| Cuñada asesina
La trabajadora Edith simplemente fue empujada hasta el punto de quiebre. Max Haines
Edith Chubb, de 46 años, vivía en Broadstairs, Inglaterra, con su marido, Ernest, plomero por oficio. No era una vida sencilla, de hecho era una vida extremadamente dura. Veamos lo que ocurría con Edith en el invierno de 1958.
Los Chubb vivían en una casa del consejo, junto con la madre de Edith y sus cinco hijos. La hija mayor, de 16 años, tenía un agujero en el corazón y no se esperaba que viviera más de cinco años más. Luego estaba la hermana de Ernest, Lillian, quien un día se apareció para una visita de una semana y se quedó durante siete años.
El salario de un plomero no llegaba muy lejos. La verdad sea dicha, Lillian trabajaba, pero sólo contribuía con una libra y media a la semana para la familia.
Para llegar a fin de mes Edith tomaba trabajos como niñera, trabajaba como criada, empleada de limpieza en una fábrica, y tres noches por semana trabajaba como enfermera en un hospital cercano. Algunas noches la pobre mujer lograba dormir tres horas seguidas. Mes tras mes Edith luchaba. Nunca se quejaba, pero por dentro ardía en cólera. Podía soportar el trabajo en la casa, podía enfrentar los trabajos fuera de la casa, pero no podía tolerar a su cuñada Lillian. Esa mujer no levantaba un dedo para ayudar en la casa. Muchas noches, mientras Edith lavaba los platos, Lillian se sentaba en la mesa de la cocina, con las piernas cruzadas, fumaba un cigarrillo o bebía té. Luego estaban las mañanas en las que Lillian consumía un desayuno sustancial y abandonaba la casa sin mover un plato del fregadero o de la mesa. Edith hirvió en silencio hasta la mañana del 6 de febrero. Ese día se había esclavizado durante horas preparando el desayuno para la familia, el cual daba un total de nueve individuos. Gradualmente, los miembros de la casa se fueron hasta que sólo quedaron Lillian y Edith. Eran las 8.40 am; Lillian se puso su abrigo y su bufanda y se preparó para salir a trabajar en una tienda local.
La ira, latente en silencio durante tanto tiempo, salió fuera de Edith. Se frotó las manos, su ojos se enfocaron en la espalda de su cuñada.
Justo cuando Lillian estaba a punto de salir por la puerta delantera, las manos de Edith tomaron de su bufanda y agarraron desde atrás. Agitó a Lillian con toda la ira contenida. Una buena agitada la asustaría por siempre. Una última fuerte jalada de la bufanda y Lillian cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra las escaleras.
En ese preciso momento Edith oyó el sonido de pasos acercándose a la puerta delantera. ¿Qué había hecho? Allí yacía Lillian, haciendo sonidos como gruñidos en el piso. Seguramente la había oído la persona que se acercaba. Edith puso sus manos sobre la boca de Lillian durante unos pocos segundos. La persona de afuera se alejó y ella quitó la mano de la boca de su cuñada. Lillian se veía azul. Edith le tomó el pulso. Nada. Luego desenrolló la bufanda. Seguramente ella volvería en sí. Pero no lo hizo.
Lillian estaba muerta. Tenía que hacer algo. Lentamente se formó un plan en su mente. Arregló una silla de ruedas que había sido usada por su hija mayor y luchó para levantar el cuerpo y colocarlo en la silla. Edith llevó su macabra carga hasta el cobertizo. Eso sería todo por ahora. Retiró 12 libras de la cartera de su víctima antes de lanzarla dentro del horno.
Edith luego dijo: “A la mañana siguiente, luego que todo el mundo había abandonado la casa, empujé a Lily en la silla por la calle Reading. Estaba cubierta con mi mantilla de viaje. La puse en el banco y volví a la casa. No me tomó mucho tiempo”.
Ese mismo día el cuerpo fue hallado. Las únicas indicaciones de violencia eran un leve moretón en el cuello y un chichón en la cabeza. Era obvio que la víctima había sido asesinada en otro lado.
De vuelta en la casa Edith llamó al lugar de trabajo de su cuñada y les dijo que no había regresado a la casa esa noche. Le dijeron a Edith que Lillian no había aparecido en el trabajo esa mañana tampoco y le sugirieron que llamara a la policía. Pronto la policía estaba en su puerta con malas noticias acerca de que el cuerpo de su cuñada había sido hallado a no más de un kilómetro de la casa.
Durante una semana la policía interrogó a cada amigo que podría haber llevado a Lillian al trabajo. De hecho, interrogaron a todos los que normalmente veían a Lillian en la mañana. Todos recordaban haberla visto cada mañana hasta el 6 de febrero.
Los detectives hablaron con los vecinos de los Chubb en la Avenida Hugin. Sabían que Edith no mostraba animosidad hacia su cuñada, muchos sospechaban que secretamente ella odiaba a Lillian. Muchos se atrevieron a decir que tenía buenas razones para no querer a la vaga de Lillian.
La policía ahora sospechaba que Lillian Chubb no había abandonado la casa viva en la mañana del 6 de febrero. Acudieron a Edith en busca de explicaciones. No tomó mucho tiempo. Edith soltó toda la historia: “Yo la maté. Fue justo cuando estaba saliendo por la puerta. Algo me sobrecogió. Ajusté su bufanda. No peleó. Cuando me di cuenta estaba muerta, me sentí horrorizada”.
En mayo de 1958, Edith Chubb fue juzgada en el famoso Old Bailey en Londres. La evidencia forense perforó la historia de Edith. Los personajes testigos declararon que Edith era una mujer concienzuda, que no se quejaba y muy trabajadora. Sus jefes en el hospital atestiguaron que ella era una de las mejores enfermeras en la institución.
Un psiquiatra aseguró que, en su opinión, Edith había trabajado hasta el punto en el que estaba al borde de un ataque de nervios. Atestiguó que Edith no había intentado asesinar a Lillian. Había dado un tirón de la bufanda durante un momento de extrema irritación mental.
El jurado obviamente estuvo de acuerdo. Hallaron a Edith no culpable de asesinato, pero sí de asalto. Fue sentenciada a cuatro años en la cárcel. l
Ilustraciones: David Márquez |