| Nunca más en Kansas
Una vez que abandonó el refugio
de su hogar en el medio oeste,
lo sucedido transformó a un prometedor joven caballero en
un asesino a destajo. Max Haines
Mark
Essex fue criado dentro de un hogar modelo en Emporia, Kansas. Desde
el momento en que se enlistó en la Marina de Estados Unidos
en 1969, hasta enero de 1973, algo transformó a Essex en
un asesino imparable.
Mientras estaba en la Marina, Mark completó
exitosamente un curso de tres meses como asistente odontológico.
El joven negro de 21 años, con un historial sólido,
quería, en un futuro, convertirse en dentista.
Pero la Marina le trajo muchas sorpresas a
Mark. Estaba muy desacostumbrado a los prejuicios raciales y estaba
pésimamente preparado para aguantar las pequeñas indignidades
que le hacían pasar los marineros blancos. Mark pronto descubrió
que se relegaba a los negros para llevar a cabo las tareas de mal
gusto. Los soldados blancos trataban a los negros como inferiores.
En 1970, Mark no pudo aguantar durante más
tiempo la discriminación y el comportamiento abusivo. Abandonó
la armada sin hacerlo oficial y volvió a Emporia. El joven
que regresó con sus padres era un individuo bastante amargado.
El mundo fuera de su refugio hogareño del medio oeste no
fue el que él se había imaginado. Con la ayuda de
un predicador, sus padres pudieron convencer a Mark para que volviera
voluntariamente a la Marina tras haber estado un mes en casa.
La corte marcial ordenó su confinamiento
en la base naval durante un mes y le sentenció a pagar 90
dólares por dos meses.
El juicio de Mark en la corte marcial se basaba
en dos temas sobresalientes: la habilidad superior de Mark con respecto
a su trabajo dental y la cantidad de abuso que había recibido
en el servicio militar. Sin embargo, el castigo destruyó
a Mark y reforzó su ya profunda creencia de que todos los
blancos eran enemigos naturales de los negros.
Una vez que abandonó la Marina, Mark
retornó de nuevo a su pueblo, donde se quedó con sus
padres hasta 1972.
Hizo varios viajes a Nueva York antes de trasladarse
a Nueva Orleáns. Mientras estaba en Nueva York, Mark consiguió
una mágnum calibre 44 y un revólver Colt calibre 38.
En Nueva Orleáns tomó un curso para aprender a reparar
máquinas vendedoras.
En cierta forma, el chico era un alma solitaria
hasta el 16 de noviembre de 1972. Ese fue el día en que una
manifestación en la universidad de Baton Rouge culminaba
con dos alumnos negros muertos al recibir disparos de la policía.
El incidente de Baton Rouge comprometió a Mark a tomar una
serie de acciones de las que no había camino posible de vuelta.
Escribió a su padres, afirmando su
compromiso con la causa de los hombres negros en América,
e, incluso, decoró las paredes de su habitación con
pósters raciales.
En la víspera de año nuevo de 1972, Mark se situó
secretamente enfrente de la comisaría policial de Nueva Orleáns
en Central Lockup y abrió fuego con su mágnum 44 semiautomática.
Un tiro alcanzó, directamente en el pecho, a un cadete de
policía de 19 años: Al Harrell. El joven murió
en el acto. Irónicamente, Harrell era uno de los pocos cadetes
de las fuerzas policiales de Nueva Orleáns que era negro.
La misma bala que salió del cuerpo de Harrell hirió
al teniente Horace Pérez en el tobillo. En unos minutos,
cientos de policías buscaban al misterioso francotirador.
A unas cuantas cuadras del edificio de Central
Lockup, dos policías estaban investigando una alarma que
se había disparado en las oficinas de un edificio de una
fábrica. La policía desconocía que Mark Essex
estaba escondido en una de las oficinas. Se oyó un disparo.
Un policía, Edwi Hosli, cayó al suelo. Dos meses más
tarde, moriría. Treinta y cinco oficiales de policía
rodearon la fábrica. Los tiros agujerearon las paredes, pero
una vez más el tirador se pudo escapar. Esta vez la policía
encontró manchas de sangre, indicando que su presa había
resultado herida.
La policía siguió al disparador. No era difícil.
Dejó huellas de balas, como si estuviera invitando a la policía
a seguirle. La pista les llevó a la Primera Iglesia Baptista
de St. Mark. Sin embargo, evitando tener otro tiroteo, la policía
se retiró de la zona. Una vez más, el disparador había
eludido su captura.
Pasó una semana. El 7 de enero, Mark
entró en una tienda y le disparó en el pecho al encargado,
Joe Perniciaro. Después, salió corriendo de la tienda
y paró un coche. Se dirigió, entonces, hasta el hotel
Howard Johnson en el centro de Nueva Orleáns.
Mark se dirigió al piso 18 por la escalera de incendios antes
de entrar en el hotel. Llevaba su rifle con él. Al pasar
a tres empleados negros les hizo este comentario: “No se preocupen
que no voy a hacer daño a ningún negro. Quiero blancos”.
El doctor Robert Steagall tuvo la mala suerte
de cruzarse en el camino de Mark. El fugitivo le disparó
en el pecho y en el brazo. Betty Steagall se arrodilló a
atender a su marido. Mientras se arrodillaba, Mark le disparó
en la cabeza. Después entró en la habitación
de los Steagall y prendió fuego a las cortinas.
Mark se dirigió al piso 11, donde se
encontró con el botones Donald Roberts y un gerente de la
oficina, Frank Schneider. Los dos hombres echaron un vistazo y empezaron
a correr para salvar sus vidas. Las balas rebotaban en las paredes.
Una alcanzó a Frank Schneider .
El tirador disparaba a aquel que se encontraba.
El gerente general, Walter Collins, acompañado por el conserje
Lucino Llovett, fue a buscar al tirador. Le encontraron en el piso
10. Collins resultó herido en la espalda.
Mientras tanto, según progresaba la
matanza, alguien llamó a la policía, que llegó
al mismo tiempo que los bomberos. Se puso una escalera afuera del
edificio. El teniente Tim Ursin estaba subiendo por la escalera
cuando Mark le vio. Disparó un tiro que llegó al brazo
izquierdo de Ursin. La herida era lo suficientemente seria como
para amputar el brazo más tarde.
Uno puede imaginar el caos que el tiroteo
causó en un hotel tan grande. Los clientes gritaban corriendo
para salvar sus vidas. De vez en cuando, la policía disparaba
a algún objeto que se movía en los pisos superiores.
El número de policías llegó a sobrepasar los
600 rodeando el edificio. Mark seguía moviéndose,
prendiendo fuego en las habitaciones, mientras el caos se extendía
por todo el hotel. Los bomberos que intentaban combatir las llamas,
temían por sus vidas; no sólo por el tirador, sino
también por los tiros indiscriminados de la policía.
Varios hombres resultaron heridos por el asesino.
El patrullero Charles Arnold abrió una ventana del edificio
que quedaba enfrente del hotel. Cuando hacía eso, una bala
le estalló en la cara. Robert Beamish, un cliente del hotel,
resultó con un disparo en el estómago. El oficial
Kenneth Solis recibió un disparo en el hombro. Cuando el
sargento Emanuel Palmisano acudió a ayudar a Solis, fue alcanzado
por una bala en la espalda. El patrullero Paul Persigo no tuvo tanta
suerte. El homicida le disparó causándole la muerte.
El extraño suceso que se estaba dando
en Nueva Orleáns tomó un aura irreal. Civiles armados
se unieron a la ya numerosa multitud que miraba hacia arriba del
ardiente Howard Johnson. Muchos gritaban animando al tirador.
Finalmente, la policía avanzaba hacia
la parte alta del hotel, pero no sin pagar un alto precio. Al superintendente
Louis Sirgo le dispararon y murió en el piso 16. El tirador
se retiró hacia el tejado. El primer policía que llegó
al tejado fue el oficial Larry Arthur. Recibió un disparo
en el abdomen, mientras el asesino gritaba: “¡Africa
libre! ¡Subid, cerdos!”.
Se lanzaron gases lacrimógenos hacia
el tejado, pero sin efecto alguno. Para provocar a la policía,
Mark gritó: “Todavía estoy aquí, cerdos”.
Se
trajo un helicóptero para atrapar al tirador. Increíblemente,
el fuego de Mark apartó al helicóptero en sus primeras
pasadas. Entonces se usó un helicóptero armado que
llevaba a dos marines tiradores especializados y tres policías.
Los tiradores especializados desparramaron tiros por todo el tejado.
Algunas balas casi matan a algunos policías que estaban escondidos
en las escaleras y tras las chimeneas. Nueve policías resultaron
heridos por las balas de sus compañeros.
La noche caía sobre Nueva Orleáns.
El helicóptero armado, con sus francotiradores, hizo uno
y otro pase sobre el solitario homicida. Una bala hirió a
Mark, quien salió de su escondite y atacó al helicóptero,
disparando desde las calderas. Las balas inundaron el cuerpo de
Mark, desde el helicóptero, desde el tejado, desde las escaleras.
Al final, se encontraron más de 200
agujeros en la masa corporal que una vez fue Mark Essex. El ataque
dejó tras él nueve muertos y diez heridos. El cuerpo
de Mark Essex fue devuelto a Emporia, Kansas, donde fue enterrado
en una tumba anónima. l
Ilustraciones: David Márquez
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