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Mirtha Rivero

 

“Antes, nosotras salíamos de blanco de nuestras casas, pero ahora, nuestras hijas salen de portafolio”. Ese era el tono de la conversación que Margarita sostenía con Elena —su amiga de la infancia—, en la terraza de una cafetería. Ambas, rodeando la cincuentena de edad, llevaban rato hablando de cómo, a través de los años, ha cambiado el papel femenino en la sociedad. Con su comentario (“nosotras salíamos de blanco y…”), Margarita quería destacar que en otros tiempos, una mujer abandonaba el hogar sólo para casarse; en cambio, hoy, en los días que corren, las muchachas se van de sus casas por su propia cuenta. Salen a trabajar, a buscar su propia vida. No requieren de una figura masculina que las mantenga, las ampare o las empuje. No necesitan de un matrimonio. Les basta un portafolio donde guardar la laptop, la agenda o la libreta de notas para apuntar las cuentas del mes. Y a veces ni eso.

 Escuchar esa conversación trajo a la cabeza una historia conocida.

“En mi familia, las mujeres entierran a los hombres.” Así decía mi mamá, y la sentencia más que referirse a la longevidad que caracterizaba a las de su sangre hablaba del espíritu recio y decidido que las envolvía. Aludía a una marca de fábrica. Las mujeres de su estirpe eran fuertes, echadas pa'lante.

Mi bisabuela Ana fue la matrona de un clan, cuyos cuentos y anécdotas aún perviven por encima de los cuentos y peripecias de mi bisabuelo, de quien la crónica familiar prácticamente ni se ocupa.

Mi abuela Rosa, su primogénita, fue la planta enorme que sobrevivió 33 años a su marido para comandar una tribu de nueve hijos y tres hermanos que giraba en torno a su figura gorda y a su tono simpático, un tono que no supo lo que era agriarse ni cuando la tocó la viudez ni cuando —contra toda lógica, razón y sentimiento— la abandonaron dos hijos y dos nietos. Los cuatro vástagos se murieron antes que ella. Al perder a su primer hijo se quitó para siempre los colores del vestido, pero lo que nunca pudo quitarse de encima —contra toda lógica, razón y sentimiento— fue el sentido del humor fino y fácil que la supo acompañar incluso al lecho de enferma. Era alegre y maciza, blanda y fuerte, resistente y dócil como un chaguaramo que se empina hacia el cielo dejando que lo mueva y lo zarandee el viento sin doblarse ni perder la estampa. De los nueve hijos que tuvo —siete paridos y dos abrazados— los tres primeros fueron mujeres, y las tres, fieles a la tradición, cuando les llegó el turno arriaron a sus familias y se convirtieron en núcleos y focos de sus propias tribus.

De ellas mi mamá —la primera de todos— pronto se convirtió en la referencia obligada dentro del clan mayor, ofreciendo señales claras de estar en condiciones de recibir el testigo llegada la hora. Fuerte y batalladora como sus antecesoras, mi madre heredó también el mismo sentido del humor, agregándole de su cosecha un acento altivo y una orgullosa presencia. Acento y presencia que estuvieron con ella aún en los momentos más difíciles, apenas pocos días antes de irse de este mundo para —contraviniendo la regla atávica— ser la primera de su especie que moría antes que el marido. A casi 13 años de su muerte sigue siendo el centro de su familia. El árbol bajo el cual nos reunimos para celebrar o simplemente para encontrar sombra.

Mi bisabuela, mi abuela y mi mamá salieron de sus casas sólo cuando se casaron. Las tres —como decía Margarita— salieron de blanco. Pero, contrariamente a lo que se estilaba en aquellas épocas, no salieron para ser ayudantes, accesorios o suplentes. No se conformaron con ser esposas. Quisieron también ser pilares. Ojalá que sus más recientes descendientes mujeres —con más o menos alharaca, más o menos pintura en el pelo— cuando decidan dejar sus nidos —de blanco, de morado, de portafolio o de morral— puedan ser capaces de seguir sus pasos. Ojalá vivan muchos años y lleguen a ser ancianas como era el mandato en los inicios, pero, por sobre todo, ojalá tengan el mismo temple que sus antepasadas para sortear las dificultades, enfrentarse a la vida y ser capaces de sonreír y hacer un chiste. l


 
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