En estos días conocí a una muchacha que tiene una melenita ahí, medio deschavetada, y un cuerpo ahí, más bien asimétrico, y sin embargo carga
una actitud y una sabrosura y una cosa
como de quien jura que está estupenda. Y en consecuencia lo está. Porque en cuestiones tan subjetivas como la belleza, creérselo es más de la mitad del camino que hay que recorrer para verse bella. Y entonces uno va y se pregunta, ¿cómo se hace para creerse bella si casi todas las mujeres tenemos una pequeña o gran Betty
la Fea por dentro? He ahí, según yo, el éxito de esa gran novela.
Mimí Lazo tiene una teoría al respecto. Ella cuenta que cuando estaba chamita concursó en un Miss Princesita o algo así y no ganó. Coronaron a alguien como
la Cámpoli y Mimí no lo podía creer, quedó convencida de que le habían robado
la corona, pues ella se juraba más bella. ¿Por qué? Pues porque su papá, el señor
Lazo, estaba indignado, gritando “¡Trampa!”, a pesar de que la ganadora medía como dos metros más que Mimí y pesaba como diez kilos menos. Dice Mimí que esa certeza suya de que está está buenísima le viene de que su papá no sólo siempre la vio bella sino que se lo dijo y mucho. O sea que si se tiene un papá piropeador, uno se cree estupenda, y si no, pues no.
¿Será cierto? Podríamos estar ante la posibilidad de explicarnos, ¿qué hace tanta
niña bella del brazo de semejantes imbéciles? No suena del todo loco, pues la primera percepción que uno tiene como mujer, debe venir de nuestra relación con el padre, y capaz y de ahí depende lo que creamos merecer de nuestras futuras parejas.
Tendríamos algo así como que las que son hijas de padres que no sólo se mueren
por ellas sino que se lo demuestran, le exigirán a sus novios y maridos grandes dosis de galantería, ramos de flores, piropos, invitaciones y atenciones varias. Y en cambio, las hijas de padres que se mueren por ellas pero que, vaya uno a saber porqué, son incapaces de demostrarlo, o de decirlo si quiera, pues se transforman en una suerte de arqueólogas del amor. De esas que viven hurgando detrás de la cara de cañón,
del silencio, del desinterés y la indiferencia, para encontrar o inventarse muestras mínimas de amor de las cuales agarrarse y ser felices. Convenciéndose solitas
de que si el tipo las llama a veces, les conversa de vez en cuando, les hace el amor
o sencillamente está, no se ha ido, es porque sí las quiere.
“Es que él es así”, decimos, “pero yo sé qué me quiere”, insistimos y hasta nos lo creemos y nos conformamos con migajitas y vivimos con esa certeza que capaz y hasta es cierta. Pero capaz y no. Capaz y tiene que ver con que ser hijas de padres presentes pero incapaces de demostrar con locura cuanto nos quisieron.
A lo mejor es una teoría absurda pero, de no serlo, ¿qué pasaría con este mujerero
en una sociedad de padres ausentes? Que los hay ausentes para más nunca, y ausentes que de vez en cuando van y aparecen. Y entonces uno tendría hijas conformándose con que sus novios, maridos, amantes, hombres pues, de vez en cuando aparezcan, “¡y aquí estoy, papi, siempre lista, porsia, porque yo sé que así
es y tú sí me quieres!”. Hijas viviendo con la certeza de que aprovechas el momentito
y te das con furia y hasta con una piedra en los dientes, porque ese hombre lo que venía era pasando y hasta más nunca y así es y está bien. Es muy probable que nada de esto sea cierto y sean sólo ganas mías de seguir culpando a los hombres de todo. Pero, ¿y si sí? No estaría de más formarle un lío al padre de las hijas para que se espabile y no sólo las quiera sino que se lo demuestre con locura y desenfreno.
¿O no sería rico ver cómo se faja el futuro yerno y cuánto le cuesta levantarse a la muchacha que no sólo es bella sino que además se lo cree?. l
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