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  Agente de terrorismo estético
Carla Tofano

La envidia es un sentimiento insistente e inevitable que nos transforma en seres minúsculos y despreciables. Es un sentimiento que nos llena de culpa y frustración y que nos hace toparnos de frente con el reflejo de nuestros peores demonios. Me pregunto de hecho si existen mortales —más beatos y elevados que yo— que nunca se hayan sentido miserables frente al derroche de bondades, gracias, talentos, lujos, facilidades o beldades de algún vecino de vida. Es posible que muchos crean que no han sentido envidia jamás. Sin embargo, el resto, los que nos declaramos sospechosos habituales, como sabemos que el planeta está plagado de seres incapaces de autocrítica, haremos caso omiso de quienes se mienten a sí mismos para sentirnos menos culpables.

Una vez delimitada la diferencia entre corruptibles (autocríticos) e inocentes (hipócritas) me dirijo a mis colegas, los pecadores, claro, para exorcizar mi responsabilidad culposa, confesando una de mis más delirantes, ridículas y recurrentes fantasías ligadas a la envidia: sin duda, el más complejo e incómodo de los pecados capitales. A veces me he imaginado —en plan Cat Woman caribeña— enfilada en un estricto y muy favorecedor traje negro de vinil, con un misterioso antifaz azul cobalto, llevando a cabo la diabólica misión de encerrar en algún lugar estratégico del planeta a todas las chicas que cada día veo en las revistas, en las grandes pancartas publicitarias, en la tv, o en el cine y que preferiría borrar del camino por ser tan exageradamente insuperables y por ponerme en evidencia frente a mis propias debilidades genéticas.

En el irremediable mundo moderno, parte considerable de nuestro valor como personas está signada por el éxito de nuestra apariencia, y en el caso de las mujeres esta verdad inobjetable adquiere proporciones exageradas. Quizás por eso, y por culpa del pecado original de Eva, las mujeres seamos tan susceptibles a vivir en malsana competencia. En lo particular, y es aquí donde comienza la práctica terrorista, muchas veces he deseado tener en mi cartera un arma de platino y cristal líquido con la que pueda disparar directo a las fotos de las mujeres que me rodean desde diversos e insolentes spots publicitarios para recordarme que necesito una rutina urgente de abdominales, un bronceado más sexy y un tratamiento de proteína y colágeno para mi cabello.

Tal como Catherine Turner en “Serial Mom”, el paródico filme del director norteamericano John Waters, en el que una madre empieza a matar a todo el que la molesta, en ocasiones me imagino cometiendo algunas absurdas fechorías en contra de mis rivales imaginarias, esas que sin quererlo, existen para legitimar las omnipresentes sentencias del discurso publicitario y sus categóricas y aplastantes máximas estéticas. Frente a la perfección del mundo que te rodea con el poder de sus imágenes aéreas, etéreas y silentes, uno descubre varios caminos de vértigo dentro de los cuales es posible sobrevivir. El de la odiosa resignación (“da lo mismo, ni que me encierre en el gimnasio voy a lucir como esta diosa”), el de la rabia inconsciente (“es muy bella pero te apuesto a que sufre de halitosis”), el de las comparaciones ingenuas (“ser hermosa no basta; son más importantes el sentido común, la nobleza y la inteligencia, que por suerte me sobran”), o la vulgar indiferencia (“ojos que no ven corazón que no siente”).

En mi caso, sucumbo a la rabia y las infantiles comparaciones con mayor vehemencia. La indiferencia y la resignación son sentimientos ajenos a mi naturaleza comprometida con la lucha transformadora y las emociones radicales.
Cuando padezco la excelencia estética de las mujeres top que pululan a mi alrededor, bien sea en la vida real o como protagonistas del mundo virtual, imagino toda suerte de justificaciones ingenuas para lograr sentirme digna de existir a pesar de mis discretas imperfecciones físicas y emocionales. Me río conmigo misma y me transformo en una suerte de personaje de comic con licencia para desplegar mis armas de defensa en contra de las mujeres que en el fondo admiro con perplejidad: pastillas chiquitolinas, rayos inmovilizantes, naves de teletransportación interplanetarias, disparos congeladores, chupetas envenenadas... imagino cualquier cosa que me permita librarme de estos seres privilegiados que amenazan mi estabilidad emocional y de este modo me divierto en privado con el desarrollo de un delirante guión cinematográfico ideal para mujeres divinamente acomplejadas y sarcásticas, inofensivamente complicadas y maliciosas.l

 
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