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Vivir con un fanático
del cuidado corporal

De cómo mi esposo se volvió un adicto a los temas de salud, y por qué no logró arrastrarme en su delirio. Caroline Luce

El aceite de hígado de bacalao fue la causa. Hasta ese momento, el régimen de mi esposo para mantenerse en forma había sido inofensivo, incluso admirable. Pero una prueba de colesterol con resultados desfavorables y el acercamiento a los 40 años desataron un despliegue de actividades en pro de la salud, y los resultados fueron buenos. Luego de correr y nadar cada día por un año, su conteo de colesterol “malo” (LDL) bajó, y aunque los 40 estaban ya más cerca, parecían albergar ahora menos terrores.

Lo mejor de todo era que él estaba feliz de dejarme fuera de todo eso. Mi prueba de colesterol estuvo casi perfecta, así que, por un tiempo, me mantuve a salvo. Compró pastilleros que tenían marcados los días de la semana, colocó en ellos suplementos de minerales y vitaminas del tamaño de una pastilla para caballos y sólo una vez me sugirió que tomara, como precaución mínima, una dosis de selenio, vitamina E y aspirina todos los días.

Nunca me habían entusiasmado los suplementos. Soy una retardataria en cuanto a las vitaminas; soy acérrimamente anticuada en mi opinión de que si uno necesita aumentar la vitamina C, debe comer naranjas.

Por tres días tomé mi medicina obedientemente, pero decidí pararlas. Tomar píldoras me hace pensar en que estoy enferma. Crecí con la clara idea de lo que constituye una buena dieta, pero la noción de mi madre del comer sano implica darse una buena cantidad de gustos. No necesitaba que me dijeran que el vino tinto contiene antioxidantes antes de abrir una botella a la hora de la cena.

Cuando los padres de mi esposo nos regalaron una batidora, preparé merengadas de fresa. El preparó bebidas verdes con berro. Fui yo quien investigó las conveniencias de cambiar el té de la mañana por una taza de agua caliente con una rebanada de limón, cuando estaba embarazada; pero él tenía que ir más allá, exprimió medio limón en su taza, y no le añadió nada de miel.

En poco tiempo, mi esposo estaba nadando un kilómetro y medio y corría unos ocho. A medida que sus músculos se tonificaban, los míos menguaban y se volvían blandos. Su estómago se aplanaba y el mío se abultaba. Tuvo tacto como para no mencionarlo, pero no demasiado. “Se te está cayendo el cabello”, dijo casualmente una mañana mientras él limpiaba el baño. “Necesitas aceite de hígado de bacalao”. ¿Eso no viene en cápsulas?, le pregunté con nerviosismo, viendo el destellante líquido amarillo en la botella que parecía medicinal. “Sí, pero es mucho más barato de esta forma”.

El dinero ha sido una consideración importante a lo largo de la campaña unilateral por la buena forma. Una tarde me invitó a dar un paseo, pero en lugar de una conversación romántica en un asiento de un parque, me encontré en el gimnasio, firmando un contrato por un año —era más barato de esa manera. Solía ir al trabajo en bicicleta antes de entrar en pánico luego de que me atropellaran con demasiada frecuencia. Desde entonces he estado hablando de hacer ejercicios, pero nunca tenía las intenciones reales de hacerlo. El gimnasio, con toda esa gente jadeando y sudando, tonificando sus músculos frente al espejo, nunca estuvo entre mis planes. Sin embargo, ahí estaba, economizando, supuestamente, al tener un plan anual: mientras más ejercitara más barato resultaría. (En realidad he estado en el gimnasio un par de veces ya, y he regresado a casa sin sudar). Algunas veces el camino de la terca resistencia es solitario. Con tantos consejos sobre la salud y el mantenerse en forma, quizás sea agradable, de vez en cuando, poder decir, “Omega 3, sí, yo lo tomo”. Me llevo una cucharada de aceite de hígado de bacalao a la boca. ¡Ah, qué terrible! Era nauseabundo, era como besar a un pescado. Dancé por toda la cocina, atiborrándome de pan y mantequilla de maní y cambur, pero no podía liberarme del desagradable sabor. Durante toda la mañana me venían pequeños eructos de pescado.

Ese fue el final de mi experiencia con los remedios naturales para la salud. ¿Quién necesita cabello de todos modos? Siempre podré pegarme unas extensiones. Que le hagan buen provecho el aceite de linaza, sus pesas y sudaderas. Yo paso. l

 
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