- Julieta ha dado el Sí. Se Dice: Más
de Dakota.

- El monitor se pasea por la televisión. El Click: Cámara
en mano
.
- El Dato: La noche del Emy. Rayma de exposición.

 CRONICA
- El momentazo
- Hilary Duff
Tiempo de volar
- Venezuela
como norte
- Una noche
en el bingo
- Divas eternas
TENDENCIAS
- A cada deporte
una contextura
NUTRICION
- Coma según su tipo
SALUD
- Peligrosa adicción
BELLEZA
- Adiós a la resequedad
MODA
- ¡Lo quiero!
COCINA
- El gran sabor de la cocina en cartucho
MASCOTAS
- Belleza y salud
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 


Una noche en el bingo

La afición por el juego ha encontrado entre los venezolanos un nuevo modo de expresarse: la visita al bingo. Locales de este tipo han proliferado a lo largo de toda la ciudad desde hace unos dos años, en clara evidencia de su creciente popularidad. Estampas estuvo de visita en algunos de ellos. He aquí una crónica de lo allí vivido. Raúl Chacón Soto

Traspasada la barrera de la seguridad, lo primero que salta a la vista es que hay muy poca diferencia entre un bingo y la tradicional imagen que suelen ofrecer los grandes casinos. Ante los ojos el enorme espacio se abre con sus hileras de maquinitas (de esas traganíqueles, que, en este caso, deberían llamarse traga-billetes) superpuestas unas detrás de otras, junto a ruletas electrónicas, juegos, también electrónicos, de poker y de blackjack, y, un poco más al fondo, hasta un simulador de hipódromo con sus pequeños caballos en franca competencia por llegar de primeros a la meta para alegría de quien haya apostado por ellos. Hay música de ambiente, pero es el sonido de las maquinitas el que impregna todo el espacio y conforma la completa sensación de que se está en otro mundo, uno donde impera, las 24 horas del día, la ley del dinero. Apenas son las 5:00 pm, pero ya el lugar, en Candelaria, está repleto, y eso que es jueves. Es una verdadera sorpresa para quien nunca ha visitado un bingo. Lo es tanto como comprobar que la mayor parte del público es del género femenino. Mujeres de todos los tipos, aunque especialmente cuarentonas y cincuentonas, copan la mayoría de los asientos frente a las frías e implacables máquinas. Se les ve absortas frente a las pantallas, el dedo insistente sobre la tecla que indica la apuesta; muchas, cigarrillo en mano. La mayoría anda sola, aunque algunas van en pequeños grupos e, incluso, con sus hijas. Chicas y chicos del local no paran de llevar las órdenes de los clientes. Se siente la movilización.

Habrá que subir no al segundo, sino al tercer piso, para encontrarse con la sala del bingo propiamente dicha. Una veintena de mesas, donde muy pocos espacios sobran, copan el lugar. Acá, la mayoría femenina es aplastante. Se oye el rumor de las conversaciones, mientras se reparten los cartones entre los asistentes. De pronto, silencio total. Se escucha la voz de quien canta los números, mientras las cifras se iluminan en la gran pantalla electrónica que todos pueden observar desde cualquier ángulo. Al cabo de unos minutos, una mujer grita: ¡Línea!... pero el temido grito de ¡bingo! llegaría poco después proveniente de otra dichosa fémina. Olvídese del bingo casero. Aquí todo es automatizado, desde la máquina donde aparecen las bolitas, pasando por la pantalla, el método de revisión de los resultados (la persona sólo dice el número del cartón y en la computadora se confirma que están los números que son), hasta el sistema mediante el cual una persona que juegue toda una línea de cartones puede ir verificando sus aciertos. En el bingo se gana, pero sin duda, las sumas son modestas si se comparan con las que pocos afortunados logran sacarle a las seductoras maquinitas. De vuelta en el segundo piso, frente a una de ellas, un joven le dice a un amigo que se acaba de ganar 300 mil bolívares. Está contento. Un rápido vistazo al lugar revela que los caballeros prefieren los juegos de cartas y la ruleta, sin importarles mucho que sean electrónicos. Vuelve el sonido de las máquinas a copar la escena.

Iván, un caraqueño de unos cuarenta años, prueba suerte con una de las maquinitas que más le gustan, la que tiene motivos egipcios. Dice que juega por diversión. No busca resolverse la vida. Se puede ver por los montos que pone en juego. Lo máximo que ha llegado a ganar es 120 mil bolívares, aunque recuerda con especial satisfacción el día que logró sacarle a una maquinita, en Maracay, los 90 mil bolívares que necesitaba para reparar el auto que lo había dejado accidentado en esa ciudad de regreso de la playa. Se desplaza de máquina en máquina, al contrario de la mayoría de los jugadores, que pueden pasar horas frente a una, la escogida, a la espera de que ésta termine por pagarles. Sí, porque de lo que se trata, para muchos, es de perseverar frente a una sola, cueste lo que cueste –no es raro ver a damas con ‘fajos’ de billetes de cinco mil en sus manos-, hasta que por fin llegue el momento en que devuelva no sólo el tiempo sino el dinero invertido. De allí, entonces, que muchas personas merodeen el lugar a la caza de una maquinita abandonada por cansancio; de una que, de seguro, más pronto que tarde, va a pagar. Lo dice Iván, quien a pesar de no jugar para resolverse la vida, afirma que va por lo menos dos veces a la semana al bingo. “Ojalá lo cerraran para no perder”, asienta a manera de broma, aunque remata con una frase desconcertante: “A veces pienso que si tuviera que comprar unos zapatos o jugar, preferiría jugar”.

A la manera Majestic
Lugar: CCCT. La hora: 9:00 pm. El local, como casi todos los de su tipo, no hace alardes de identificación. Sólo al cruzar la puerta puede leerse el nombre: Majestic Way. También puede verse una cartelera donde se anuncia que el venidero martes, a las 10:00 pm, se estará presentando Guaco; y los horarios de los sorteos especiales, esos donde fácilmente un afortunado puede ganarse hasta cinco millones de bolívares, si su nombre es el que una mano inocente habrá sacado del biombo cuando llegue el momento. Acá todo resplandece con el falso oropel propio de los casinos. La idea es que la clientela, quizás de mayor poder adquisitivo, se sienta en el ambiente ideal para gastar su dinero. El sonido de las maquinitas no inunda el lugar porque se pierde en medio de tanta amplitud. Se escuchan, eso sí, las notas de una canción que fuera muy popular en la voz de Roberto Carlos, sólo que entonadas allí, en vivo, por un cantante desconocido. Muy pocos le prestan atención... los sentidos no están para distracciones; permanecen a la caza de la bolita que rueda, de la carta que falta, de las figuras que deben alinearse para que salte el dinero. Hay quienes, frente a la maquinita, parecen empujar con la mano para ver si así aparece la figura que tanto esperan, y no se avergüenzan de tocar, de acariciar la pantalla. De nuevo legiones de mujeres, lo que ya no es una sorpresa, aunque también muchos más hombres, sobre todo jugando ruleta y cartas... completamente en vivo. Lo curioso es que en este local, bingo, no hay.

Empleados sí los hay, y por decenas. Son necesarios para atender a los clientes: cambiar los billetes de alta denominación por los de cinco mil que se utilizan para jugar en las maquinitas, servir los refrigerios y las bebidas que en muchos de estos sitios son completamente gratis para quienes juegan –dicen que incluso almuerzos y cenas corren por cuenta de la casa-, cumplir con las labores de seguridad y, por supuesto, dirigir los juegos. Un joven decide retirarse, satisfecho, pues ha tenido un buen día. Aunque sólo acababa de ganarse 60 mil bolívares, más temprano, en la mañana, aprovechando una visita al centro comercial, se había acercado al lugar para embolsillarse 430 mil. “Vengo dos o tres veces a la semana. Pero de ahora en adelante trataré de acercarme más en las mañanas, quizás sea más fácil a esa hora”. Otros vienen todos los días, y no una sino dos y hasta tres veces, aprovechando cualquier pretexto como la ida al supermercado, a la farmacia o a cualquier tienda.

El cantante ha dejado de interpretar otro tema de Roberto Carlos, y un animador toma el micrófono para anunciar que era la hora del sorteo especial. Una chica le pasa el número afortunado que ha sacado del biombo, pero nadie se acerca a reclamar su millón. El público, entonces, empieza a cantar: ¡se fue, se fue, se fue se fue!... para visible molestia del joven que no tarda mucho en aclarar que no se acepta mezclar la política con el juego. Normas de la casa. Finalmente, sería otro el ganador, y también el animador de la noche... El incidente no ha sido más que eso. Todos siguen concentrados en lo suyo. Se acerca la hora del cambio de guardia entre el personal del local. Las jornadas de 24 horas así obligan. Un asiduo asistente asegura que en otros bingos el cambio se realiza con un pequeño show protagonizado por los propios empleados. Relata, complacido, otras bondades de estos lugares, como la posibilidad de comer gratis a la hora del almuerzo y de la cena —¿gratis?—. También, los shows con importantes artistas invitados, que suelen presentarse dos veces a la semana en el escenario dispuesto para ello. Recuerda, por ejemplo, a una amiga, Bárbara, quien hacía poco había visitado uno al mediodía, pensando en la comida, y había terminado llevándose unos 370 mil bolívares. Menos suerte, indudablemente, tenía un caballero que, sentado frente a otra maquinita, ya había perdido 150 mil. La esposa viene al rescate y le dice que ya es suficiente, pero el marido, esperanzado, no consiente... sólo le dice: “Espera, ¡ya me va a pagar!”.

Es suficiente por un día. A la salida del local, los empleados de la guardia nocturna están por entrar. La ocasión es buena para escudriñar en cosas insólitas por ellos vistas. Una chica, después de pensarlo un rato, recuerda que una noche vio a un hombre perder más de siete millones de bolívares. “No podía creer que alguien jugara tanto... y ahí estaba, perdiendo. Pero no se quería ir. Seguía insistiendo. Decía que la máquina tenía que devolverle algo”. Nada le devolvió. l

rchacon@eluniversal.com

Esa delgada línea

¿Dónde está la línea que separa el acto recreativo de la adicción? ¿Cuándo la visita frecuente al bingo deja de ser una conducta normal y pasa a ser considerada como patológica? El psiquiatra Alfredo Rodríguez esboza una respuesta: “Desde el momento cuando jugar se convierte en una preocupación, en una idea recurrente. Cuando la persona piensa que a través del juego va a resolver sus problemas financieros... El juego patológico o ludopatía tiene todas las características de cualquier otra adicción. Una de las características básicas es que las personas, a pesar de darse cuenta de que están perdiendo dinero, de que tienen problemas en casa, con su pareja, con sus hijos, persisten en la actividad. No pueden dejar de hacerlo. Es la imposibilidad de parar. Por eso le llaman también compulsión. Es la necesidad de hacer algo para quitarse la idea de la cabeza. La solución es hacerlo, y con ello, tranquilizar la mente”.

La recurrencia del deseo de ir a jugar es justamente uno de los parámetros que se utilizan para determinar si se es ludópata o no. “El tiempo que la persona gasta mentalmente en pensar en ir al bingo es un patrón de medición. A lo mejor la persona se ve imposibilitada de ir, pero está toda la semana preocupada por eso y espera con ansias a que llegue el sábado para poder, por fin, jugar “. Otro modo de determinar si hay adicción o no es muy sencillo: basta decirle a la persona, un día en particular, que no podrá ir a jugar. Si lo acepta sin reparo, no hay problemas, pero si insiste en ir a como dé lugar, incluso pidiendo dinero prestado, pues es evidente que se está al frente de una rutina de compulsión. A su juicio, entre 15 y 20% de quienes visitan los bingos son adictos al juego.

Rodríguez explica que algunas personas son más propensas que otras a manifestar este tipo de adicción. “Hay estudios que sugieren que existe cierta predisposición genética a hacerse adictivos. De hecho, los antecedentes de adicción en la familia pueden ser considerados como factores de riesgo. También existe predisposición entre quienes sufren de déficit de atención y de depresión”.

Como sucede con cualquier otra adicción, la condición sine qua non para que alguien empiece a curarse es reconocerse como enfermo. “El individuo debe darse cuenta, con toda la tristeza que ello conlleva, de que es adicto a algo, y que ese ‘ser adicto’ le está trayendo muchos problemas. Debe darse cuenta de que necesita ayuda”.

La ayuda puede ser múltiple. El especialista aclara que no sólo es beneficiosa la orientación de un psiquiatra, pues la de la pareja, la familia e incluso la de un sacerdote puede ser de mucho provecho. “El tratamiento no es fácil. No se trata de decir ‘ahora no voy a jugar más’. Ese no jugar más le va a costar bastante. Le va a costar un esfuerzo sostenido por mucho tiempo”. De hecho, las recaídas suelen ser frecuentes, por lo que el psiquiatra señala que por lo menos deben transcurrir entre tres y cuatro años sin que el paciente haya jugado para empezar a hablar de curación.

Al hablar de prevención, el especialista recomienda, sobre todo, educar respecto a cuándo una actividad deja de ser recreativa para ser compulsiva. En otras palabras, ayudar a determinar dónde está esa delgada línea que separa una conducta normal de una patológica.

 

Ver también en Encuentros:
- Hilary Duff. Tiempo de volar
- Venezuela como norte
- Divas eternas

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso