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  Blue Monday
Mirtha Rivero

Por necesidades de producción de la revista, el texto que aparece en esta página debe ser entregado con varias semanas de anticipación. Por eso, estas líneas fueron escritas el 22 de enero, el mismo

día que —¡oh coincidencia!— un científico británico ha catalogado como el “más depresivo” del año. Como la fecha más triste para la gente que habita el mundo occidental. La jornada más gris, desesperanzadora y lúgubre que nos toca vivir cada doce meses. Independientemente de crisis económicas, azares políticos, enfermedades, despechos, accidentes o malos tratos que nos toque soportar.

Quizá por eso mismo me cuesta tanto escribir estas líneas, a pesar del ultimátum y la fecha de entrega que me han dado. Quizá la atmósfera gris que me rodea no tenga nada de particular o extraordinario, ni sea cuestión de país, latitud o frustración personal. Tal vez el ánimo apesadumbrado es algo generalizado por estas fechas.

Según el doctor Cliff Arnall de la Univer-sidad de Cardiff en el Reino Unido, por probabilidades matemáticas, el lunes de la última semana completa del mes de enero —que en este año 2007 cayó el 22— es lo que podría considerarse el Blue Monday.
A tal conclusión llegó después de un sinfín de estudios y cálculos matemáticos que, resumidos en una novísima fórmula, toman en cuenta variables tan disímiles como el estado del tiempo, el nivel de endeudamiento, el tiempo transcurrido desde la última crisis, etcétera, etcétera.

De acuerdo con el investigador —que no tengo la menor idea si es reputado o no— cinco son las razones fundamentales que llevan a fijar de forma tan precisa el aciago día. A saber, para esa fecha:

l Se han agotado todos los ingresos extraordinarios que por concepto de aguinaldos
y utilidades se registran en diciembre. Es decir, ya nos gastamos todos los reales.

l Llegaron los estados de cuenta de las tarjetas de crédito que revelan el nivel de endeudamiento por las compras navideñas. Resulta que en diciembre no sólo gastamos las utilidades, sino que ganados por la euforia y la generosidad contagiosa, y amparados por el bendito plástico y la engañosa modalidad de la compra a crédito, compramos y compramos y endeudamos nuestro futuro.

l Las fiestas de Navidad y los días de vacaciones están ya tan lejos que no recordamos ni podemos revivir el espíritu y la alegría de esos días.

l Ha transcurrido el tiempo suficiente para darnos cuenta de que no vamos a cumplir ninguno de nuestros buenos propósitos de año nuevo.

lY encima, es invierno. Y el frío, de por sí, deprime.

Descontando la variable del estado del tiempo (porque no en todo el universo occidental hace frío para la última semana de enero, y no siempre el frío es tan intenso como para llegar a deprimir), suscribo las argumentaciones del investigador británico. Para mí, es evidente que una vez extinguidos los embriagadores efectos de la última quincena del año —la temporada más emotiva y alegre del almanaque— la modorra, el ratón y el desaliento que queda en su lugar es inmenso. No sólo por las deudas.

No es fácil enfrentar la rutina después de que terminaron las fiestas y se acabaron
los regalos. Después de que se acabó el recreo —el break—, y volvió el tráfico
y regresó envalentonada la inseguridad. No es fácil verse al espejo y sostener
la mirada sabiendo que no vamos a seguir la dieta prometida, ni el riguroso
programa de ejercicios. Mucho menos vamos a cambiar el carácter y congeniar complacidos con elo vecino impertinente o el jefe leguleyo, mandón e ineficiente.
No es sencillo poner la mejor cara en estos días. Y menos, si es lunes.

Tal vez por eso consuele —aunque suene a esperanza de tontos o de tísicos—
que la razón de nuestro desánimo no es particular, no es estructural.
No es definitiva. Total, ya llegó carnaval y, dentro de poco, a la vuelta
de unos cuantos días está la Semana Santa. De nuevo, vacaciones.
Para ir pasando. Para irse entreteniendo. Para irnos olvidando.
l

 


 
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