- Julieta ha dado el Sí. Se Dice: Más
de Dakota.

- El monitor se pasea por la televisión. El Click: Cámara
en mano
.
- El Dato: La noche del Emy. Rayma de exposición.

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  El momentazo
Mónica Montañes

 

Esta mañana me encontré a mí misma en la siguiente ridícula situación: de pronto, lavando los platos, me di cuenta de que dentro de tres años cumplo cuarenta. Yo, la escritora de 78, a punto de alcanzar a mi propio personaje. Yo, a punto de gritar como ella ¡cuarenta! Y, lo peor, no sobre un escenario, sino en una cocina y fregando corotos. La desolación estuvo a dos segundos de atraparme por completo cuando vi a mi pequeño Tomatito sonriéndome desde el coche con cara de ¡qué bríos tienes tú, mami! No pude más que acompañarlo en su risa. ¿Cómo es posible que a mí me vaya a dar la famosa crisis de los cuarenta? la crisis de “mira la edad que tengo y no he hecho nada de lo que soñé para mí”, la crisis de “¿a dónde se fue la mitad de mi vida mientras lo único que hago es fregar coroticos?”. No pude más que reírme con mi muchachito y servirme un café doble a ver si recuperaba la sensatez. Qué horror. Yo, que me casé y me divorcié, y ahora estoy ensayando una nueva vida en pareja. Yo, que tengo una hija fabulosa entrando en la adolescencia y un carajito reilón ensuciando pañales. Yo, que estudié lo que me dio la gana. Yo, con mis obras de teatro y mis novelas y mis artículos y mis cuentos. Yo, con mis alumnos. Yo, con todos los tragos que me he tomado y los cigarrillos que me he fumado y todo lo que he bailado, en fin, ¡¿yo con una crisis de los cuarenta?! Pues, sí, la siento encima y me ando defendiendo con uñas y dientes. Mentira. Más que con uñas y dientes, me ando defendiendo con la mejor arma posible ante semejante crisis. Me defiendo con el privilegio de mirar hacia atrás y no recordar nada verdaderamente importante que haya querido hacer y no haya hecho. Y aquello que no hice al menos sé que lo intenté.

No me cabe la menor duda de que tengo mucho que agradecerle a mi mamá y a mi papá porque de alguna amorosa manera me supieron dar la fuerza y el valor necesarios, incluso, para no hacerles caso. No sé cómo pero siempre he sabido que no vale la pena dejar de ser quien uno quiere ser sólo para que los demás te quieran. Y, faltando tres años para los cuarenta, no saben cuánto me alegro. Sería terrible estar en las puertas de una crisis semejante y sentir que ahora es tarde para hacer algo que en algún momento dejé de hacer por miedo a que alguien no me aceptara por andar haciéndolo. Por eso les escribo esta carta. Por si da la casualidad de que justo hoy están a punto de tomar una decisión importante, del tipo ¿Me caso o no?, ¿me divorcio o no?, ¿estudio esto o no?, ¿dejo la carrera o no?, ¿Derecho o Canto?, ¿dentro o fuera del clóset?, ¿se lo digo o no se lo digo?, ¿se lo pellizco o no se lo pellizco? Si da la casualidad de que en este preciso momento usted anda en ese pánico, pensando que si hace lo que quiere sus padres no lo van a querer o su novio la va a dejar o su mujer lo va a abandonar o los amigos qué van a pensar, déjeme decirle que algún día, y de pronto, se cumplen cuarenta y si no hizo eso tan importante que quiso se va a arrepentir horrores. Es más, la gente, sobre todo la familia y los verdaderos amigos, tarde o temprano aceptan todo y hasta le agradecen bajito que usted no se sacrificó por ellos y ahora se los está cobrando con sangre y amargo de Angostura. Y por si fuera poco, en ese momentazo en que uno está en la cocina fregando unos corotitos, y de pronto se da cuenta de que dentro de tres años va a cumplir cuarenta y ¿qué carrizo he hecho yo con mi vida?, da como un fresquito sonreírse y responder: No... lo que me ha dado la gana. l

 
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