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CRÍMENES MAX HAINES

EL ENIGMA DEL CADÁVER AMBULANTE

La policía finalmente encontró a la víctima
de asesinato después del tercer informe de testigos que habían visto a una mujer muerta


Hace falta más que un simple disturbio, asesinato o irregularidad electoral para conseguir la atención de la policía de Chicago.

Pese a algunas indiscreciones cometidas en el pasado por los buenos vecinos de esa ciudad, el año de 1906 comenzó mucho peor que la mayoría. Tres mujeres: E.F. Mize, Maude Reese y A.W. Gentry, habían sido asesinadas en los últimos tres meses de 1905. La élite policial de Chicago no tenía idea de quién había cometido esos crímenes.

Como podrán imaginarse, el cuerpo de policía estaba sometido a una creciente presión para que resolviera los asesinatos. Los agentes se sintieron totalmente desmoralizados cuando Fred Quimba entró en la estación policial y le dijo al sargento de la recepción en un murmullo: "Hay una mujer muerta en mi jardín".

Fred vivía en la esquina de las calles Fullerton y Orchard. En cuestión de minutos, los policías fueron corriendo al lugar. Los agentes que se quedaron en la estación, seguros de que se trataba de la cuarta mujer asesinada, se molestaron un poco cuando se enteraron de que no había nadie en el jardín de Fred.

Fred no podía explicar la ausencia del cadáver. Los agentes lo vieron con escepticismo, le agradecieron por ser un ciudadano tan consciente de sus deberes civiles y le dijeron que sin falta los llamara si encontraba más cuerpos sin vida.

Una hora después, el mismo sargento de la recepción que se había sentido tanto contrariado como divertido por Fred Quimba, recibió una llamada de un tal J.H. Rush, quien exclamó: "Hay un cadáver en mi jardín".

Rush explicó que vivía en la esquina de las calles Fullerton y Orchard. Una vez más, se enviaron policías al área. Ubicaron a Rush, pero por segunda ocasión no encontrar ningún cadáver.

Rush y su esposa fueron escoltados a la estación. Describieron detalladamente a la mujer muerta. No tenían la menor duda de que habían visto a la mujer y de que ésta estaba sin vida. Alguien debió retirar el cadáver cuando fueron a llamar a la policía. Los Rush insistieron tanto en su versión que la policía estuvo de acuerdo en regresar al lugar. La credibilidad del matrimonio aumentó cuando los agentes descubrieron manchas de sangre sobre la parte del suelo en que la pareja presuntamente había visto el cuerpo de la occisa.

Los policías de Chicago ahora tenían la certeza de que estaban investigando el caso de un cadáver que, de alguna misteriosa forma, tenía movilidad.

Cualquier duda quedó despejada cuando Frank Hollister entró en la estación de policía. Al contrario que Quimba y Rush, el hombre dijo: "Soy Frank Hollister y quiero notificar la desaparición de mi esposa".

Frank era el propietario de la Hollister Printing Co., una de las principales imprentas de Chicago. De acuerdo con Frank, su esposa había salido de casa temprano en la mañana el día anterior. Había ido a una tienda de comestibles y dejado instrucciones para que llevaran sus compras a su casa, las cuales llegaron a la residencia Hollister a las 10 a.m. Luego hizo un pedido de flores que debían entregarse en la Iglesia Metodista Episcopal, donde tenía una cita a las 3 p.m. Pero no se presentó.

El 13 de enero de 1906, Edward Ivens entró en la estación policial para notificar que su hijo Richard había encontrado el cadáver de una mujer. El hombre era el dueño de una carpintería en la avenida Belvin y de un establo que quedaba al lado. Su hijo Richard alimentaba a los animales y limpiaba el establo todas las mañanas a las 5. Fue él quien encontró el cadáver en los alrededores del establo.

En esta ocasión realmente había un cuerpo sin vida, el de la señora Bessie Hollister. Había sido golpeada en la cabeza y asesinada por estrangulamiento. Un alambre de 1,20 metros había sido enrollado alrededor de su cuello. Cerca del cadáver, se encontró una cuerda verde.

Pidieron
a Richard
que relatara todas sus
acciones durante el día
del asesinato

Los agentes averiguaron que el alambre era usado por floristas, mientras que la cuerda verde era empleada frecuentemente en las tiendas de comestibles. Interrogaron a la doncella de los Hollister. Dijo que cuando la señora salió de la casa esa mañana, llevaba un reloj de oro para que lo repararan. La doncella había envuelto el reloj en papel de seda, asegurando el paquete con cuerda verde de la tienda de comestibles que había guardado.

En una revisión minuciosa de la escena del crimen y el área circundante no se encontró el reloj, pero la policía halló unos guantes y un bolso que pertenecían a la señora Hollister. El asesino obviamente había cubierto estos artículos con hojas, que habían sido desplazadas por el viento.

Cuando se encontró sangre en el piso de uno de los carruajes de Edward Ivens, la policía se convenció de que alguien había asesinado a Bessie Hollister y movido su cadáver, por algún motivo desconocido, de un lugar a otro, quizás usando caballos y un carruaje del establo de Ivens. Todos los que dijeron que habían visto el cuerpo sin vida fueron interrogados nuevamente, incluido Richard Ivens.

Los oficiales de policía sabían que su hermano era dueño de una floristería y que Richard tenía acceso a la clase de alambre que había usado para estrangular a la señora Hollister.

Pidieron a Richard que relatara todas sus acciones durante el día del asesinato. Afirmó que había estado gran parte de ese día y esa noche solo. Cuando revisaron su habitación y encontraron una navaja y una pequeña cantidad de cuerda verde adherida a la hoja, Richard fue arrestado.

Richard no aguantó la presión. Le dijo a la policía: "Tengo el reloj. Lo hallé junto a la señora. Iba a empeñarlo. Pero no la maté. No tuve nada que ver con eso". Le entregó el reloj a la policía. Después de estar encerrado un día, Richard confesó haber asesinado a la mujer.

Dijo: "La maté. La seguí y la golpeé. Tomé su dinero. Me imploró que la llevara a casa, dijo que podía quedarme con el dinero y que no le diría a nadie. La golpeé de nuevo, una y otra vez, y entonces llegamos a la esquina de Fullerton y Orchard. Vi un pedazo de alambre en el canal del desagüe y lo enrollé alrededor de su cuello, tensándolo. Mientras me alejaba, vi a un hombre inclinado sobre el cuerpo. Cuando se marchó, regresé. Pense que estaba muerta y la arrojé por encima de la cerca. Me alejé un par de cuadras y entonces me preocupó que no estuviera muerta. Vi a otro hombre salir corriendo del jardín y me imaginé que la había encontrado. Volví. Me pareció que su pierna se movió y pensé que era mejor sacarla de allí. Entré al jardín, cargué el cadáver y lo llevé al establo. Enganché dos caballos y salí, pero no me alejé mucho. Regresé y la arrojé cerca".

Richard Ivens fue encontrado culpable de asesinato en primer grado y sentenciado a la horca. No se presentó evidencia que lo relacionara con los asesinatos de las tres mujeres cometidos en 1905.

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net

 
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