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revista Estampas
 

Ven a volar

Lanzarse desde un avión a más de cuatro mil metros de altura no es una cosa
a la que mucha gente se atreva. Sin embargo, quienes ya se han arriesgado
a volar en paracaídas, sienten que su vida es otra, y comparan la actividad
con una necesidad casi adictiva. Los saltadores que cada fin de semana asisten
a la escuela de paracaidismo de Higuerote así lo comentan.
Betzy Barragán.
Fotos: Cortesía Skydive Venezuela


Son las 5:30 de la tarde. Queda, aproximadamente, una hora más de luz solar, tiempo suficiente como para hacer otra tanda de saltos.

En el hangar de la escuela de paracaidismo de Higuerote, 30 personas acomodan
y envuelven meticulosamente sus paracaídas. Todo un proceso de ajuste que tarda entre cinco y quince minutos, o algo más, dependiendo de la novatada. Este trabajo, ineludible por demás, se deshace en unos cuantos segundos, cuando, tras la activación de un pequeño mecanismo, se despliegan velozmente los 30 metros cuadrados (cantidad para los paracaídas más pequeños, pues otros pueden llegar
a medir hasta 65 metros cuadrados) de tela de nylon que amortiguarán el aterrizaje,
de quien con mucha pericia y —aún mucho más— ganas de desafiar el orden de la naturaleza, se decide a saltar al vacío desde un avión a una altura que sobrepasa los cuatro mil metros.

Al observar a este grupo de personas, tan calmadas y relajadas, casi en un completo silencio, se podría pensar que lo que están a punto de hacer es un acto trivial sin ninguna trascendencia. Parecieran estar en estado de meditación, una especie de trance en el que no quisieran malgastar la más mínima cantidad de adrenalina, la misma que, seguidamente, derrocharán sin reparos.

Transcurrido el tiempo de acomodo, el grupo se dirige al avión de doble hélice que
lo llevará a las nubes para su ansiado descenso. El sonido de las turbinas es ensordecedor; sin embargo, uno de ellos comenta que dentro de la cabina lo único
que se escucha es el soplido del viento.

En esta ocasión sólo 16 suben al avión. Sus indumentarias son variopintas, unos llevan la vestimenta de rigor —braga, zapatos resistentes, casco, guantes y altímetro— mientras otros, más osados, sólo llevan sus lentes, unos pantalones de jeans cortados a la rodilla, una franelita y sandalias playeras.

No hay novatos, y eso puede detectarse fácilmente al ver que durante el salto nadie viene en pareja —que es el denominado salto tándem, el cual se realiza enganchado
a un instructor de probada experiencia— y apenas comienzan los aterrizajes, no cabe la menor duda de que los saltadores son audaces expertos. Descienden a tal velocidad, que lo que pasa ante los ojos de los espectadores es un celaje como un breve flash de película. Al verlos caer desde el cielo es imposible evitar que el corazón se acelere rápidamente. ¡Y pensar que esta emoción es sólo una mínima cosa, en comparación con lo que ellos están sintiendo!


¿Quién dijo miedo? Giancarlo Trimarchi es un joven con los pies en la tierra,
pero con la mente y el corazón en el aire. “Saltar y volar, eso es lo que hago y enseño”, resume sin titubeos al referirse a su pasión: el paracaidismo.

Su apariencia delata su oficio, pero ese día está sentado, tranquilo, pisando tierra.

“Mi papá es piloto y también practicaba paracaidismo, así que desde que nací estoy montado en un avión. Para mí, volar es algo completamente natural”. Y que nadie lo dude, ha ganado innumerables competencias en distintos lugares del mundo y actualmente se encuentra entre los primeros seis paracaidistas más experimentados. “Yo aprendí con el mejor del mundo, Olav Zipser —comenta Trimarchi—, un alemán a quien, por cierto, le ha gustado mucho Venezuela, y quien vendrá con frecuencia para organizar eventos y de paso enseñar todo lo que sabe”.

Con 30 años de edad, y diez practicando este deporte, ha acumulado 6.100 saltos,
y en un futuro cercano no se ve haciendo otra cosa. Su interés está centrado en el paracaidismo y en la escuela que dirige. Quiere verla crecer y convertirla en punto de referencia del paracaidismo deportivo en Suramérica. De hecho, ya puede confiar en eso, su equipo, que representa al tricolor nacional, se adjudicó en noviembre del pasado año la copa de oro en los panamericanos celebrados en Colombia. Esto es sólo el inicio.

En el cielo de Higuerote.

Skydive Venezuela es una de las dos escuelas de paracaidismo que existen en el país.
La otra queda en San Juan de los Morros, y aunque es más pequeña tiene más tiempo en funcionamiento. La de Higuerote se fundó hace dos años por la iniciativa del propio Giancarlo Trimarchi y de su amigo Jonathan Cohen, quien comparte su pasión por este deporte extremo. Luego de un buen tiempo de vivencias en el exterior, decidieron radicarse en su tierra para compartir con otros arriesgados el gusto por las alturas y la libertad.

Es así como en el aeropuerto de esta localidad costera del Estado Miranda, se acondicionó un espacio con capacidad para atender a grupos numerosos y que,
según sus encargados, cuenta con las instalaciones más modernas: aula de clases, sitio de empaque, depósito de equipos, cocina, lugar de pernocta, y hasta una
churuata para hacer eventos y fiestas.

Allí se imparten durante todos los días de la semana las clases de paracaidismo en varios estilos. Los inexpertos suelen iniciarse con un salto tándem, y luego de su experiencia y, sobre todo, de su capacidad económica —pues el curso cuesta casi cuatro millones de bolívares— toman la decisión de inscribirse para recibir una instrucción más especializada.

En esta institución cuentan con dos aeronaves, una pequeña en la que caben cinco personas y una más grande, de dos turbinas, que es el avión principal y que puede albergar hasta 22 pasajeros. Los instructores, certificados internacionalmente, están capacitados para enseñar cualquiera de las modalidades:

Tándem:
Requiere poco
tiempo de preparación. Básicamente se
enseña cómo se
debe salir del avión
y la posición que debe tener el cuerpo para favorecer el vuelo
y la caída en compañía del instructor.

Vuelo relativo:
Es la más común de
las prácticas, y es cuando se desciende “de panza” en forma horizontal.

Sky surf:
Se salta
con una tabla especial que permite deslizarse con el viento para
hacer vistosos movimientos.

Free fly:
Como su nombre en inglés lo dice, es un vuelo libre en el que se tiene la potestad de elegir cualquier posición (sentado, de cabeza, de pie o de espalda), todo queda en manos de la imaginación del saltador.

Free style:
En esta modalidad se practican maniobras un poco más elaboradas.
Es una especie de gimnasia olímpica aérea en la que se hacen acrobacias, piruetas, tirabuzones, mortales, entre otros.

Accuracy:
Salto de precisión. Es la más difícil de todas, requiere mucha práctica, pues se debe aterrizar en un punto determinado, a una velocidad precisa y a una distancia calculada. El paracaídas que se utiliza es más pequeño y desarrolla una gran velocidad.

Los fines de semana son los de más afluencia de alumnos. “Recibimos de 30 a 40 personas, entre aprendices y paracaidistas profesionales”, comenta Trimarchi. Todas las vivencias quedan registradas en fotos y videos hechos por gente especializada. Los que se atreven a saltar por primera vez reciben un CD con la grabación de todo
su salto, detalle que está incluido dentro del paquete del tándem.

Según los entendidos en la materia, el clima y la ubicación geográfica hacen de Higuerote un lugar privilegiado para la práctica de este deporte. Y aunque los directivos se quejan de la baja cantidad de turistas, ya que el año pasado durante
la misma época recibieron a más de 500 interesados en realizar saltos, y este año no llegan ni a la mitad, Skydive Venezuela no deja de ser un lugar deseado por locales
y extranjeros, ilusionados con surcar las nubes.

Coordenadas

Skydive Venezuela. Aeropuerto de Higuerote.
Sector Aguasal, a 100 metros del Hotel Fiesta Inn.
Estado Miranda. Telf.: 0414-108.9005
www.skydivevenezuela.com

 

bbarragan@eluniversal.com

Equipo triunfador

Gian Carlo Trimarchi, Luis Adolfo López Mendez y Jonathan
Cohen conforman el equipo criollo que consiguió el primer lugar
en la modalidad de Free Fly (vuelo libre) en el pasado
Campeonato Panamericano de Paracaidismo celebrado
en Colombia en noviembre de 2006. “La verdad es que ganamos sobrados”, dice Giancarlo, y aunque la frase suene pretensiosa,
su actitud no lo es. Y la principal razón es que los venezolanos cuentan con una zona de saltos privilegiada, en la que pueden
entrenar todos los días del año; cosa que supieron aprovechar
muy bien, pues realizaron un total de 200 saltos como parte de su preparación, y por supuesto, esto se notó en la competencia. Para este año tienen pensado asistir al mundial que se realizará en Rusia
y a los próximos panamericanos que en esta ocasión serán en Brasil. También están trabajando para conseguir patrocinantes que quieran
ayudar en la organización del Campeonato Nacional de Paracaidismo,
y que esperan se realice entre abril y mayo de este año.

Foto: Natalia Brand y Rodolfo Beer.
Asistente: Damián Castillo

 

Un alemán en tierras calientes

Se dice que las casualidades no existen, que todo tiene un por qué. Probablemente así sea. Hace más de veinte años, Olav Zipser, un alemán con ganas de experimentar nuevas emociones, llamó a una agencia de viajes en su país natal para inscribirse en un curso de buceo pero le respondieron que, por el momento, sólo le podían ofrecer uno de paracaidismo. Aunque inicialmente estaba interesado en conocer las profundidades marinas, no se negó a subir a las nubes, y aún no se ha bajado de ellas. La constante práctica e investigación acerca de las técnicas de vuelo, especialmente lo concerniente al material utilizado, le permitieron crear una nueva modalidad que denominó Free Fly (vuelo libre) y que en la actualidad es la más practicada en todo el mundo. Tiene 40 años, 22 en el paracaidismo y 19.000 saltos realizados hasta el momento. Además, ha sido campeón mundial en muchas ocasiones. Fue el profesor de Gian Carlo Trimarchi, conoció Venezuela hace unos pocos meses
y decidió que regresará en noviembre para quedarse por una temporada, durante la cual organizará junto a Trimarchi algunos eventos y cursos.

Foto: Natalia Brand y Rodolfo Beer
Asistente: Damián Castillo

 
Historias en el aire

Pedro Ramos

“Hace diez días mi papá falleció, y hoy vine para esparcir sus cenizas en las nubes. Siempre quise que me acompañara en mis saltos, pero nunca pudo por motivos de salud. Ahora sé que siempre estará conmigo, acompañándome en lo que más disfruto hacer”, comenta con unos expresivos ojos verdes y unas lágrimas a punto de desbordarse. El es uno de los instructores de la escuela, aunque sólo está disponible para dar clases durante los fines de semana, pues de lunes a viernes se dedica a su trabajo como contratista en Valencia. Hasta la fecha lleva más de 2.500 saltos, el primero lo hizo hace siete años, justamente en un cumpleaños de su papá, quien desde ahora en esencia lo acompaña, especialmente en el cielo
de Higuerote.

 

 

 

 



Gustavo Cisneros

“No me lo vas a creer, pero sí, este es mi nombre. Y que conste, no tengo nada que ver con el magnate”, dice este joven argentino que vino a Venezuela a pasar una pequeña temporada en esta zona de saltos. Ya lleva tres meses acá y de momento no tiene fecha de partida. De hecho, su novia neozelandesa está por llegar al país para hacerle compañía en esta aventura. A ella la conoció durante su estadía en ese lejano país al que se fue para probar suerte. En el paracaidismo lleva ocho años, tiempo que le ha permitido adquirir la experiencia necesaria para
dedicarse a enseñar a otros, 2.500 saltos así lo acreditan. Según este sureño de 27 años, cuando de atravesar las nubes se trata, lo que más disfruta es grabar videos y tomar fotos mientras se encuentra en el aire.



Miguel Palau

Es uno de los estudiantes del curso de paracaidismo.
“No dormí la noche de mi primer salto —comenta emocionado.
Es una experiencia arrasadora. Es como si perdieras
la virginidad. No importa lo que hayas imaginado... La cuestión está
en decidirse a la primera. Mi novia, por ejemplo, después de montarse en el avión y estar
a punto de saltar
se arrepintió; pero en el segundo intento sí se lanzó”. Sin embargo,
Miguel ha tenido
que interrumpir su curso, pues su novia, ahora esposa, le pidió que no saltara por un tiempo. Acaban de enterarse de que van a tener un bebé y como suele suceder, ella tiene las emociones a flor de piel. “No quiere siquiera imaginarse que algo saliera mal, y por supuesto he tenido que hacerle caso”.

 

Carlos Ovalle

“Estoy ansioso por experimentar esta sobredosis de adrenalina”, expresa con mucha expectativa este muchacho amante de los deportes extremos. Dice que los ha practicado casi todos, y aunque su predilección son las disciplinas acuáticas,
desea saber qué se siente caer durante aproximadamente 60 segundos, desde más de cuatro mil metros a una velocidad cercana a los 300 kilómetros por hora.
No ve el momento de tener el dinero completo para poder inscribirse en el curso. Se niega a hacer el salto tándem porque, según él, no necesita probar si le va a
gustar o no, ya está convencido de que
así será. Además, quiere ahorrarse el
costo de este salto, cantidad que ronda los 600 mil bolívares.

 

 

 


Ver también en Encuentros:
- Ven a volar
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