|
Si la mayoría de la gente acepta
como algo normal que el mes de mayo gire en torno a las madres,
y se hacen homenajes y se habla y se escribe con la excusa del modelo
materno, nada de raro tiene que en el mes de junio -o por lo menos
en el tercer domingo de junio- se le dediquen algunas líneas
a la figura paterna.
Aun estando consciente de que la imagen del
padre no goza de tanta unanimidad como la de su homólogo
femenino, y de que -a ojos de muchos- sobren razones para justificar
esa subordinación, hoy voy a referirme al papá de
Coromoto.
Reparo en él porque un encuentro reciente
con mi amiga me trajo a la memoria la estampa de su progenitor.
Cuando me topé con Coromoto, como le suele ocurrir por estas
fechas, andaba rompiéndose la cabeza tratando de encontrar
un obsequio digno. "¿Y qué le vas a regalar a
mi papá?", preguntaba ansiosa a cualquiera de sus tres
hermanas. Y no es que el viejo sea quisquilloso, refunfuñón
o exigente. Al contrario. Pero no es sencillo hallarle un regalo
especial.
El parece andar por la vida "encontrándose"
objetos especiales. O buscándolos.
Al papá de mi amiga le fascina una tienda de saldos, una
rebaja, un bazar ambulante. Siente particular atracción por
todos los lugares pintorescos que ofrecen artículos raros
a precios de promoción. Lo emociona meterse por recovecos,
gastarse la mañana del domingo en los pasillos de un mercado
de cacharros antiguos y hurgar entre montañas de mercancía
hasta dar con el miriñaque extravagante. Una toalla de color
fosforescente, una lámpara de carburo, un teléfono
de disco, una batería de frascos con yerbas medicinales,
un trofeo al ganador del VI Torneo Master de Voleibol en Bachaquero,
Estado Zulia, que vaya a saber cómo llegó al mercado
de los corotos de la avenida Francisco de Miranda en Caracas. El
hecho de descubrir un artículo extraño, único
y, sobre todo, en oferta le produce un placer inmenso.
Su gusto por el shopping no se limita a las
gangas o enseres curiosos. El papá de Coromoto es uno de
los pocos hombres que conozco que disfruta haciendo la compra de
víveres, y para eso cualquier día es bueno, independientemente
de que le haga falta alguna vitualla o de que sea fin de quincena
y el local esté full de gente. Para él, ir al supermercado
es casi un episodio lúdico, no un obligatorio acto de aprovisionamiento.
Y como ejemplo, hay que mirar su despensa: ocho potes de distintos
tipos de salsa de tomate, tres frascos de condimento de ajo, diez
latas de guisantes de las más diversas marcas y calidades
-desde los más exquisitos y tiernos hasta los más
económicos y duros como metras-, cuatro botellas de aceite
de oliva... En el abasto, compra por arranque, lo que se exhibe
en colores chillones en el estante de los detergentes y lo que se
ofrece lustroso y brillante en los estantes de artículos
para la cocina. Para él, el automercado es una caja mágica,
y cualquier maravilla puede conseguirse. Basta contemplar la colección
de destapadores que ha logrado reunir.
El padre de mi amiga es capaz de conseguir
lo más inusitado en el lugar menos indicado: el hombrillo
de la autopista Coche-Tejerías, las gradas del estadium de
beisbol, la desembocadura del río Chuspa. Así como
consigue chécheres inútiles (una tapa de gasolina)
también suele dar con artículos útiles (unos
lentes para el sol) y hasta valiosos (una concha marina que engarzada
en una tira de cuero convierte en collar para su nieta mayor).
Como se puede ver, una vez que se conoce al
personaje, cualquiera puede entender la angustia de Coromoto. Por
más que se esfuerce, es muy difícil que halle el objeto
singular que calce con la naturaleza de su progenitor. Por eso,
también se entiende -y se disculpa- que año tras año
ella y sus hermanas terminen regalándole lo mismo: camisas,
medias y piyamas. l
|