- El hombre que hostiga a Bush
- El Monitor se pasea por la música
- Maratón olímpico
en TV

 CRONICA
- Lectores
- São Paulo Fashion Week. Pura playa
- Chico el rey gitano
- Brin y Page. Colosos del ciberespacio
TENDENCIAS
- Sexualidad
en femenino
SALUD
- Saludables
a la brevedad
BELLEZA
- Cabellos al sol
TENDENCIAS
- Vivir con un fanático del cuidado personal
PSICOLOGIA
- La droga del amor
COCINA
- Ricos tartares
MASCOTAS
- Hora de divertirse
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
E-viajes
 
  Lectores
Rosa Elena Pérez

He sabido que hay quienes leen mis crónicas a hurtadillas, cual si se tratara de un arma peligrosa de la que hubiese que cuidarse.

Leen sin aspavientos, mirando por el rabillo del ojo, no sea que alguien los descubra y les caiga a sombrerazos por la mala acción que están cometiendo. Estos lectores logran arrancarme una sonrisa tierna y sardónica, incluso con un dejo de complicidad, al mejor estilo de la Gioconda, pues quién puede temer a una escritura tan inocente y poco revanchista como la mía. Tal actitud, al mismo tiempo, me deja ver que hay un cierto poder en mi pluma que genera gustos perversos, propios de quien hojea/ojea escrupulosamente una Playboy a los nueve años de edad en casa de su abuelita. No hay acto más deliciosamente alevoso que el de una lectura vedada, realizada con el placer de estar quebrantando una ley ¿impuesta o autoimpuesta? Esa sería la pregunta que habría que hacer a algunos de estos asustadizos, enmascarados, inofensivos lectores dominicales.

También sé de quienes me leen y llegan temblorosos al último renglón, intimidados por lo que de privado podría estar revelando en tan escasas líneas. Arriban al desenlace ansiosos de ornato y buenas costumbres, de civismo a prueba de balas. Si por tales lectores fuese, jamás habrían podido publicar nunca nada ni Anaïs Nin ni Madonna, dos mujeres cuyos escritos e imágenes, respectivamente, -salvando las distancias que entre una y otra hay referentes al tiempo y a las estrategias propias de cada una de sus épocas- lograron establecer un quiebre en la construcción mojigata de la mujer en nuestra sociedad. Entonces, al parecer, y ligado a ese punto de vista, produzco en algunos de mis lectores una dosis de desconcierto y asombro del tipo ¿será que le ha pasado lo que cuenta? ¿Será inocente o calculada esa ingenuidad de quien se desnuda frente a un monstruo de mil ojos en gran medida desconocido? Resultaría baladí responder a tal interrogante, pero, si de algo sirve, aclaro que todo lo que garabateo bajo mi corriente nombre es intensamente sentido y conscientemente atravesado por la autenticidad. En ella reposan mi dignidad y fortaleza.

Igualmente tengo conocimiento de aquellos lectores a quienes les resulta incomprensible lo que escribo, les asalta la duda y mis crónicas se tornan una suerte de laberinto, acertijo o enigma escurridizo que, por más que lo intenten, no se deja resolver. Tal parece que estuvieran leyendo una obra borgiana distorsionadora de la realidad. A ellos, mis más sinceras disculpas, pero mi intención no es la de crear un mensaje herméticamente cifrado quién sabe con qué enrevesados o sofisticados recursos. Desearía ser comprendida por muchos, aunque sé que este planteamiento es utópico en esencia, por lo tanto, sólo quisiera que estos lectores fortalecieran la imaginación y se dejaran seducir, al menos por un instante, por un uso de la lengua ligeramente distinto al que están habituados.

Por último, dejo a aquellos lectores que se ríen, que se burlan, que me responden el chiste con uno mejor, que se vacilan la parte sin prejuicios, que celebran la carcajada que he decidido instalar frente a lo dramático de la vida porque, de otro modo, no es posible vivirla. Festejo a quienes se dejan arrastrar por la minúscula mentira que decidí inventar ese día, así como a aquellos que me expresan su solidaridad e, incluso, me regalan confesiones graciosas y emotivas dejándome ver que no soy la única que ha recibido "golpes como del odio de Dios". No sé si serán muchos o pocos, pero ellos me permiten entremezclar libremente la vida y la ficción, lo propio y lo ajeno, lo cierto y lo falso. Ellos no creen todo los que les digo, pues yo tampoco digo todo lo que creo. Por ello, parafraseando a Bertolt Brecht, afirmo que, para mí, esos lectores son los imprescindibles. l

rosa_elena_perez@hotmail.com

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso