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Esta mañana me encontré a
mí misma en la siguiente ridícula situación:
de pronto, lavando los platos, me di cuenta de que dentro de tres
años cumplo cuarenta. Yo, la escritora de 78,
a punto de alcanzar a mi propio personaje. Yo, a punto de gritar
como ella ¡cuarenta! Y, lo peor, no sobre un escenario, sino
en una cocina y fregando corotos. La desolación estuvo a
dos segundos de atraparme por completo cuando vi a mi pequeño
Tomatito sonriéndome desde el coche con cara de ¡qué
bríos tienes tú, mami! No pude más que acompañarlo
en su risa. ¿Cómo es posible que a mí me vaya
a dar la famosa crisis de los cuarenta? la crisis de “mira
la edad que tengo y no he hecho nada de lo que soñé
para mí”, la crisis de “¿a dónde
se fue la mitad de mi vida mientras lo único que hago es
fregar coroticos?”. No pude más que reírme con
mi muchachito y servirme un café doble a ver si recuperaba
la sensatez. Qué horror. Yo, que me casé y me divorcié,
y ahora estoy ensayando una nueva vida en pareja. Yo, que tengo
una hija fabulosa entrando en la adolescencia y un carajito reilón
ensuciando pañales. Yo, que estudié lo que me dio
la gana. Yo, con mis obras de teatro y mis novelas y mis artículos
y mis cuentos. Yo, con mis alumnos. Yo, con todos los tragos que
me he tomado y los cigarrillos que me he fumado y todo lo que he
bailado, en fin, ¡¿yo con una crisis de los cuarenta?!
Pues, sí, la siento encima y me ando defendiendo con uñas
y dientes. Mentira. Más que con uñas y dientes, me
ando defendiendo con la mejor arma posible ante semejante crisis.
Me defiendo con el privilegio de mirar hacia atrás y no recordar
nada verdaderamente importante que haya querido hacer y no haya
hecho. Y aquello que no hice al menos sé que lo intenté.
No me cabe la menor duda de que tengo mucho
que agradecerle a mi mamá y a mi papá porque de alguna
amorosa manera me supieron dar la fuerza y el valor necesarios,
incluso, para no hacerles caso. No sé cómo pero siempre
he sabido que no vale la pena dejar de ser quien uno quiere ser
sólo para que los demás te quieran. Y, faltando tres
años para los cuarenta, no saben cuánto me alegro.
Sería terrible estar en las puertas de una crisis semejante
y sentir que ahora es tarde para hacer algo que en algún
momento dejé de hacer por miedo a que alguien no me aceptara
por andar haciéndolo. Por eso les escribo esta carta. Por
si da la casualidad de que justo hoy están a punto de tomar
una decisión importante, del tipo ¿Me caso o no?,
¿me divorcio o no?, ¿estudio esto o no?, ¿dejo
la carrera o no?, ¿Derecho o Canto?, ¿dentro o fuera
del clóset?, ¿se lo digo o no se lo digo?, ¿se
lo pellizco o no se lo pellizco? Si da la casualidad de que en este
preciso momento usted anda en ese pánico, pensando que si
hace lo que quiere sus padres no lo van a querer o su novio la va
a dejar o su mujer lo va a abandonar o los amigos qué van
a pensar, déjeme decirle que algún día, y de
pronto, se cumplen cuarenta y si no hizo eso tan importante que
quiso se va a arrepentir horrores. Es más, la gente, sobre
todo la familia y los verdaderos amigos, tarde o temprano aceptan
todo y hasta le agradecen bajito que usted no se sacrificó
por ellos y ahora se los está cobrando con sangre y amargo
de Angostura. Y por si fuera poco, en ese momentazo en que uno está
en la cocina fregando unos corotitos, y de pronto se da cuenta de
que dentro de tres años va a cumplir cuarenta y ¿qué
carrizo he hecho yo con mi vida?, da como un fresquito sonreírse
y responder: No... lo que me ha dado la gana. l
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