 |
|
Cerebro mágico
|
|
La publicidad -esas benditas páginas
que a tantos lectores disgustan, pero sin las cuales no se
habría podido llegar no se diga a los 50, ni siquiera
a los 15-, siempre ha estado presente, en buenas cuotas, en
la revista. Una rápida ojeada revela avisos de marcas
de postín junto a otros de pequeños locales
(restaurantes y dancings). Así, la RCA aprovecha
para promocionar sus televisores de mesa y de consola con
el slogan: "Para hablar la boca, para televisión
RCA Víctor". Los modernos modelos vienen con "cerebro
mágico" y "garganta de oro", denominaciones
utilizadas para las prestaciones de autorregulación
de brillo y contraste y las virtudes sonoras de los aparatos.
Semejantes cualidades elevaban el precio del más costoso
a 2.195 bolívares, pero también se podía
adquirir en cómodas cuotas si se pagaba una inicial
de 219 bolívares (cantidad que incluía instalación,
antena y garantía). Sal de fruta Eno no faltaba, así
como tampoco los pequeños avisos de sitios de moda
como el diner dansant Le Normandy (con la vedette Janine
Toscane), o el restaurante El Conuco, con su parrilla criolla
y arroz con pollo. ¡Qué años los cincuenta!

|
Tatuaje
Mirtha Rivero
Toda mi vida he sido convencional en la
manera de vestirme y adornarme. Sin ser mojigata, dentro de los
parámetros de la moda, moda, dentro de "lo que se usa
y lo que se estila", tiendo hacia lo formal. Puede
ser que un día, viendo una vitrina, me vuelva loca por una
cartera de colores chillones o unos zapatos muy puntiagudos, y llegue
al extremo de comprarlos y de no quitármelos hasta que, literalmente,
se me caigan a pedacitos. Puede ser que pase eso, pero dentro de
mi comportamiento ordinario, esa compra es más que todo una
extravagancia. Un delirio. Un extravío. Y no es que me disguste
el fashion o lo crea superficial. Nada de eso. La explicación
es sencilla, los argumentos son más fútiles: comodidad,
miedo y falta de imaginación. Vistiendo de la manera que
lo hago no tengo que pensar mucho y no me expongo al ridículo.
Por eso mismo, cuando era adolescente, jamás me hubiera perforado
la nariz o tatuado la espalda (¿y no hará daño?)
aunque esa fuera la usanza. Claro está que tampoco lo hubiera
hecho porque había otra razón de peso (de peso pesado)
para no hacerlo: mi mamá no lo hubiera permitido. A pesar
de mis deseos o de lo que dictara la moda, si por alguna casualidad
remota yo hubiera pensado en clavarme un alfiler así fuese
en la nuca -debajo de la mata de pelo-, mi madre me hubiera frenado.
Ipso facto. Con ella no cabían discusiones buscando explicaciones
a su parecer. Era mi mamá, y punto.
Muy distinto ha sido lo que me ha tocado vivir con mi hija. Con
ella, el hecho de que sea su madre no implica mayor ascendiente.
Tengo que demostrarlo. Desde que mi niña cumplió 13
años y hasta los 16, cuando creí encontrar la fórmula
mágica, tuve que razonar todas y cada una de mis negativas
apelando a un arsenal cada vez más sofisticado de alegatos.
Un simple "no" por respuesta, era inaceptable. Debía
sustentar con datos duros el porqué sería riesgoso
abrirse un agujero en la barriga o usar tacones de doce centímetros
cuando apenas se pisa el umbral de la pubertad. Toda impugnación,
todo rechazo debía pasar por el filtro de una polémica
que amenazaba con repetirse. Ni pensar en darla por terminada. Y
esa rutina era válida en cualquier ámbito, se hablara
de decoloración de cabello o del permiso para una fiesta.
Así fue hasta que por pura casualidad hallé una solución
a nuestras discusiones interminables. Un día, harta ya de
argumentar lo peligroso que era saltar bungee, solté
un: ¡No!, y hasta que no seas grande y te gradúes y
trabajes, no lo puedes hacer. Santo remedio. ¡De haberlo sabido
antes! De ahí en adelante no hubo debates estériles,
por lo menos en materia de modas o deportes de alto riesgo. A lo
más que llegaba era a: ¿Y qué te parece un
piercing en la oreja?
Pero los años fueron pasando y la hija se hizo grande. Se
graduó, trabaja y aunque aún no se mantiene del todo
(¿hoy en día, quién puede?), mi argumento ya
caducó. Ya ella no pide permiso. Sólo avisa, y avisó:
el sábado me voy a hacer un tatuaje. ¡Susto! No hay
nada qué hacer.
Parecía que todo estaba perdido cuando, veinticuatro horas
antes de quemarse la piel, mi niña -sí, mi niña
grande- se encontró con Alicia, una amiga mía a quien
ella estima mucho. El caso es que Alicia, que siempre está
a la vanguardia de lo que debe usarse -por lo cual no podría
considerarla conservadora- la confrontó: ¿Estás
segura? Ten en cuenta que un tatuaje es para toda la vida. Cuando
estés vieja y con la piel arrugada, ahí va a estar;
a lo mejor, para entonces, los tatuajes ya no se usarán o
serán de mal gusto. Nada más imagina a tus nietos
burlándose de ti, y diciendo 'qué raya el tatuaje
de abuela, de cuando eran permanentes, qué feo'.
Mi hija se vio en ese espejo, y noté cómo su cara
se arrugó. Creo que hasta le leí el pensamiento: un
corazón sangrante y desleído en el brazo de un marinero
viejo. No quise hacer comentarios, y agradecí en silencio
la intervención de Alicia.
Esa noche dormí en paz, pero al día siguiente cuál
no sería mi sorpresa cuando la vi llegar con un parche en
la parte baja de su espalda. No en el hombro ni en el tobillo; tampoco
en el abdomen -porque tangas se usarán toda la vida-. Para
no correr riesgos con unos descendientes impertinentes, la marca
la llevará en la base de la espina dorsal y es del tamaño
de una moneda de cien. No hay nada qué hacer.
¿Y no te duele?
|