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Autana

Se deben recorrer muchos kilómetros de tierra y remontar las aguas de tres ríos para contemplarlo.
Pero toda sensación de cansancio se habrá disipado una vez que la montaña sagrada de los piaroas aparece ante los ojos. Estampas le invita a participar de este viaje.
Raúl Chacón Soto. Fotos: Fernando Pulido

Autana, la montaña sagrada de los piaroas, el mítico árbol cercenado por los dioses en un vano intento por impedir la vida... Quién sabe de qué manera la imagen del tepuy acompañaba a todos desde que abordaban la avioneta o tomaban el autobús que los dejaría en Puerto Ayacucho, la capital del Estado Amazonas. Un inmenso paisaje verde y solitario, y el río, por supuesto el río, es lo único que se ve desde la ventanilla cuando el avión ya se dispone a aterrizar... ¿dónde está la ciudad, o el pueblo? Quien no haya llegado a estas tierras no tiene idea de lo que se va a encontrar, sólo la sensación de que se está muy lejos... de que otro mundo aguarda al bajar de la escalerilla... Más pueblo que ciudad, una sola avenida -Orinoco, por supuesto- lo atraviesa por completo, uniendo aeropuerto con muelle. De pocos atractivos, sólo el mercado indígena -con su oferta de hierbas, collares, artesanía y por qué no decirlo, también mucho adornito de segunda- despierta el interés. Lo demás resulta familiar en medio de su particularidad, dada principalmente por los rasgos indígenas de muchos de sus habitantes, aunque pronto se advierte que hay gente llegada de diversos lugares del país, como la joven de Maracaibo que atiende con desgano inocultable en el restaurante del hotel o el guía de la empresa Eco-Destinos, Henry Jaimes, quien nacido en Mérida, se ha dejado envolver por la selva que lo tiene retenido desde hace más de 20 años. Es Henry quien busca a quienes han llegado al aeropuerto para trasladarlos al hotel. Es él quien empieza a dar datos sobre la tierra que casi todos visitan por primera vez, quien dice, por ejemplo, que Puerto Ayacucho es la capital más joven de algún estado venezolano, que en ella habita 70% de los habitantes de todo el Amazonas... dirá mucho más en el recorrido, pero ha llegado la hora de descansar. Espera una larga jornada... espera el Autana.

Día 1 Es sabado en la mañana. Es una lástima que el grupo deba reunirse de inmediato para iniciar el viaje, pues basta asomarse por el balcón del hotel para darse cuenta de que es día de mercado -en plena avenida- y que las calles están tomadas por los indígenas con su indescriptible mercancía. Bien, lo de indescriptible es para quien la observa con ojos urbanos, no acostumbrados a los productos de la selva: peces de río, algunos de aspecto nada apetecibles; el explosivo colorido de las frutas -algunas conocidas y otras no tanto-, de formas y tamaños diversos -hasta las piñas son distintas en Puerto Ayacucho, y dejan otro sabor en la boca, como de agua de río, aunque nunca se haya probado el agua del Orinoco-, los siempre sorprendentes bachacos, manjar para los indígenas, y las infaltables muestras de la labor artesanal de las distintas comunidades que se acercan a ofrecer su trabajo, pues no sólo hay piaroas, también hay yekuanas, yanomamis, wahibos... Pero no hay tiempo. Los nombres que faltan para denotar lo visto quedarán para otra ocasión. Ahora lo urgente es emprender camino.

A Henry se ha unido Arturo García, el guía de Akanán -la empresa que programa los viajes a la zona- que tendrá bajo su responsabilidad la conducción del grupo, conformado por periodistas y algunos turistas que no sabían que iban a viajar acompañados. En total 12 ó 13 personas mochila al hombro -pues eso es lo que expresamente se ha pedido a los viajeros-, donde deben llevar todo lo que se necesita: sus implementos personales, además de traje de baño, franelas manga larga, bermudas, zapatos cómodos, linterna -importante-, repelente de insectos -muuuy importante- y cámara fotográfica -ni hablar-. La primera parte del trayecto es por tierra. Se deben recorrer unos 72 kilómetros, que es la distancia que separa a Puerto Ayacucho del puerto de Samariapo, donde espera el bongo que servirá de definitivo transporte. Este pedazo del trayecto no se puede hacer por el mismo río, pues allí se encuentran los raudales de Atures y Maipures, que conforman el único pasaje no navegable del Orinoco. Explica Henry que los 72 kilómetros que se van a recorrer constituyen la única carretera que existe en el Amazonas... "Es la única manera de ir al sur... a lo demás se va por la autopista -refiriéndose al Orinoco- o con avionetas". El Amazonas ocupa 19% de la extensión territorial del país, y sólo tiene ese pedacito de carretera... pensándolo bien, es una maravilla.

El viaje por tierra se hace corto. Ante los ojos aparecen tres tipos de paisajes que hablan de la confluencia de regiones: de las que se están dejando atrás, y de las que pronto lo inundarán todo. Así, a los llanos bajos con morichales, se une, cada vez con más frecuencia, la aparición de gigantescas rocas negras, graníticas, que recuerdan que se está entrando al macizo guayanés, y esas manchas de selvas de galería que anuncian lo que está por aparecer... "Este es territorio wahíbo", aclara Henry, y señala los asentamientos de la gente de esta etnia, dispersos entre el paisaje... En menos de una hora se llega al puerto de Samariapo, el lugar, como dice el guía, por donde pasa todo lo que baja de la selva y todo lo que sube a ella...

Y allí está el Orinoco, el soberbio, con su característico marrón... el invierno se ha adelantado un poco, por lo que las aguas ya han empezado a inundar las orillas, y a ocultar playitas y cientos de árboles; no es de extrañar que llueva en el camino, dicen... y varios lamentan haber olvidado impermeables. Se navega río arriba -contra la corriente-. Arturo recuerda que es el tercer río con mayor volumen de agua en el mundo. Nadie lo pone en duda. La distancia de orilla a orilla es mucha... y no se está justamente donde es más grande. Se va al encuentro del río Sipapo, al que se llega después de unas dos horas de navegación. Las aguas negras que se acomodan junto a las marrones, anuncian la confluencia y la proximidad del desvío. Una vez sobre sus aguas, el paisaje cambia. Es un río de color negro, parecido al del té... es el tono típico de los ríos de selva con suelos arenosos. La coloración la dan las mismas plantas que le bordean, aunque decir bordean es poco, pues la vegetación ocupa todo espacio en las orillas esta vez más próximas, o quizás sería mejor decir que es el agua la que roba cada vez más espacio a la tierra... Tembladores, toninas, caimanes... son muchas las especies que pueblan estas aguas... y, si bien son difíciles de avistar, a veces se tiene suerte. Y algo de suerte hubo: cuando nadie se lo esperaba, un par de toninas aparece jugueteando en el agua... no se acercaron mucho, pero sí lo suficiente para animar a todos.

El viaje es largo... para algunos francamente agotador, como ocurre con la pareja que ha pagado para estar sola pero va acompañada, y de periodistas... Para otros es maravilloso. La primera parada para almorzar, ya bien entrada la tarde, es en una playita de arena. Es la primera ocasión, también, para probar la aguas del Sipapo. Quizás sea por la sensación que se arrastra desde que se emprende el viaje -esa de adentrarse a territorio desconocido, a otro mundo del que apenas se vislumbra su grandiosidad- o tal vez sólo porque el propio río parece cargado de misterios -algo en lo que ayuda mucho su color- el baño en sus aguas viene acompañado de un poco de temor -ayuda también el alerta de los guías referido a que hay que arrastrar los pies para espantar a las rayas que suelen ocultarse en la arena-. Pero una vez sumergidos en ellas todo cambia. Alejar la mirada del bongo y ver los cerros en la lejanía, el gran brazo de agua y el verde que lo ocupa todo... las manos sobre el espejo del río... mientras que cae la lluvia anunciada... sentirse parte de todo ese paisaje... poco más se puede pedir.

Mojados pero contentos, se llega, después de cinco horas de recorrido, a la desembocadura del río Autana. Allí, en un recodo en medio de la selva, frente a una insólita conformación vegetal justo en medio del río, aparece la colina sobre la cual se encuentra el campamento donde se dormirá la primera noche. Se está en territorio piaroa. Uno de los chamanes más influyentes de la zona ha permitido, después de años de conversaciones, la construcción del refugio conformado por pequeñas churuatas -sin paredes- donde se pueden colocar las hamacas con mosquiteros para pasar la noche, y donde también se puede preparar la comida. El propio chamán deparará una de las sorpresas de la noche, pues mostrará a los visitantes la ceremonia del yopo...

Al caer la noche Arturo muestra, mapa en mano, la exacta ubicación del grupo. Sorprende constatar que del inmenso Estado Amazonas sólo se ha recorrido una ínfima parte... ¿Qué ocupa el resto del territorio?.. ¿qué paisajes maravillosos podrían estar aguardando más al sur? Pues es hacia el sur donde el grupo se había estado desplazando, si bien el río Autana marca una desviación hacia el este. El guía habla de las cinco etnias que pueblan estas tierras -el estado presenta una densidad de una persona por kilómetro cuadrado-, de cómo se mantienen sin mezclarse, de los otros nombres con los que nombran a los tepuyes: cerros o yibis. Habla, también, de la antigüedad del macizo guayanés, una de las formaciones geológicas más viejas de este planeta -se le calcula unos dos mil millones de años- en la que destacan los tepuyes... Dice, sobre éstos, que algunas teorías sostienen que no son más que los restos de una inmensa planicie. Todo se derrumbaría y quedaron ellos... testigos mudos de otro mundo...

Y entonces allí, a la luz de la luna, en plena selva, el chamán, de nombre Julio, saca los implementos para iniciar la ceremonia del yopo... El yopo es una sustancia alucinógena obtenida de la exudación de una corteza de árbol. Los indígenas la hierven y refinan hasta que logran un polvo rojo, que es el que será finalmente inhalado por el chamán. Dicho en muy gruesas palabras, la aspiración del yopo obedece a motivos rituales, necesarios para que el chamán cumpla con sus funciones entre las que sobresalen la de adivinación y la del diagnóstico y control de enfermedades. Julio ha accedido a hacerlo frente a los turistas -quizás ahora pase a formar parte del menú de atracciones-: exhibe los instrumentos y procede a preparar el alucinógeno, triturando y mezclando unas sustancias con otras. Todos a su alrededor miran la ceremonia. Le oyen tocar una especie de maracas, le ven cerrar los ojos y recitar una letanía... y aspira el polvo, hondo. Al rato, ofrece la oportunidad de probarlo a los demás. Algunos se animan... La primera vez no pasa de una sensación extraña en la cabeza, pero la segunda da paso a ciertas imágenes que cruzan la mente... la tercera, la del definitivo despegue, nadie quiso probarla. Aún quedaba noche por delante... algunos fueron a dormir y otros prefirieron acercarse al borde del promontorio -y sentarse en unas inesperadas sillas dispuestas allí para la contemplación-, y observar el paisaje bañado por la luz de la luna. El cielo estaba tan estrellado como sólo puede estarlo en zonas deshabitadas, y, a ratos, embargaba la emoción de saberse dispuestos a pasar la noche allí, minúsculos, en un recodo del río en medio de la verdadera selva. Otros más, linternas en mano, decidieron darle un vistazo a los alrededores... querían más emociones...

Día 2 Habían visto una tarántula, la más grande del mundo, según cuenta Arturo, que la nombra con su apelativo científico: Theraphosa Apophosis, y a la que también se le conoce como la Giant Goliat Birdeater. El resto de la jornada daría oportunidad de toparse con otras, pues no son difíciles de hallar, ocultas en sus madrigueras, por lo general en los huecos al pie de los árboles. La araña había saltado hacia el grupo, una vez que el guía la había molestado con una ramita con la esperanza de que mostrara su cara. Pero se mostró entera, gigante, más temible allí en medio de la noche. El relato animó el inicio de la nueva jornada.

Y de nuevo al bongo, esta vez para surcar las aguas del río Autana... Tan negro como el Sipapo, pero seguramente más hermoso... Su superficie, un espejo -¿el río se mueve?- que refleja el verde cada vez más exuberante de las orillas cada vez más próximas. Los ruidos de la selva acompañan el recorrido, y aparecen aves que los guías nombran: cotúa agujita... maracaná.... martín pescador... garciela real... El camino de agua no sólo marca un viaje geográfico, parece convertirse, también, en un corredor hacia otro tiempo, uno muy remoto... recordar Los pasos perdidos de Alejo Carpentier es inevitable. Faltan las palabras, que a él le sobran, para diferenciar de entre lo verde, las tonalidades, las formas, las mil y una maneras que encuentra la naturaleza para ocupar el espacio de la tierra con vegetación... y de pronto aparece el Autana, por primera vez, a lo lejos... y todo es revuelo en la pequeña embarcación.
Cada vez más cerca, a medida que el bongo remonta el río, aparece y desaparece de la vista a cada nuevo trazado recorrido; a su lado otros cerros, también impresionantes, como el Wahari y el Cara de Indio, pierden esplendor. La idea, al principio del viaje, era subir al Wahari para, desde allí, contemplar el Autana emergiendo imponente del valle selvático que crece a sus pies. Pero se necesita suficiente tiempo para hacerlo, y también las adecuadas condiciones del clima que aseguren un cielo despejado que no arruine el espectáculo de su contemplación.

Como no parecían aseguradas estas condiciones, no se hizo el ascenso, pero tampoco hubo lugar para la decepción, pues el escenario que ofrecía la última parada, en el raudal de Ceguera, era, sin exageraciones, propio del paraíso: allí estaba el río, bajando con fuerza, ruidoso, pero permitiendo una pequeña ensenada para invitar al baño; allí estaba la hilera de selva y, detrás de ella, la silueta espectacular de los cerros, pero, por sobre todo, la del Autana... De allí en adelante, el ánimo que dominó entre el grupo cambió por completo. De pronto todos se sentían felices, quienes estaban molestos compartían ahora sonrisas y se integraban a los demás... Dio tiempo para explorar lo poco que quedaba del río que fuera remontable -y subir al raudal de Pereza, donde hay unos petroglifos y el paisaje no deja de tener su encanto-, para subir al mirador después de atravesar la comunidad piaroa que tiene asiento en ese pedazo de paraíso y ver la majestuosa extensión de selva que se abre a los pies, incluso para conocer algo de la faena propia de los indígenas... pero nada como quedarse allí de pie, contemplando al Autana...

Al verlo se entiende por qué los indígenas lo piensan como un árbol sagrado... Cuesta despegar los ojos de su pared lisa, de las nubes que parecen acompañarle siempre... el guía ha dicho que mide unos 1.300 metros y que no se incluye su visita porque es territorio sagrado... Verlo allí, a lo lejos, abruma. Mientras el cuerpo se carga de energía -casi palpable- la mente vuela, imagina... es el resto de un paisaje perdido, según han dicho otros... una ventana hacia otro tiempo... lo que queda de un mundo que fue y ya no es. Y uno está allí contemplándolo. l

rchacon@eluniversal.com

Coordenadas: Akanán Travel & Adventure.
Telfs.: 234.2103 / 715.5433. www.akanan.com


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