4,30.
La crisis financiera y el cierre de las importaciones puso fin a la época dorada, originando un nuevo fenómeno: el hecho en Venezuela. Margarita Zingg, Mayela Camacho y Ángel Sánchez se convirtieron en referencias locales, pasando luego a la internacionalización. "Esa historia que había comenzado con Piera Ferrari, con Guy Meliet, consistente en traer cosas del extranjero para venderlas aquí o hacer en Venezuela los vestidos para los matrimonios, para el cortejo; esa tradición ha continuado, pero ahora los diseñadores venezolanos han entrado en el tema de también tener su tienda de prèt-a-porter y exportarlo", afirma Carreño. Hernández por su parte, apunta que para las venezolanas siempre ha sido muy importante el hecho de escoger quién le va a hacer el vestido para una fiesta -como si de una pieza de alta costura se tratase, aunque realmente diste mucho de ello.
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