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El tema de los obsequios siempre será un talón de Aquiles para quienes lo entienden como un compromiso del que hay que salir bien parados. Una convención social ineludible. Una cortesía que no conviene transgredir. Un código ético cuyas normas toca cumplir a cabalidad para engranar en el acomodaticio molde de lo preestablecido como políticamente correcto.
No olvido regalos, presentes, obsequios y detalles que me han inspirado mucho, pero, como cualquier otro mortal, también he recibido decenas de enseres, utensilios, artefactos, prendas, accesorios, obras musicales, editoriales y plásticas que he desterrado de mis recuerdos por haberme colocado en el horrendo compromiso de tener que sonreír con falsedad al recibirlos. Entiendo que no todo el mundo cuenta con la sensibilidad necesaria para comprender la naturaleza ajena, entiendo también que regalar con sentido de la oportunidad es un talento que se cultiva con una adecuada mezcla de sensibilidad y sensatez. De todos modos, la falta absoluta de tino para descifrar al otro no deja de parecerme un pésimo defecto.
Ahora bien, después de haber analizado por años esta esquiva fenomenología, sobre la cual el acto de dar y recibir adquiere sentido, me tomo la libertad de esgrimir algunas premisas que considero imprescindibles para no caer en el error de regalar por salir del paso, por compromiso, o por ganar puntos en el complejo y salvaje mundo de las oportunidades.
-Ejercita la observación. Una cosa es ser testigo de lo que nos rodea con mirada apresurada, desentendida y distraída, y otra muy distinta es tomar en cuenta la naturaleza de quien convive a tu lado con los poros bien despiertos. Cuando alguien te entrega un detalle que te describe con amor te sientes increíblemente agradecido y, especialmente, tomado en consideración. Ocurre lo contrario cuando destapas un obsequio y te preguntas: “¿en quién estaría pensando éste cuando creyó que podía gustarme esto?”. De acuerdo al nivel de cercanía existente entre quien da y quien recibe, estos gestos de ceguera —muchas veces crónica— lastiman en mayor o menor medida.
-El envoltorio también cuenta. Todos hemos recibido regalos envueltos con gracia, creatividad y sentido del humor. Hay envoltorios que tienen la identidad de quien los elabora y que traspiran a través de sus partes el placer por el detalle del artífice del montaje. Recibir regalos empaquetados con originalidad desarma a cualquiera. De hecho tengo un amigo virtual —al que nunca le he visto la cara, creo— que aparece de vez en cuando tras el misterio de algún atinado obsequio. Las vestiduras con las que envuelve sus desinteresadas ofrendas tienen signos de compatibilidad que siempre reconozco y sus obsequios develan una puntería magistral.
-Ojo con el reciclaje. Recibir regalos en envoltorios que alguna vez tú mismo entregaste es patético, vulgar y fraudulento. Si vas a reutilizar un envoltorio, confiésalo desfachatadamente —al menos te quedará gracioso— o haz evidente la intervención de los retazos de material resucitado.
-El gesto es lo que vale. La cuantía de un presente inolvidable no se mide por su precio, sin embargo, en un mundo condicionado por valores primordialmente materiales, una premisa como esta podría parecer simple retórica, anacrónica y romántica. En todas partes se consiguen objetos simpáticos y pueden lograrse guiños llenos de dulzura sin necesidad de ostentación. Una navidad mi esposo me regaló una foto de su primera comunión junto a un libro cuya lectura disfruté mucho. Fue un regalo realmente estremecedor. Cuando era niña, mi hermana me obsequió un dibujo hecho con cartulina y creyones multicolor que aún encuentro hermoso, y en una oportunidad, un año después de un divino paseo campestre, una tía armó un rompecabezas con las fotos que conservaba como registro de la ocasión y las colocó en un sencillo portarretrato de acrílico que conservo como uno de los regalos más amables que he recibido hasta la fecha.
-No reobsequies. Si lo que recibiste no te gustó es muy probable que el efecto se repita en cadena. Además, si bien es importante regalar pensando en quien recibe, el obsequio también debe describir al autor de la selección. Para que la sinergia sea exitosa la satisfacción debe ser mutua. Deshacerte de algo que recibiste sin mayor agrado reobsequiándolo es una suerte de estafa por partida doble.
Los regalos son disparos de afecto que te ofrecen la oportunidad de medirte, compartirte y construir nexos indivisibles. Sólo regalándote encaras las miserias de tu propia mezquindad. l tofano@hotmail.com
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