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Mundos de fantasía
Diego Heller

La Tierra de Oz, Liliput, Villings, Yoknapatawpha, Santa María, Macondo, Cacodelphia, la Tierra Media... Un recorrido por mundos, regiones y ciudades que jamás aparecerán en los globos terráqueos.

Las sirenas existen, y viven en una isla del Mediterráneo. Muchos creen que son una leyenda y se encargan de mostrar imágenes satelitales y demás artilugios para demostrarlo. No importa. Si Homero, Apolonio de Rodas y James Joyce -gente culta, que ha vivido en siglos y países distintos- dicen que las vieron, más vale creerles. Total, siempre es bueno recordar que los escépticos no hacen la historia. Sí, todavía hay gente obtusa que duda de la existencia de la Atlántida y no atiende razones cuando uno le explica que Platón la describió con detalle. Incluso, créase o no, se han visto padres que hablaban muy bien del País de las Maravillas frente a sus hijos y luego, tras el beso de las buenas noches, le decían a su mujer: "¡Qué imaginación la de este Lewis Carroll, crear un mundo tan completo para esa Alicia!". Bueno, ellos se lo pierden. Para los demás, para aquellos que creen que el universo no está completo si no contiene todo lo que merecería ser cierto, aquí va un desordenado e incompleto atlas de lugares que no figuran en ningún mapa de los que se calcan en la escuela.
De no ser porque un hombre llegó a la Tierra de Oz montado en un globo aerostático y se proclamó mago, nada se sabría de este maravilloso mundo. Frank Baum, escritor que dedicó su vida a recopilar todo sobre estos lejanos parajes, advierte que llegar a esta comunidad formada por cuatro países no es nada fácil. Pero el esfuerzo vale la pena. En Oz, que es gobernado por la princesa Ozna -o un espantapájaros-, no existen ni la pobreza ni la muerte ni el dinero. Dorothy Gale, una chica que fue depositada allí por un ciclón junto a su perro Toto -¿se acuerdan de El mago de Oz, la película protagonizada por Judy Garland?-, mató a la Bruja del Este, el ser que aterrorizaba a los habitantes del reino, que desde entonces vive en paz.
Lejísimo de Oz, en otra zona del globo o en otro universo, las Montañas Nubladas son una cicatriz que parte en dos a la Tierra Media, una región bañada por el mar de Belegaer y lindante con el intransitable Desierto del Norte. Gracias a los buenos oficios de J.R.R. Tolkien -autor y cartógrafo de El señor de los anillos-, se sabe que estos parajes fueron habitados por razas varias: elfos, hombres, orcos y hobbits, entre otras. A través de la enciclopédica obra de Tolkien, fue posible reconstruir la historia de una Tierra Media que no ganó para sustos durante sus cuatro eras. Por siglos, el malvado Sauron pretendió someter a todos los habitantes de la región, y sólo le faltaba hacerse con el Anillo Unico para lograrlo. Por suerte, las huestes del bien sobrevivieron a mil peligros y llevaron el poderoso anillo al Monte del Destino, donde al fin pudieron destruirlo.
Otra aventura apasionante fue la que vivió el cirujano Lamuel Gulliver en 1699, cuando naufragó en las costas de una isla ubicada en el Indico, al suroeste de Sumatra. Jonathan Swift, quien supo recopilar todos los viajes del errabundo cirujano, escribió en Viajes de Gulliver que Liliput -así llamaban a la isla sus habitantes- no tenía nada fuera de lo común, salvo que los liliputienses más altos medían 15 centímetros. Cercada por una muralla altísima -80 cm-, la capital Mildendo albergaba quinientas mil almitas y el palacio imperial. A raíz de una disputa sobre cómo se deben cascar los huevos, la isla vecina de Blefuscu se transformó en la enemiga de los liliputienses, que ya estaban divididos en dos facciones políticas. Gulliver, que fue rebautizado como Hombre Montaña, recuerda que en todos lados se cuecen habas y asegura que vale la pena visitar Liliput. Eso sí, recomienda tener cuidado al pisar, cosa de no cometer homicidios culposos.

ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS
LA DIVINA COMEDIA
EL MAGO DE OZ
EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

La región de los Mlch, descrita con ojos de antropólogo por el misionero David Brodie -fuente a la que accedió Jorge Luis Borges, autor de El informe Brodie-, queda en Africa. El problema es que nadie sabe en qué lugar del continente. Cuenta Borges que el buen Brodie intimó con varias tribus primitivas: los Mlch, los Nr, los Kroo. Estas etnias, que no conocen las vocales, viven bajo el mando de un grupo de hechiceros sin manos, pies ni ojos, que aceptaron gustosos la mutilación para no distraerse con pequeñeces materiales. Experto en lugares ficticios, Borges no se limitó a situarlos en Africa. A su genio se debe la creación de la Biblioteca de Babel, tan infinita que muchos suponen que se trata del mismísimo universo. Si pudieran recorrer sus interminables galerías (organizadas en anaqueles que contienen 32 libros de 410 páginas), los bibliotecarios dispondrían de todo lo que puede expresarse en todos los idiomas conocidos y por conocer. Claro, la tarea les llevaría la eternidad.
Un íntimo de Borges, Adolfo Bioy Casares, contó la historia de Villings, una de las tantas islas misteriosas de esa sopa de letras llamada Literatura. Decía Bioy que en la década de los cuarenta, desoyendo los augurios de un comerciante de alfombras que le advertía que la isla mataba a quien la pisara, un fugitivo llegó a Villings. Según el diario de este aventurero -citado por Bioy en La invención de Morel-, en la isla sólo vio ruinas. Por un tiempo, creyó estar solo. Hasta que, de improviso, el lugar se llenó de veraneantes que paseaban, bailaban y lo ignoraban. Días y noches pasó el hombre observando la procesión. No pudo evitar enamorarse de Faustine, la más bella de las mujeres del grupo, pero ella también lo ignoró. El fugitivo sufrió y sufrió su amor no correspondido, hasta que cayó en la cuenta de que todas esas figuras espectrales eran emitidas por una máquina capaz de producir una realidad virtual. Dice Bioy que el fugitivo parece haberse sumado a la comparsa de espectros, pero nadie pudo comprobarlo. Será porque el Pacífico asusta con su vastedad y Villings supo pasar inadvertida. O porque la gente que visita la isla no vive para recordarlo.
Se dice que Dante Alighieri conoció el infierno y sí volvió para contarlo. Fanfarroneaba con que había visitado esos abismos el Viernes Santo del año 1300, y ha de ser cierto. ¿Cómo explicar sino la profusión de detalles que dejó en esa guía para futuros huéspedes que es la Divina Comedia? "Dejad toda esperanza, vosotros los que entrais", dice el Dante que se lee en la entrada del primer círculo del Averno. Y abunda en las señas particulares de una ciudad, Dite, que ocupa los círculos quinto y sexto. Cuenta que una gorgona, símbolo del terror, custodia la entrada, donde se ven las peores miserias humanas. La puerta, encastrada en una muralla de hierro, da a un lago hediondo que rodea la capital. Allí mora una caterva de orgullosos, herejes y materialistas que jamás fisgonearán el Purgatorio.
A imagen y semejanza del Averno dantesco, Leopoldo Marechal creó Cacodelphia, el reverso infernal de la Buenos Aires metafísica que imaginó en Adán Buenosayres. ¿Quiere conocerla? Busque un ombú en la zona de Saavedra, allí "donde la urbe y el desierto se juntan en un abrazo combativo": un túnel helicoidal lo depositará en la morada de los malos espíritus que patearon las calles porteñas. Como Adán, verá un triste laberinto de materiales en derrota, sentirá el vaho de las cosas muertas antes de nacer. Tal vez el panorama de "fábricas en ruina, chimeneas rotas, rascacielos truncos y palacios desmoronados" le resulte familiar. ¿No será que, sin saberlo, todo porteño vive condenado a deambular por Cacodelphia? Triste destino sería. Pero es preferible a morir en Comala, como le pasó a Pedro Páramo en El llano en llamas. Juan Rulfo -sindicado como fundador de este caserío que nunca se pudo ubicar- decía que era "un pueblo sin ruidos". Que el panorama que vería un improbable visitante desalentaría al más pintado: "casas vacías, puertas desportilladas, invadidas de yerba". Peor final han tenido otras ciudades imaginarias: la extinción, la nada eterna. Le ocurrió a Santa María, alucinada creación del uruguayo Juan Carlos Onetti. Fundada por un Odiseo delirante y rioplatense que se propone tareas como la organización del prostíbulo y la reconstrucción del astillero abandonado, Santa María debutó en La hora breve y sobrevivió unos cuantos libros. A la sombra de sus calles arboladas, Larsen y compañía tramaron empresas imposibles mientras hacían lo suyo por la decadencia de la zona.
Que el fuego, el gran purificador, haya terminado con la ciudad en las páginas de Dejemos hablar al viento es un ejemplo de que la justicia, aun la poética, tarda pero llega. La tropicalísima Macondo, escondida entre una sierra y el mar, con un horizonte que era todo ciénaga, nació de la imaginación de Gabriel García Márquez y fue barrida por la cólera de un huracán en otro acto de justicia. Al cabo, el pueblo de Cien años de soledad, creado por el visionario José Arcadio Buendía, ya no era lo que supo ser. Había crecido: las veinte casas de barro originales habían sido reemplazadas por horrorosas construcciones con techo de cinc. Y, aunque había sorteado una colección de calamidades -una tormenta de cuatro años, once meses y dos días; plagas de insomnio y amnesia-, no pudo soportar males mayores. Entre la llegada de gringos explotadores, otra tanda de lluvias y una sequía mortal, se puso de rodillas a esperar el tiro de remate. No podía ser de otro modo, "pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres".
Años antes de que Santa María y Macondo encontraran a sus demiurgos, William Faulkner creaba otro territorio mágico, el condado de Yoknapatawpha. Espejo apócrifo del sur de EEUU, el condado algodonero fue el cosmos personal del autor de El sonido y la furia. Allí, todos esgrimen la violencia común de los derrotados; todos se mueven al compás de sus instintos; todos creen recordar un pasado glorioso. Quentin Compson y Sartoris, más que personajes, son fantasmas que marchan bajo el sol abrasador. Se relatan historias del lejano paraíso perdido, pero saben que ahora el señorío es de los buitres.
Hay constancia de la existencia de otros muchos mundos. El dorado, Cucaña, Biengoces y miles de reinos inverosímiles. Y no hay que tener título de nobleza alguno para llegar a ellos. Basta con creer. Si no, recuerden el caso de Sancho Panza. Según Miguel de Cervantes, el leal escudero del delirante Quijote acabó sus días como amo y señor de Barataria, "una isla extraordinaria que en lugar de estar rodeada de agua, lo estaba de tierra". ¿Imaginan un lugar mejor?

 

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