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Once minutos
Max Haines
Ese tiempo bastó para arrasar con una veintena de vidas

George Hennard sabía lo que quería hacer de su vida. Amaba el mar. Inmediatamente después de graduarse en la Escuela Secundaria Mayfield de Las Cruces, Nuevo México, entró en la Marina estadounidense de la que fue despedido honorablemente en 1977 pero, nueves meses después, seguía deseando volver al mar. Entró a formar parte de la Marina Mercante y en 1981 se embarcó en un navío que partía de California.
Las cosas no le fueron bien. Empezó a beber como un cosaco y a fumar marihuana. Poco después de llegar a California, fue arrestado por posesión de marihuana y sentenciado a seis meses de libertad condicional. En 1989, se le encontró con marihuana a bordo del barco y se le retiraron sus credenciales de marino, con lo que concluyó su carrera en el mar.
El padre de George, el doctor George Hennard, cirujano ortopédico del Ejército, metió a su hijo en un costoso centro de desintoxicación en Houston. El doctor Hennard, como la mayoría del personal del Ejército, era trasladado con frecuencia. En 1980, había comprado una impresionante y enorme vivienda en Belton, Texas, a aproximadamente 25 kilómetros al sur de Killeen. Entre sus diversos períodos embarcado, George Jr., siempre había vuelto a la residencia familiar en Belton. Cuando en 1987 sus padres se divorciaron, vivía solo en esa enorme casa.
George no era muy querido en la ciudad. A sus vecinos les parecía colérico y amenazador. Una vecina comunicó a la policía sus temores en varias ocasiones, pero, como no había cometido ningún delito, poco se pudo hacer.
George, un alma solitaria desde la escuela secundaria, tenía entonces 35 años y la rabia en las entrañas. Se le había impedido trabajar en el mar, que era lo que amaba. En su opinión, todo el mundo, menos él, era culpable de este infortunio. Las mujeres rehuían de este ser solitario, extraño y perturbador. El, por su parte, odiaba al sexo opuesto, y se solía referir a sus miembros con el apelativo de "zorras".
Prácticamente, la única actividad a la que se dedicaba George era el cuidado de la enorme casa y su parcela. Siempre estaba arreglando algo. Además, por supuesto, se ocupaba de su furgoneta Ford Ranger 1987, que era su orgullo y felicidad. George le sacaba tanto brillo que parecía que acababa de salir de la cadena de montaje.
El 16 de octubre de 1991, George le haría pagar a la ciudad por las desgracias que le habían ocurrido. Ese día, George ni siquiera necesitó su dosis de alcohol o marihuana. Estaba totalmente sobrio. Se había preparado bien.
Su revólver Glock 17 de nueve milímetros de acabado mate era ligero y cómodo. Pesaba unos 700 gramos. Gracias a su amplio cargador, podía llevar 32 balas. Además del Glock, George había comprado un Ruger P89.
George se subió a su Ford Ranger con sus revólveres. Les daría su merecido. Claro que sí. Recorrió a toda velocidad las 17 millas que le separaban de Killeen, Texas, por la Carretera 190.
La cafetería Lubys era el mejor restaurante de esa ciudad de 49.000 almas. La cadena tenía muchísimos restaurantes en cinco estados sureños. Este acababa de abrir hacía poco más de un año y ya le iba muy bien. No era de extrañar. Servían porciones inmensas. Todo el mundo comía en Lubys.
Además, era el Día Nacional del Jefe y el restaurante estaba lleno hasta los topes: había aproximadamente 200 hombres, mujeres y niños. Eran las 12:40 del mediodía, la hora a la que se servían más comidas. El Ford Ranger, con George al volante, apareció por el estacionamiento a toda velocidad, estrellándose contra el cristal delantero. George saltó de la furgoneta y empezó a disparar.
El primero en morir fue un hombre mayor arrodillado que tenía las manos en alto. George le pegó un tiro en la cabeza. Esto no era un juego. En ningún momento los empleados ni los clientes pensaron que se trataba de una broma. De ninguna manera. Un loco con un revólver en cada mano estaba recorriendo el restaurante, en busca de sus víctimas. No tenía que ir muy lejos. Los clientes se escondieron debajo de las mesas. Algunos salieron corriendo, intentando huir del hombre que mataba con ambas manos. Los revólveres no paraban de disparar. Los heridos aullaban de dolor. Otros morían allí donde se encontraban. El restaurante parecía un campo de batalla. En el suelo había sangre, comida y vasos rotos. Tommy Vaughn, mecánico de la localidad, estaba celebrando junto a sus amigos el cumpleaños de Paul La Bombard, invitándole al restaurante. Cuando vieron lo que estaba sucediendo, intentaron romper una ventana cercana con unas sillas, pero fue en vano. El pistolero enfurecido se estaba acercando. Tommy, quien era alto y fornido, arremetió con su propio cuerpo contra la ventana, que se resquebrajó. Por ella salieron varios clientes, incluidos sus amigos, y lograron salvarse. Los instintos básicos de Tommy y su enorme corpulencia salvaron muchas vidas.
Por suerte, un poco más abajo, en la misma calle del restaurante, en el hotel Sheraton, el Departamento de Seguridad Pública de Texas estaba celebrando un seminario sobre robo de vehículos para los agentes de policía locales. Una mujer se acercó apresurada a la policía y contó que un hombre estaba disparando a todo el mundo en el restaurante. La policía le creyó. Estaba cubierta de sangre.
En pocos segundos, los agentes Bill Cooper, Jody Fore, Kenneth Olson y Alex Morris llegaron al restaurante. Se quedaron frustrados al ver que no podían disparar sin darle al mismo tiempo a un cliente o a un empleado. Gritaron: "¡Policía! Ríndase y deje caer sus armas". George respondió disparándoles y adentrándose aún más en el restaurante. Entre tanto, un hombre mayor intentó llamar la atención de los agentes. George le disparó en la cabeza, matándolo al instante.
Durante unos breves instantes, el pistolero quedó visible. El agente Olson intentó dispararle, dándole a George en el pecho. Los otros agentes entraron en el restaurante desde atrás. George recibió otras dos balas en el pecho. Aunque su fuerza disminuía, logró atravesar un pasillo que llevaba a los baños. Al final, George quedó tumbado de espaldas, gravemente herido, pero con suficiente fuerza como para meter municiones en su Glock. Se puso el revólver en la sien y se pegó un tiro.
La masacre había durado 11 minutos, durante los cuales George Hennard, ese hombre enfurecido, había cobrado 23 vidas y había herido a 23 personas. l

 
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