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JOHAN M. RAMÍREZ
 


En la plaza francia de altamira

NELSON BOCARANDA

Columnista de El Universal, cree que antes había mayor libertad de acción para los periodistas, pero nunca como hoy la ciudad había sido noticiosa
y abundante en temas

Foto: Natalia Brand

Es un reportero consagrado: le encanta vivir las 24 horas detrás de una noticia. Y no es nada nuevo. Desde 1962, cuando comenzó en el oficio, mira la calle como investigador, descubridor, siempre atento a lo que hay que denunciar. Así se topó con la calzada caraqueña cuando su pauta diaria en Venevisión era cubrir la Gobernación de Caracas, la Alcaldía, los Ministerios, la Cancillería, el Centro Simón Bolívar, el Consejo Municipal, el Congreso, la Corte Suprema y Miraflores. Lo mejor, recuerda, era que caminaba a todos lados buscando siempre la gran nota de cada día.

"Aquella ciudad era grandiosa para los periodistas, había mucha libertad en el campo de acción, uno andaba a pie por el centro sin problemas. La diferencia es que la Caracas de hoy es mucho más noticiosa e inesperada. Aquí uno no gana para sustos", señala Nelson Bocaranda quien, nacido en Boconó, Trujillo, vive acá desde los dos años.

"¡Qué recuerdos tengo de esa época!", se emociona. "Siempre íbamos a comer a un restaurantico que todavía está vivo, se llama Rex y queda de Conde a Padre Sierra. Costaba 2,5 bolívares y daban hasta postre. Pero lo curioso es que allí uno almorzaba con diputados, senadores, ministros; todos convivíamos al mediodía", dice.

"Aquella ciudad era grandiosa para los periodistas, había mucha libertad en el campo de acción (...) la Caracas de hoy
es mucho más noticiosa e inesperada. Aquí uno no gana para sustos"

Bocaranda se cuenta entre los graduandos de la primera promoción de comunicadores sociales de la UCAB, por allá en 1965, cuando ésta quedaba en la esquina de Jesuitas, en pleno Centro. La primaria la cursó en el Colegio La Salle, donde cada miércoles los llevaban al Hotel Humboldt, en El Ávila, a patinar en la pista de hielo. Entonces vivía en San Bernar-dino, y no olvida la travesía de tomar el autobús escolar a las 7 a.m. y llegar al colegio a las 8. "¡Hacía un recorrido enorme! -cuenta-: San Bernardino, La Palmita, Cotiza, avenida Fuerzas Armadas, El Conde, Plaza Morelos, Los Caobos… pero yo disfrutaba esa aventura por toda la ciudad", y agrega que tras la caída de Pérez Jiménez, en 1958, era común encontrar en los alrededores del edificio de la Seguridad Nacional, en El Conde, algunas bombas que en los atentados del 23 de enero quedaron sin explotar. "Era muy raro verlas allí, habían caído del cielo".

En esa época amaba el Parque Los Caobos, donde de niño recibió clases de pintura con el maestro Alejandro Otero y Mercedes Pardo. Le encantaba el Centro Comercial Chacaíto, y fue a la inauguración del CADA de Las Mercedes (¡una de las primeras fuentes de soda de la ciudad!). Navegaba barquitos de vela en el espejo de agua de Altamira, su paseo favorito era recorrer los avisos de neón, y al mercado de San José lo llevaban a comprar flores de Galipán. Pero no es sino el Pasaje Zingg lo que aviva en su memoria la ingenuidad de su infancia. "Ahí colocaron las primeras escaleras mecánicas de la capital, y a mí me divertía muchísimo montarme en ellas, subir y bajar veinte veces. ¡Qué bonito era!", confiesa.

Ahora su relación con esta urbe es distinta; le complace descubrir nuevos restaurantes o ir a Galipán, pero apenas sale a la calle se encuentra con una infinidad de temas para investigar, como el de los indígenas que deambulan por la ciudad… un día lo hará. Algo curioso es que en seguida lo reconocen. "El punto es que a los artistas le piden un autógrafo -apunta-, pero a uno le caen a preguntas. Con uno lo que quieren es hablar, pedir consejos, es muy cómico. Ojalá fuera tan fácil como firmar y ya. En estos días hasta me preguntaron cómo utilizar un Blackberry. ¡Imagínate tú!".

johan_ramirez3@hotmail.com

Asistente de fotografía: Anita Carli

 
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