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Una noche en el bingo
La afición por el juego ha encontrado
entre los venezolanos un nuevo modo de expresarse: la visita al
bingo. Locales de este tipo han proliferado a lo largo de toda la
ciudad desde hace unos dos años, en clara evidencia de su
creciente popularidad. Estampas estuvo de visita en algunos de ellos.
He aquí una crónica de lo allí vivido.
Raúl Chacón Soto
Traspasada la barrera de la seguridad, lo primero
que salta a la vista es que hay muy poca diferencia entre un bingo
y la tradicional imagen que suelen ofrecer los grandes casinos.
Ante los ojos el enorme espacio se abre con sus hileras de maquinitas
(de esas traganíqueles, que, en este caso, deberían
llamarse traga-billetes) superpuestas unas detrás de otras,
junto a ruletas electrónicas, juegos, también electrónicos,
de poker y de blackjack, y, un poco más al fondo, hasta un
simulador de hipódromo con sus pequeños caballos en
franca competencia por llegar de primeros a la meta para alegría
de quien haya apostado por ellos. Hay música de ambiente,
pero es el sonido de las maquinitas el que impregna todo el espacio
y conforma la completa sensación de que se está en
otro mundo, uno donde impera, las 24 horas del día, la ley
del dinero. Apenas son las 5:00 pm, pero ya el lugar, en Candelaria,
está repleto, y eso que es jueves. Es una verdadera sorpresa
para quien nunca ha visitado un bingo. Lo es tanto como comprobar
que la mayor parte del público es del género femenino.
Mujeres de todos los tipos, aunque especialmente cuarentonas y cincuentonas,
copan la mayoría de los asientos frente a las frías
e implacables máquinas. Se les ve absortas frente a las pantallas,
el dedo insistente sobre la tecla que indica la apuesta; muchas,
cigarrillo en mano. La mayoría anda sola, aunque algunas
van en pequeños grupos e, incluso, con sus hijas. Chicas
y chicos del local no paran de llevar las órdenes de los
clientes. Se siente la movilización.
Habrá que subir no al segundo, sino
al tercer piso, para encontrarse con la sala del bingo propiamente
dicha. Una veintena de mesas, donde muy pocos espacios sobran, copan
el lugar. Acá, la mayoría femenina es aplastante.
Se oye el rumor de las conversaciones, mientras se reparten los
cartones entre los asistentes. De pronto, silencio total. Se escucha
la voz de quien canta los números, mientras las cifras se
iluminan en la gran pantalla electrónica que todos pueden
observar desde cualquier ángulo. Al cabo de unos minutos,
una mujer grita: ¡Línea!... pero el temido grito de
¡bingo! llegaría poco después proveniente de
otra dichosa fémina. Olvídese del bingo casero. Aquí
todo es automatizado, desde la máquina donde aparecen las
bolitas, pasando por la pantalla, el método de revisión
de los resultados (la persona sólo dice el número
del cartón y en la computadora se confirma que están
los números que son), hasta el sistema mediante el cual una
persona que juegue toda una línea de cartones puede ir verificando
sus aciertos. En el bingo se gana, pero sin duda, las sumas son
modestas si se comparan con las que pocos afortunados logran sacarle
a las seductoras maquinitas. De vuelta en el segundo piso, frente
a una de ellas, un joven le dice a un amigo que se acaba de ganar
300 mil bolívares. Está contento. Un rápido
vistazo al lugar revela que los caballeros prefieren los juegos
de cartas y la ruleta, sin importarles mucho que sean electrónicos.
Vuelve el sonido de las máquinas a copar la escena.
Iván, un caraqueño de unos cuarenta
años, prueba suerte con una de las maquinitas que más
le gustan, la que tiene motivos egipcios. Dice que juega por diversión.
No busca resolverse la vida. Se puede ver por los montos que pone
en juego. Lo máximo que ha llegado a ganar es 120 mil bolívares,
aunque recuerda con especial satisfacción el día que
logró sacarle a una maquinita, en Maracay, los 90 mil bolívares
que necesitaba para reparar el auto que lo había dejado accidentado
en esa ciudad de regreso de la playa. Se desplaza de máquina
en máquina, al contrario de la mayoría de los jugadores,
que pueden pasar horas frente a una, la escogida, a la espera de
que ésta termine por pagarles. Sí, porque de lo que
se trata, para muchos, es de perseverar frente a una sola, cueste
lo que cueste –no es raro ver a damas con ‘fajos’
de billetes de cinco mil en sus manos-, hasta que por fin llegue
el momento en que devuelva no sólo el tiempo sino el dinero
invertido. De allí, entonces, que muchas personas merodeen
el lugar a la caza de una maquinita abandonada por cansancio; de
una que, de seguro, más pronto que tarde, va a pagar. Lo
dice Iván, quien a pesar de no jugar para resolverse la vida,
afirma que va por lo menos dos veces a la semana al bingo. “Ojalá
lo cerraran para no perder”, asienta a manera de broma, aunque
remata con una frase desconcertante: “A veces pienso que si
tuviera que comprar unos zapatos o jugar, preferiría jugar”.
A la manera Majestic
Lugar: CCCT. La hora: 9:00 pm. El local, como casi todos los de
su tipo, no hace alardes de identificación. Sólo al
cruzar la puerta puede leerse el nombre: Majestic Way. También
puede verse una cartelera donde se anuncia que el venidero martes,
a las 10:00 pm, se estará presentando Guaco; y los horarios
de los sorteos especiales, esos donde fácilmente un afortunado
puede ganarse hasta cinco millones de bolívares, si su nombre
es el que una mano inocente habrá sacado del biombo cuando
llegue el momento. Acá todo resplandece con el falso oropel
propio de los casinos. La idea es que la clientela, quizás
de mayor poder adquisitivo, se sienta en el ambiente ideal para
gastar su dinero. El sonido de las maquinitas no inunda el lugar
porque se pierde en medio de tanta amplitud. Se escuchan, eso sí,
las notas de una canción que fuera muy popular en la voz
de Roberto Carlos, sólo que entonadas allí, en vivo,
por un cantante desconocido. Muy pocos le prestan atención...
los sentidos no están para distracciones; permanecen a la
caza de la bolita que rueda, de la carta que falta, de las figuras
que deben alinearse para que salte el dinero. Hay quienes, frente
a la maquinita, parecen empujar con la mano para ver si así
aparece la figura que tanto esperan, y no se avergüenzan de
tocar, de acariciar la pantalla. De nuevo legiones de mujeres, lo
que ya no es una sorpresa, aunque también muchos más
hombres, sobre todo jugando ruleta y cartas... completamente en
vivo. Lo curioso es que en este local, bingo, no hay.
Empleados sí los hay, y por decenas.
Son necesarios para atender a los clientes: cambiar los billetes
de alta denominación por los de cinco mil que se utilizan
para jugar en las maquinitas, servir los refrigerios y las bebidas
que en muchos de estos sitios son completamente gratis para quienes
juegan –dicen que incluso almuerzos y cenas corren por cuenta
de la casa-, cumplir con las labores de seguridad y, por supuesto,
dirigir los juegos. Un joven decide retirarse, satisfecho, pues
ha tenido un buen día. Aunque sólo acababa de ganarse
60 mil bolívares, más temprano, en la mañana,
aprovechando una visita al centro comercial, se había acercado
al lugar para embolsillarse 430 mil. “Vengo dos o tres veces
a la semana. Pero de ahora en adelante trataré de acercarme
más en las mañanas, quizás sea más fácil
a esa hora”. Otros vienen todos los días, y no una
sino dos y hasta tres veces, aprovechando cualquier pretexto como
la ida al supermercado, a la farmacia o a cualquier tienda.
El cantante ha dejado de interpretar otro
tema de Roberto Carlos, y un animador toma el micrófono para
anunciar que era la hora del sorteo especial. Una chica le pasa
el número afortunado que ha sacado del biombo, pero nadie
se acerca a reclamar su millón. El público, entonces,
empieza a cantar: ¡se fue, se fue, se fue se fue!... para
visible molestia del joven que no tarda mucho en aclarar que no
se acepta mezclar la política con el juego. Normas de la
casa. Finalmente, sería otro el ganador, y también
el animador de la noche... El incidente no ha sido más que
eso. Todos siguen concentrados en lo suyo. Se acerca la hora del
cambio de guardia entre el personal del local. Las jornadas de 24
horas así obligan. Un asiduo asistente asegura que en otros
bingos el cambio se realiza con un pequeño show protagonizado
por los propios empleados. Relata, complacido, otras bondades de
estos lugares, como la posibilidad de comer gratis a la hora del
almuerzo y de la cena —¿gratis?—. También,
los shows con importantes artistas invitados, que suelen presentarse
dos veces a la semana en el escenario dispuesto para ello. Recuerda,
por ejemplo, a una amiga, Bárbara, quien hacía poco
había visitado uno al mediodía, pensando en la comida,
y había terminado llevándose unos 370 mil bolívares.
Menos suerte, indudablemente, tenía un caballero que, sentado
frente a otra maquinita, ya había perdido 150 mil. La esposa
viene al rescate y le dice que ya es suficiente, pero el marido,
esperanzado, no consiente... sólo le dice: “Espera,
¡ya me va a pagar!”.
Es suficiente por un día. A la salida
del local, los empleados de la guardia nocturna están por
entrar. La ocasión es buena para escudriñar en cosas
insólitas por ellos vistas. Una chica, después de
pensarlo un rato, recuerda que una noche vio a un hombre perder
más de siete millones de bolívares. “No podía
creer que alguien jugara tanto... y ahí estaba, perdiendo.
Pero no se quería ir. Seguía insistiendo. Decía
que la máquina tenía que devolverle algo”. Nada
le devolvió. l
rchacon@eluniversal.com
| Esa delgada línea |
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¿Dónde está la línea que separa
el acto recreativo de la adicción? ¿Cuándo
la visita frecuente al bingo deja de ser una conducta normal
y pasa a ser considerada como patológica? El psiquiatra
Alfredo Rodríguez esboza una respuesta: “Desde
el momento cuando jugar se convierte en una preocupación,
en una idea recurrente. Cuando la persona piensa que a través
del juego va a resolver sus problemas financieros... El juego
patológico o ludopatía tiene todas las características
de cualquier otra adicción. Una de las características
básicas es que las personas, a pesar de darse cuenta
de que están perdiendo dinero, de que tienen problemas
en casa, con su pareja, con sus hijos, persisten en la actividad.
No pueden dejar de hacerlo. Es la imposibilidad de parar.
Por eso le llaman también compulsión. Es la
necesidad de hacer algo para quitarse la idea de la cabeza.
La solución es hacerlo, y con ello, tranquilizar la
mente”.
La recurrencia del deseo de ir a jugar es justamente uno
de los parámetros que se utilizan para determinar si
se es ludópata o no. “El tiempo que la persona
gasta mentalmente en pensar en ir al bingo es un patrón
de medición. A lo mejor la persona se ve imposibilitada
de ir, pero está toda la semana preocupada por eso
y espera con ansias a que llegue el sábado para poder,
por fin, jugar “. Otro modo de determinar si hay adicción
o no es muy sencillo: basta decirle a la persona, un día
en particular, que no podrá ir a jugar. Si lo acepta
sin reparo, no hay problemas, pero si insiste en ir a como
dé lugar, incluso pidiendo dinero prestado, pues es
evidente que se está al frente de una rutina de compulsión.
A su juicio, entre 15 y 20% de quienes visitan los bingos
son adictos al juego.
Rodríguez explica que algunas personas son más
propensas que otras a manifestar este tipo de adicción.
“Hay estudios que sugieren que existe cierta predisposición
genética a hacerse adictivos. De hecho, los antecedentes
de adicción en la familia pueden ser considerados como
factores de riesgo. También existe predisposición
entre quienes sufren de déficit de atención
y de depresión”.
Como sucede con cualquier otra adicción, la condición
sine qua non para que alguien empiece a curarse es
reconocerse como enfermo. “El individuo debe darse cuenta,
con toda la tristeza que ello conlleva, de que es adicto a
algo, y que ese ‘ser adicto’ le está trayendo
muchos problemas. Debe darse cuenta de que necesita ayuda”.
La ayuda puede ser múltiple. El especialista aclara
que no sólo es beneficiosa la orientación de
un psiquiatra, pues la de la pareja, la familia e incluso
la de un sacerdote puede ser de mucho provecho. “El
tratamiento no es fácil. No se trata de decir ‘ahora
no voy a jugar más’. Ese no jugar más
le va a costar bastante. Le va a costar un esfuerzo sostenido
por mucho tiempo”. De hecho, las recaídas suelen
ser frecuentes, por lo que el psiquiatra señala que
por lo menos deben transcurrir entre tres y cuatro años
sin que el paciente haya jugado para empezar a hablar de curación.
Al hablar de prevención, el especialista recomienda,
sobre todo, educar respecto a cuándo una actividad
deja de ser recreativa para ser compulsiva. En otras palabras,
ayudar a determinar dónde está esa delgada línea
que separa una conducta normal de una patológica. |
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- Hilary Duff. Tiempo
de volar
- Venezuela como norte
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