Acoge a un
chiquitico
en casa
La Fundación Amigos del Niño que Amerita Protección (Fundana) ha puesto en marcha un nuevo proyecto que ayudará a que un mayor número de niños en situación de abandono goce de los beneficios de tener un hogar. Sepa en qué consiste el programa de colocación familiar y conozca algunas experiencias de padres que decidieron sumarse a esta noble iniciativa. María de los Angeles Herrera / Fotos: Natalia Brand
Ricardo fue abandonado en un parque cuando sólo tenía un añito y desde entonces ha permanecido en las Villas de los Chiquiticos, un refugio de Fundana para niños que —como él— no cuentan con la protección y el amor de sus parientes. Los esfuerzos realizados para encontrar a un miembro de su familia biológica que pueda encargarse de su cuidado han sido inútiles, pero aún no está descartada la posibilidad de que alguien aparezca. Aunque técnicamente Ricky puede ser adoptado, sus inciertas condiciones legales impiden que se lleve a cabo el proceso, al menos, por ahora… Hace poco tiempo que se implantó un programa para darle solución a casos como éste, gracias a la participación de familias sustitutas interesadas en albergar a un pequeño por un tiempo determinado. Si bien muchos lo hacen con miras a agilizar los procesos de adopción, hay quienes sólo desean poner su granito de arena para que estos niños tengan mayores oportunidades.
La figura del acogimiento familiar apareció por primera vez hace cinco años dentro de la Ley Orgánica para la Protección del Niño y del Adolescente (LOPNA), como una medida legal que le ofrece al niño en situación de abandono la posibilidad de sentir la calidez de un hogar de forma temporal, mientras se presentan las condiciones para que pueda regresar al seno de su familia biológica o bien hasta que se compruebe que no existe nadie que pueda encargarse de él y se proceda a la adopción, proceso en el cual la primera opción —como es natural— corresponde a la familia de acogida que ha logrado establecer un fuerte vínculo con el infante que está provisionalmente bajo su tutela.
Instrumento necesario
Las Villas de los Chiquiticos de Fundana albergan alrededor de 120 niños que no superan los seis años de edad. Elsa Levy, presidenta y fundadora de la institución, aclara que muchos de ellos son considerados “de alto riesgo, porque han sido víctimas de maltrato, abandono, abuso o negligencia por parte de su familia”. Al ingresar, los infantes son colocados en una villa que cuenta con una madrina y una tía, encargadas del cuidado diario del menor y de la supervisión de todas sus actividades, incluyendo la revisión de sus deberes escolares, pues todos los pequeños asisten regularmente a los diferentes colegios ubicados en la zona. Aunque la intención es brindarles el “ambiente más hogareño posible —afirma—, hay bebés que requieren de una atención más individualizada y estar dentro de una familia, debido a que han estado en Fundana por un período demasiado largo. Esos son los niños que nosotros proponemos para ir en una colocación”.
Dentro del programa de colocación familiar sólo hay niños que tienen entre uno y seis años de edad y que han permanecido durante, al menos, un año dentro de la institución, debido a que ese es —en promedio— el tiempo necesario para descartar la existencia de cualquier persona de la familia que pudiera asumir su crianza, incluso de lo que se conoce como familia extendida, donde se incluye a los parientes directos, hasta el cuarto grado de consanguinidad. Según explica Levy, Fundana trata de postular únicamente a los niños que, a la larga, tienen mayores probabilidades de terminar en un proceso de adopción. Por otra parte, la institución exige numerosos requisitos a quienes aspiran a formar parte del proceso, manteniendo los mismos estándares solicitados por el Consejo Nacional de los Derechos del Niño y del Adolescente, lo cual aumenta las posibilidades de que, a futuro, se logre llevar a cabo la adopción.
Esta fundación cuenta con infantes en solitario o grupos de hermanos que tienen necesidades especiales, no sólo por la situación de abandono a la que estuvieron sometidos y por la incertidumbre de si lograrán ingresar a una familia, sino porque existen pequeños que han desarrollado enfermedades cardíacas y respiratorias, déficit de atención o trastornos de conducta e, incluso, hay algunos que poseen discapacidades que limitan sus actividades cotidianas, por lo cual requieren un nivel de dedicación que sería difícil de lograr dentro de la institución.
Formalizar lo común
Debido a que el programa lleva poco tiempo de haber sido implantado, sólo 20 familias —hasta la fecha— han podido participar. Elsa Levy explica que “existen tres motivaciones por las cuales la gente se suma a este programa: la primera puede ser una pareja infértil que desea tener un niño en su hogar, a sabiendas de que su llegada es temporal —aunque podría ser definitiva—. La segunda es gente que desea hacer una misión social, que quiere ayudar y dejar al mundo mejor que como lo encontró y por eso busca recibir un niño en su casa, ayudarlo, protegerlo… Y también están los grupos familiares que tuvieron hijos biológicos, pero que ya no viven con ellos y tienen lo que se llama el nido vacío; sienten que ya han ejercitado ese rol de madre y de padre y quieren recibir a un niño para completarse otra vez como familia”.
Pero postularse y tener la motivación no significa, necesariamente, ser considerado como un candidato idóneo para el programa de colocación familiar. Además de consignar documentos que certifiquen su posición económica y social, y una carta que dé cuenta del origen de la decisión, las personas interesadas —individuos o parejas— deben tener una edad comprendida entre 25 y 55 años, deben ser venezolanos y estar residenciados en el país, y tener la disposición para someterse a una evaluación psicológica y para recibir una visita domiciliaria que garantice que el hogar cuenta con las condiciones necesarias. “Esto no significa —aclara Levy— disponer de un lugar lujoso, sino que se tenga una vivienda que reúna las condiciones de seguridad indispensables, que no tenga un balcón bajito sin rejas, por ejemplo. Cualquier familia de clase media, alta o baja puede participar en el programa”.
Una vez que la persona resulta escogida se inicia el proceso de acercamiento al infante, que ha sido seleccionado previamente por la directiva de Fundana, según sus características y requerimientos particulares.
En caso de que la persona desee continuar con el programa se desarrolla un proceso de emparentamiento que le permitirá estrechar lazos con el pequeño. Al principio, deberán hacerlo dentro de la institución, hasta que la relación se vaya fortaleciendo y el niño esté listo para realizar salidas puntuales y pernoctas, para luego abandonar la institución, con el permiso legal correspondiente. En este sentido, Elsa Levy explica que “la motivación debe estar muy clara, porque este es un proceso que resulta maravilloso para el niño y para la familia, pero los tres primeros meses implica la adaptación de las dos partes. Es un proceso que requiere mucho compromiso, responsabilidad, paciencia y constancia. ”. l
Dar y recibir
“La familia de acogida es aquella que confía más en lo que puede
enseñar, en los valores que puede dar y en la autoestima que puede
tener el niño que en la carga hereditaria que éste pueda traer”.
He aquí los casos excepcionales de dos padres que decidieron prestar su hogar y abrirse a esta noble experiencia sin esperar nada a cambio.
Contra todos los pronósticos
Lenín Molina tiene 63 años y hace 38 que permanece en una silla de ruedas como consecuencia de un accidente que lo dejó parapléjico. Desde entonces emprendió una lucha por mejorar las condiciones de los discapacitados en el país, desde la presidencia del Consejo Nacional para la Integración de Personas con Discapacidad (Conapi), al tiempo que se desempeñaba como docente en la Universidad Central de Venezuela (UCV).
Cerca de dos años han transcurrido desde que Molina y su pareja, Nilka Calderón, comenzaron a ver la adopción como una salida ante la imposibilidad de procrear. Explica el profesor que tras una visita al Consejo Nacional de Derechos del Niño y el Adolescente “surgió la posibilidad de ver a una niña de cinco años con discapacidad auditiva y pensamos que era un reto grande, conociendo las características y las cualidades que podía tener un niño sordo de esa edad. En el primer abordaje nos preocupamos por ‘oralizarla’, porque pudiera comunicarse con los otros sin mayor dificultad. Sentimos que sí podíamos manejarlo”.
De inmediato surgió empatía entre ellos, comenta Molina, al tiempo que comparte las cualidades que le hicieron decidir: “Nos cayó bien porque era una niñita simpática, bonita, alegre, que compartía con sus amiguitos. Ella vivía en la Villa Confianza y ese mismo día llevó a Nilka para que conociera su casa. Nunca estableció ninguna barrera y fue fácil porque le comprendíamos las señas con las cuales se estaba comunicando”.
Poco tiempo después, Nilka y Lenín manifestaron su interés no sólo en adoptarla sino de llevarla a terapia de lenguaje para fomentar su aprendizaje oral. En medio de los traslados a las clases, la pareja se encariñó con la niña y cuando menos lo esperaban se encontraban preparando una reunión familiar para presentarla a la familia: “El proceso fue maravilloso. Pedimos que nos dieran permiso para tenerla en Navidad —explica Molina—, porque ellos acostumbran que los niños salgan en esa fecha. Sofía fue el centro de atención de todo el mundo por su comportamiento alegre y amistoso. La receptividad de la familia fue extraordinaria, fueron muy comprensivos y de una vez volcaron su afecto hacia ella”.
Cuatro meses transcurrieron entre el inició de los trámites y la entrega de la pequeña, pero la espera parece haber valido la pena. “Sofía ha llenado nuestra casa, se ha convertido en el centro de nuestras actividades y nos ha cambiado la vida por completo. Ya no sólo estamos atendiendo sus relaciones con otros niños, sino que estamos participando en actividades sociales como consecuencia de su existencia. Ha sido un proceso de enamoramiento mutuo. Ella comparte muchas cosas, como una niña normal de su edad, se baña con la mamá, tiene su cuarto aparte, se viste sola y tiene muy buen comportamiento familiar. A mí me ayuda y me atiende, porque ella sabe que yo no puedo recoger las cosas del suelo”.
Cuestión de feeling
En junio de 2005, Jaime Meléndez y su esposa Luisa se unieron al voluntariado de Fundana y desde el primer momento en que vieron a Diego sintieron una gran afinidad hacia él. Pese a que ya pasaban de los 50 y tenían tres hijos, se animaron a formar parte del programa de colocación familiar porque deseaban brindarle al pequeño nuevas oportunidades, aunque fuese de manera temporal.
Tomar la decisión no resultó tan complicado, pero al conocer el historial médico del niño ambos se preocuparon, debido a la cantidad de problemas que había tenido que afrontar Diego desde su nacimiento, entre ellos un parto prematuro, neumonías, infecciones de las vías respiratorias, crisis asmáticas y nebulizaciones periódicas. El haber superado todas esas enfermedades es un indicativo de sus ganas de vivir y pese a que permanece aún por debajo del peso y de la talla normales para su edad, los Meléndez esperan que la deficiencia se solvente de manera gradual.
Pero no todos le apostaron a esta relación afectiva. Algunos comentarios que recibieron dan cuenta del temor generalizado ante la evolución física e intelectual de un infante con un pasado genético desconocido: “Mucha gente te pregunta ‘y qué vas a hacer si te sale con una tara’ —comenta Meléndez—, y es allí cuando pienso que si yo tengo un hijo natural, por qué no puede nacer con esas mismas condiciones. Lo importante, en el caso de estos niños, es que no se les tenga lástima, sino que se les dé la oportunidad de crecer en el seno de una familia”.
Luego de entregar numerosos documentos y de aprobar los exámenes físicos y psicológicos para calificar como familia de acogida, Jaime y Luisa comenzaron el emparentamiento, proceso que duró alrededor de tres meses y que —como era de esperarse— les permitió crear un estrecho vínculo con el bebé. Ahora, seis meses después de la entrega de Diego, dan cuenta de los cambios que su llegada ha implicado: además de la alegría de tener a un pequeño en casa; sus tres hijos —lejos de sentir celos— han desarrollado fuertes lazos con él, al punto de que todos se turnan para cuidarlo y sacarlo a pasear. El apoyo de la familia, amigos y vecinos también ha sido un elemento gratificante: “Hay una solidaridad muy grande. Ningún hijo mío recibió tantos regalos como recibió él en diciembre (risas). Los vecinos nos apoyan mucho y lo ven a uno como un héroe, pero es sólo una forma de dar tu aporte como ciudadano”.
“Quizá la parte más difícil —a juicio de Meléndez— ha sido la decisión de los tribunales. Nosotros, tuvimos unas condiciones extraordinarias porque se estaban mudando de sede, entonces el proceso tardó mucho más”. Por otra parte, también es difícil “pensar que después que adquieres un vínculo tan fuerte con un niño, éste pueda desaparecer”. En contraparte, la “sola cara de felicidad que muestra el niño después de que está en la familia, va a pagar todo el esfuerzo que se hizo”. |
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Lo mejor y lo peor
Cuando se asume la responsabilidad de darle albergue a un niño que no forma parte de la familia surgen muchas interrogantes, especialmente si se desconoce el período de tiempo durante el cual el pequeño residirá en el hogar sustituto. Elsa Levy, presidenta de Fundana, explica que lo más duro de ser una familia de acogida es “el manejo de la incertidumbre: desde que te postulas y eres considerado idóneo hasta que llega el niño hay una incertidumbre respecto al tiempo que durará el proceso, también respecto a las condiciones del niño —pues no se sabe ni la edad ni cómo será físicamente, aunque se trata que sea lo más acorde a la petición de la familia—. Una vez que lo reciben hay incertidumbre respecto a cuánto tiempo va a permanecer en el hogar. Nosotros le recomendamos a estas personas que vayan administrando realidades, que manejen cada problema cuando se vaya presentando, porque así es mucho más fácil”.
Frente a esos temores, acoger a un niño que ha sido abandonado supone una cantidad increíble de gratificaciones personales e, incluso, sociales. Además de la certeza de que se está colaborando para que estos pequeños puedan tener un futuro lleno de oportunidades.
Donde acudir
Quienes tienen la inquietud de convertirse en una familia de acogida o desean sumarse al voluntariado de Fundana pueden comunicarse con esta institución a través de los teléfonos 992.1174 y 6832 o acudir directamente a la Calle Santa Cruz, casa Los Chiquiticos IV, en la Urbanización Chuao.
Para mayor información sobre los distintos programas que poseen puede visitar la página web www.fundana.org o escribir al correo electrónico grandesychiquiticos@hotmail.com. |
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