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El tema
Mónica montañés

No se imagina la cantidad de solitarios que fui capaz de jugar, huyéndole como loca al momento de escribir esta columna. Mil veces me senté frente a la máquina sin lograr otra cosa que colocar el dos negro sobre el tres rojo y la Q roja sobre la K negra. Y es que si algo no se le puede negar al paro que se vivía (al menos a la hora de redactar esta nota) es que acabó con nuestra tan venezolana capacidad de hablar pendejadas. No hay caso, no hay manera de evadirlo, no existe otro tema que no sea el tremendo berenjenal en el que estamos metidos, sus posibles salidas o su aparente sin salida. Ni siquiera la maravillosa opción de hablar pestes de los maridos o ex maridos tiene sentido, mucho menos algún tipo de atractivo, entre tanta marcha, tanto cacelorazo, tanta tranca, tanto susto, tanta zozobra, tanto vecino cordial transformado en enemigo político, tanto amigo al que es mejor ni llamar porque ¿y si no piensa como uno, cómo hacemos para no matarnos? Hasta el otrora sencillo gesto de comprarle los regalos a los chamitos se ha tornado en un acto político.

De ahí mi afición escapista a jugar solitario incapaz de encontrar una opción pertinente para vaciar en esta columna, dominical ella, mensual ella, que por razones de operatividad de la revista debe ser escrita con unas cuatro semanas de anticipación. Y he ahí el problemón. ¿Cómo saber qué tendrá sentido de aquí a cuatro semanas en un país donde no se sabe si algo tendrá sentido al día siguiente? Siempre pensé que el único sentido que tenía vivir en un país como el nuestro, ubicado en un continente semejante, era el sentido del humor. Un sentido que nos había dado Dios en abundancia cuando se dio cuenta de que se le había olvidado darnos un poco de sentido común. Pero soltar algo gracioso en un momento como el actual no sólo pareciera no ser pertinente sino que corre el riesgo de resultar impertinente.

Tocará entonces, estimado y respetado lector, pedirle perdón por no haber encontrado nada sensato que decirle y desear que este año nos depare, sino felicidad, al menos sí un poco de sensatez o tan siquiera un poco de duda, porque con tanta gente segura de que pa'lante es pa'llá, como que no vamos para ningún lado.

 
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