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Dan McFarland creyó que la oficina del periódico era el lugar ideal para deshacerse
de un enemigo.
Max Haines
El edificio de un periódico no es una escena del crimen muy común, pero se han visto casos.
Dan McFarland era uno de esos extraños individuos que creía que la redacción de un diario era el lugar ideal para deshacerse de un enemigo.
En 1848 asistía a la Universidad de Dartmouth, donde estudiaba Química. En su último año se inscribió también en Derecho y más tarde fue admitido por el cuerpo de abogados de Massachussets. Sin asentarse en ninguna ocupación, Dan se movió por toda Nueva Inglaterra. En estos andares conoció a Abby Sage, una chica de Lowell, Massachussets.
Abby era hermosa y tenía una figura despampanante. No le digan a nadie, pero sólo tenía 14 añitos. Dan se imaginó en lo que se convertiría la muchacha cuando se hiciera mayor.
Cinco años después de su primer encuentro, Dan, con 37 años, volvió a Lowell y se casó con Abby Sage. En los años anteriores, Abby se había convertido en algo así como una escritora. Escribía poesía e historias cortas en los periódicos y revistas a la par que enseñaba en la escuela de Manchester, New Hampshire.
Abby abandonó todo. Dan le dijo que tenía una prometedora carrera de abogado en Madison, Wisconsin. Los recién casados pasaron su luna de miel viajando a Madison. En el camino, Dan le reveló a su esposa las sorprendentes noticias: no sólo no tenía el título de abogado, sino que, además, estaba sin un peso.
En dos meses los McFarland se habían marchado de Madison y se habían ido a Nueva York, donde Abby intentó recoger las piezas de su vida interrumpida. No sólo escribió, sino que se convirtió en una conferencista exitosa. Como resultado de sus escritos y conferencias se hizo amiga de Horace Greely, editor del New York Tribune. Todos recuerdan al señor Greely como un caballero que aconsejaba a los jóvenes que se fueran hacia el oeste en busca de fama y fortuna.
Mientras Abby ascendía en la escalera del éxito, Dan ponía su pie en uno de los peldaños más bajos. Empinó el codo con ahínco, y por el resto de su vida se convirtió en un alcohólico empedernido. Algunos de los amigos de Abby le consiguieron un trabajo en la oficina de impuestos. Durante este período bastante turbulento, Abby dio a luz a dos niños, Dan y Percy.
Las cosas fueron de mal en peor. Dan se bebía cada centavo que él y Abby ganaban. También se divertía durante las veladas nocturnas golpeando a Abby en la cabeza y en el pecho. En este momento tan vulnerable, Abby conoció a Albert D. Richardson.
Al era todo lo que Dan no era. Un autor famoso, distinguido columnista del Tribune, que casaba perfectamente con la amistad de Greely y otros empleados del diario. Al, quien tenía una barba rubia lujuriosa, era un hombre guapo. Más importante, tenía unos treinta años.
Abby y Al se hicieron amigos muy cercanos. A pesar de lo que se pudiera pensar, no se pudo encontrar nada que indicara que su relación era más que amistosa. Al conocía la atroz vida familiar de Abby e hizo todo lo que pudo para ayudarla en su carrera literaria. Muchos de los artículos de ella aparecieron en revistas prestigiosas, en parte como resultado de su influencia.
En 1867, a pesar de su éxito, Abby tenía dificultades consiguiendo alimento para ella y sus dos hijos así como la bebida para su marido Dan. Los McFarland vivían apiñados en dos habitaciones en el 72 de Amity St. Ahí es cuando la historia se hace densa. Al alquiló un cuarto en el mismo edificio, justo al lado de los McFarland.
No era culpa de Abby ni de Al. Todavía eran sólo buenos amigos, pero Al, secretamente, estaba enamorado de Abby. Dan, en medio de sus episodios de borrachera, estaba loco de celos. Pasaba gran parte del día en la oficina de impuestos, sabiendo que Abby y Al se consultaban el uno al otro sus esfuerzos literarios durante sus ausencias.
Una mañana, tras una horrenda pelea, Abby empaquetó todo y se fue con sus hijos abandonando a su esposo para siempre. Sus amigos del Tribune la acogieron. Incluso Al habló con Dan y le dijo que su mujer le había abandonado tras diez años de abusos. Dan pareció tomarse las noticias con calma.
Ahora Al Richardson sintió que podía divulgar sus verdaderos sentimientos. Tras admirar y amar a Abby durante tanto tiempo, finalmente le contó lo de su verdadero amor, sugiriéndole que se divorciara de Dan y se casara con él. Abby no era adversa a la idea, pero debemos recordar que el divorcio en aquellos días era visto de una manera muy diferente a la de hoy. Abby pidió tiempo para evaluar su situación. Mientras tanto, Dan se fue de los cuartos de Amity St. y Abby y sus dos hijos regresaron allí.
En unos cuantos meses, Dan inició los procedimientos para ganar la custodia de sus dos hijos. Se llegó a un acuerdo. Percy, el hijo mayor, fue a vivir con su padre, mientras que Dan Jr. se quedaría con su madre. Abby le haría visitas periódicas a Percy.
El arreglo no funcionó muy bien. Dan arrastraba a Percy de cuarto en cuarto y de bar en bar. Cuando Abby escuchó el tipo de vida que llevaba su hijo, se decidió a pedir el divorcio, nada fácil en 1868. Fue necesario que Abby se trasladara a vivir a Indiana, un estado con leyes de divorcio mucho más liberales.
De vuelta en Nueva York, Dan presentó una denuncia civil contra Al por alienar el afecto de Abby. Fijó el precio del afecto de Abby en 40.000 dólares.
Abby logró el divorcio y regresó a Nueva York el 31 de octubre de 1869. Dan McFarland se hundió en el alcoholismo. Si ya antes estaba bebiendo bastante, ahora tenía una botella prácticamente pegada a sus labios.
Después sucedió lo inesperado. El 25 de noviembre, Dan entró en el edificio del Tribune, calmadamente se aproximó a Al Richardson y le disparó en el estómago. Al cayó al suelo. Sangrando abundantemente, pudo gatear dos plantas hasta llegar a la redacción.
Dan salió del edificio rápidamente, anduvo por Center St. y entró en un restaurante. Hambriento tras su trabajo sucio, se sentó y comió un sándwich. Después se registró en un hotel cercano. A las 10 de la noche, la policía le detuvo.
Al también pudo salir del edificio del Tribune, pero había una diferencia: fue trasladado en una camilla al otro lado de la calle, donde ocupaba la habitación 115 de una clínica. Los médicos lucharon por salvar su vida. La policía llevó a Dan a la clínica para que Al confirmara que era su atacante.
Abby visitó a Al y los dos decidieron casarse, sabiendo perfectamente que él podría no sobrevivir. Al quería que Abby obtuviera su nombre y sus posesiones terrenales. El 30 de noviembre, Al y Abby se casaron. Dos días más tarde, él murió. Dan McFarland fue acusado del asesinato de Al.
El juicio que siguió fue la sensación del momento. Dan, quien presumiblemente se mantuvo abstemio para su juicio, fue retratado como un hombre llevado a la locura por Al Richardson. Al fue pintado como un zorro astuto que había confundido a su dedicada esposa y a sus hijos.
Abby recibió la peor parte. Palabras tales como prostituta o adúltera fueron barajadas contra ella. Nadie dudaba ni por un minuto que Dan McFarland había disparado a Al Richardson, pero la moralidad se convirtió en el tema principal.
Los procedimientos duraron cinco semanas. El jurado sólo tardó una hora y cincuenta minutos para declarar al acusado inocente. Mientras el veredicto hoy en día no estaría bien visto entre nosotros, en aquel momento fue recibido felizmente ya que ¿quién puede creer que no existía un núcleo más sagrado que la unidad familiar? l
Ilustraciones: David Márquez |