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El monstruo de Düsseldorf
Max Haines

Era un desquiciado persiguiendo a sus víctimas continuamente

Cuando uno piensa en monstruos, una docena de nombres vienen a la mente. Ubicado en el peor lugar está Peter Kurten.

Jack el destripador degollaba a las señoritas. A Reg Christie le gustaba plantar cuerpos en las paredes de su apartamento. George Haigh se deshacía de las víctimas con ácido sulfúrico. Todos ellos o bien tenían cierto tipo de víctima o un patrón definido de sus asesinatos.

Peter Kurten lo hizo todo. No le importaba quién era la víctima y hacía cualquier cosa para deshacerse de ella.

Si un hombre puede ser puesto bajo la luz de la historia criminal y ser señalado como el peor monstruo que jamás haya vivido, ese es Peter Kurten.

Kurten era uno de 13 hijos cuyo padre era un borracho perdido. Vivían en Düsseldorf, Alemania, y la mayoría de las noches el padre golpeaba a toda la familia sólo por diversión. El padre una vez pasó tres años en la cárcel por haber tenido una relación incestuosa con la hermana de Kurten, de 13 años.

Kurten se volvió inquieto y excitado por la actividad sexual que tomaba lugar abiertamente en los confinados cuartos de su casa. Descubrió a la edad de nueve años que sentía un escalofrío pervertido al torturar perros. Se sentía fascinado con la visión de la sangre, y de adolescente comenzó a recibir gratificación sexual al asesinar animales.

Peter se graduó al experimentar con animales y humanos. Tomó por costumbre el vivir con prostitutas, quienes le permitían golpearlas. Para poder saciar sus hábitos sexuales, salía a robar. Fue arrestado y pasó dos años en prisión. En vez de reprimir sus ansias sexuales, descubrió que el confinamiento solitario le daba la paz y la tranquilidad necesarias para fantasear con sadismo.

Una vez que salió de la cárcel, atacó por primera vez a una mujer. La violó y la acuchilló, pero no murió y probablemente nunca reportó los incidentes a las autoridades. Sólo conocemos la versión de Kurten que cuenta que fue su primera ofensa contra otro ser humano.

Kurten atacaba a mujeres, niñas e incluso hombres. Sentía satisfacción sexual al ver sangre, y no sentía remordimiento alguno por ninguna de sus víctimas. Como se había dedicado completamente a su gratificación sexual, tenía que robar para vivir. Vivía siendo arrestado y enviado a prisión. En conjunto, debió pasar 20 años a la sombra.
El 25 de mayo de 1913, cuando tenía 30 años, estaba robando una posada en Mulheim, donde los dueños vivían en el piso de arriba.

Mientras revisaba las habitaciones, descubrió a una niña de 13 años llamada Christine Klein que dormía en su cama. La estranguló y le cortó la garganta. Volvió a Düsseldorf, pero regresó al día siguiente a Mulheim, para observar desde un café vecino la posada de los Klein. De esta forma era capaz de saborear el horror del crimen que había cometido.

Durante los siguientes 17 años, Kurten empeoró progresivamente hasta que, finalmente, las personas de Düsseldorf se dieron cuenta de que el monstruo viviente estaba entre ellos.

En la noche del 23 de agosto de 1929, en el suburbio de Flene, en Düsseldorf, se estaba llevando a cabo la feria anual. Alrededor de las 10:30 p.m., dos hermanas adoptivas, Gertrude Hamacher, de cinco años, y Louise Lenze, de 14, iban camino a la feria desde su casa.

Un agradable hombre las detuvo y le pidió a la niña más grande que corriera de vuelta a su casa y le trajera un atado de cigarrillos. El monstruo de Düsseldorf estranguló a la otra pequeña y le cortó la garganta. Cuando Louise regresó con los cigarrillos, le hizo lo mismo.

Sólo 12 horas más tarde, una sirvienta, Gertrude Schulte, de 26 años, estaba preguntándose qué hacer en su noche libre. Un delicado y amigable hombre la detuvo y le sugirió ir a la feria. Mientras caminaban por una zona arbolada, el hombre se le lanzó encima. Se puso furioso cuando ella se resistió a los avances. Como ya lo había hecho antes, extrajo un cuchillo y lo insertó en el cuerpo de la pobre mujer. Finalmente, el monstruo la arrojó lejos. Gertrude Schulte no murió. Sus gritos llamaron la atención de los paseantes y fue llevada rápidamente al hospital.
Era evidente que el monstruo de Düsseldorf había perdido el control de sus deseos. Era un desquiciado persiguiendo a sus víctimas constantemente. En resumen, dos niñas sirvientas, Ida Reuter y Elisabeth Dossier, fueron violadas y acuchilladas hasta la muerte.

Cuando el verano se volvió invierno, Kurten atacó e hirió a una chica de 18 años, a una mujer de 37 y a un hombre de 30, todos en menos de media hora. Una niña, Gertrude Albermann, fue hallada herida con 36 cuchilladas.

En la noche del 14 de mayo de 1930, María Budlick llegó a Düsseldorf en busca de trabajo. Un hombre joven le dio conversación en la estación del tren. Le ofreció mostrarle el camino hasta el hotel que servía comida a mujeres jóvenes. Mientras caminaban por las calles iluminadas todo iba bien, pero apenas entraron en una zona menos alumbrada, la chica, quien había escuchado hablar sobre el monstruo de Düsseldorf, se puso nerviosa.

Trató de liberarse de su escolta y comenzaron a discutir. Justo entonces apareció un hombre de buenos modales y preguntó si todo estaba bien. El joven escolta se retiró y María aceptó la invitación para ir a comer al apartamento de su nuevo amigo.
El amable hombre le ofreció a María llevarla a un hotel para mujeres. Una vez en el distrito alejado, Kurten trató de violarla. María luchó, y cuando estuvo a punto de perder la conciencia, Kurten, por alguna razón, le preguntó si ella conocía su dirección, así si en algún momento ella necesitaba su ayuda sabría donde encontrarlo. María dijo que no, y al hacerlo salvó su vida. La dejó ir.

Al día siguiente, acompañada por la policía, María identificó el apartamento. La policía arrestó a su frío sospechoso. En ese momento, era sospechoso de haber atacado a María solamente. Casi de forma inmediata, como si hubiera querido quitarse una gran carga de sus hombros, Kurten confesó: “Soy el monstruo de Düsseldorf”.
El juicio de Kurten fue el más sensacional que se hubiese llevado a cabo en Alemania hasta ese momento. Para protegerlo, fue encerrado en una jaula.
Admitió haber cometido 68 crímenes mayores, sin incluir asalto y robo. Oficialmente fue inculpado por un total de nueve asesinatos y siete intentos de asesinato.
El jurado deliberó sólo una hora y media antes de hallarlo culpable. El 21 de julio de 1932, Peter Kurten fue ejecutado. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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