| La envidia es un sentimiento insistente
e inevitable que nos transforma en seres minúsculos y despreciables.
Es un sentimiento que nos llena de culpa y frustración y
que nos hace toparnos de frente con el reflejo de nuestros peores
demonios. Me pregunto de hecho si existen mortales —más
beatos y elevados que yo— que nunca se hayan sentido miserables
frente al derroche de bondades, gracias, talentos, lujos, facilidades
o beldades de algún vecino de vida. Es posible que muchos
crean que no han sentido envidia jamás. Sin embargo, el resto,
los que nos declaramos sospechosos habituales, como sabemos que
el planeta está plagado de seres incapaces de autocrítica,
haremos caso omiso de quienes se mienten a sí mismos para
sentirnos menos culpables.
Una vez delimitada la diferencia entre corruptibles
(autocríticos) e inocentes (hipócritas) me dirijo
a mis colegas, los pecadores, claro, para exorcizar mi responsabilidad
culposa, confesando una de mis más delirantes, ridículas
y recurrentes fantasías ligadas a la envidia: sin duda, el
más complejo e incómodo de los pecados capitales.
A veces me he imaginado —en plan Cat Woman caribeña—
enfilada en un estricto y muy favorecedor traje negro de vinil,
con un misterioso antifaz azul cobalto, llevando a cabo la diabólica
misión de encerrar en algún lugar estratégico
del planeta a todas las chicas que cada día veo en las revistas,
en las grandes pancartas publicitarias, en la tv, o en el cine y
que preferiría borrar del camino por ser tan exageradamente
insuperables y por ponerme en evidencia frente a mis propias debilidades
genéticas.
En el irremediable mundo moderno, parte considerable
de nuestro valor como personas está signada por el éxito
de nuestra apariencia, y en el caso de las mujeres esta verdad inobjetable
adquiere proporciones exageradas. Quizás por eso, y por culpa
del pecado original de Eva, las mujeres seamos tan susceptibles
a vivir en malsana competencia. En lo particular, y es aquí
donde comienza la práctica terrorista, muchas veces he deseado
tener en mi cartera un arma de platino y cristal líquido
con la que pueda disparar directo a las fotos de las mujeres que
me rodean desde diversos e insolentes spots publicitarios para recordarme
que necesito una rutina urgente de abdominales, un bronceado más
sexy y un tratamiento de proteína y colágeno para
mi cabello.
Tal como Catherine Turner en “Serial
Mom”, el paródico filme del director norteamericano
John Waters, en el que una madre empieza a matar a todo el que la
molesta, en ocasiones me imagino cometiendo algunas absurdas fechorías
en contra de mis rivales imaginarias, esas que sin quererlo, existen
para legitimar las omnipresentes sentencias del discurso publicitario
y sus categóricas y aplastantes máximas estéticas.
Frente a la perfección del mundo que te rodea con el poder
de sus imágenes aéreas, etéreas y silentes,
uno descubre varios caminos de vértigo dentro de los cuales
es posible sobrevivir. El de la odiosa resignación (“da
lo mismo, ni que me encierre en el gimnasio voy a lucir como esta
diosa”), el de la rabia inconsciente (“es muy bella
pero te apuesto a que sufre de halitosis”), el de las comparaciones
ingenuas (“ser hermosa no basta; son más importantes
el sentido común, la nobleza y la inteligencia, que por suerte
me sobran”), o la vulgar indiferencia (“ojos que no
ven corazón que no siente”).
En mi caso, sucumbo a la rabia y las infantiles
comparaciones con mayor vehemencia. La indiferencia y la resignación
son sentimientos ajenos a mi naturaleza comprometida con la lucha
transformadora y las emociones radicales.
Cuando padezco la excelencia estética de las mujeres top
que pululan a mi alrededor, bien sea en la vida real o como protagonistas
del mundo virtual, imagino toda suerte de justificaciones ingenuas
para lograr sentirme digna de existir a pesar de mis discretas imperfecciones
físicas y emocionales. Me río conmigo misma y me transformo
en una suerte de personaje de comic con licencia para desplegar
mis armas de defensa en contra de las mujeres que en el fondo admiro
con perplejidad: pastillas chiquitolinas, rayos inmovilizantes,
naves de teletransportación interplanetarias, disparos congeladores,
chupetas envenenadas... imagino cualquier cosa que me permita librarme
de estos seres privilegiados que amenazan mi estabilidad emocional
y de este modo me divierto en privado con el desarrollo de un delirante
guión cinematográfico ideal para mujeres divinamente
acomplejadas y sarcásticas, inofensivamente complicadas y
maliciosas.l
|