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He sabido que hay quienes leen mis crónicas
a hurtadillas, cual si se tratara de un arma peligrosa de la que
hubiese que cuidarse.
Leen sin aspavientos, mirando por el rabillo
del ojo, no sea que alguien los descubra y les caiga a sombrerazos
por la mala acción que están cometiendo. Estos lectores
logran arrancarme una sonrisa tierna y sardónica, incluso
con un dejo de complicidad, al mejor estilo de la Gioconda, pues
quién puede temer a una escritura tan inocente y poco revanchista
como la mía. Tal actitud, al mismo tiempo, me deja ver que
hay un cierto poder en mi pluma que genera gustos perversos, propios
de quien hojea/ojea escrupulosamente una Playboy a los nueve años
de edad en casa de su abuelita. No hay acto más deliciosamente
alevoso que el de una lectura vedada, realizada con el placer de
estar quebrantando una ley ¿impuesta o autoimpuesta? Esa
sería la pregunta que habría que hacer a algunos de
estos asustadizos, enmascarados, inofensivos lectores dominicales.
También sé de quienes me leen
y llegan temblorosos al último renglón, intimidados
por lo que de privado podría estar revelando en tan escasas
líneas. Arriban al desenlace ansiosos de ornato y buenas
costumbres, de civismo a prueba de balas. Si por tales lectores
fuese, jamás habrían podido publicar nunca nada ni
Anaïs Nin ni Madonna, dos mujeres cuyos escritos e imágenes,
respectivamente, -salvando las distancias que entre una y otra hay
referentes al tiempo y a las estrategias propias de cada una de
sus épocas- lograron establecer un quiebre en la construcción
mojigata de la mujer en nuestra sociedad. Entonces, al parecer,
y ligado a ese punto de vista, produzco en algunos de mis lectores
una dosis de desconcierto y asombro del tipo ¿será
que le ha pasado lo que cuenta? ¿Será inocente o calculada
esa ingenuidad de quien se desnuda frente a un monstruo de mil ojos
en gran medida desconocido? Resultaría baladí responder
a tal interrogante, pero, si de algo sirve, aclaro que todo lo que
garabateo bajo mi corriente nombre es intensamente sentido y conscientemente
atravesado por la autenticidad. En ella reposan mi dignidad y fortaleza.
Igualmente tengo conocimiento de aquellos lectores
a quienes les resulta incomprensible lo que escribo, les asalta
la duda y mis crónicas se tornan una suerte de laberinto,
acertijo o enigma escurridizo que, por más que lo intenten,
no se deja resolver. Tal parece que estuvieran leyendo una obra
borgiana distorsionadora de la realidad. A ellos, mis más
sinceras disculpas, pero mi intención no es la de crear un
mensaje herméticamente cifrado quién sabe con qué
enrevesados o sofisticados recursos. Desearía ser comprendida
por muchos, aunque sé que este planteamiento es utópico
en esencia, por lo tanto, sólo quisiera que estos lectores
fortalecieran la imaginación y se dejaran seducir, al menos
por un instante, por un uso de la lengua ligeramente distinto al
que están habituados.
Por último, dejo a aquellos lectores
que se ríen, que se burlan, que me responden el chiste con
uno mejor, que se vacilan la parte sin prejuicios, que celebran
la carcajada que he decidido instalar frente a lo dramático
de la vida porque, de otro modo, no es posible vivirla. Festejo
a quienes se dejan arrastrar por la minúscula mentira que
decidí inventar ese día, así como a aquellos
que me expresan su solidaridad e, incluso, me regalan confesiones
graciosas y emotivas dejándome ver que no soy la única
que ha recibido "golpes como del odio de Dios". No sé
si serán muchos o pocos, pero ellos me permiten entremezclar
libremente la vida y la ficción, lo propio y lo ajeno, lo
cierto y lo falso. Ellos no creen todo los que les digo, pues yo
tampoco digo todo lo que creo. Por ello, parafraseando a Bertolt
Brecht, afirmo que, para mí, esos lectores son los imprescindibles.
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rosa_elena_perez@hotmail.com
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