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  Rabo de gata
 Mirtha Rivero

Nunca pensó en tener mascotas. En cuarenta y seis años de existencia ni una sola vez se vio con perros, gatos, conejos, pececitos o loros rondando a su alrededor, y menos aún mirando embobada las gracias que los animalitos pudieran hacer. Si es que hacían alguna.
Durante toda su vida, mi amiga Coromoto había vivido en apartamentos, y, según ella, esa razón era suficiente para no cobijar a ningún bicho bajo su techo. Es un crimen condenarlos a estar encerrados, se justificaba, cuando en realidad lo que no quería era hacerse cargo de una criatura que fuera incapaz de recoger sus propios desperdicios.
En el terreno de las mascotas, a lo más que había llegado era a saludar de lejos -hola, Negra- a la perra de su edificio o a poner un comedero para pájaros en la ventana. Esas habían sido sus máximas expresiones de estima. No se veía limpiando jaulas, cambiando agua de peceras, bañando a un perro o cargando con él hasta el veterinario. Tampoco se imaginaba tratando con afecto a algún gato -ese animalejo curioso, independiente y perseverante que le tiene miedo al agua-. Menos que menos.
El tratamiento más afectuoso que había tenido con los gatos databa de cuando su hija estaba pequeña y leía un cuento que le gustaba mucho: Rabo de gato. El cuento narra las peripecias de un sapo que con un rabo de gato de embuste engañaba a las especies que encontraba en su camino. Gallinas, cachicamos, loros cayeron en su juego hasta que se topó con una sapa y -cuestión de feeling- el sapo botó el rabo y se marchó apurruñado con su pareja bajo una lluvia de corazones.
Ese había sido el contacto más cercano -y cariñoso- que Coromoto había sostenido con un felino. Hasta que se mudó para una casa, y de la noche a la mañana hubo más cercanía de la que quería. A una banda de gatos vagabundos -siete en total- le dio por aparecerse en su terraza. A cualquier hora. En un principio, bastó con espantarlos. Un grito destemplado, un correteo por el patio o un chorro de agua -a las tres de la mañana- tuvieron su efecto, y los gatos fueron espaciando sus visitas. Todos, menos dos. Los dos más feos, por cierto. O más feas, porque después descubrió que eran hembras. Madre e hija.
Las gatas eran las más deslucidas del combo, y de las dos, una en especial -la madre- resultó flaca, esmirriada, ordinaria. Con el pelo corto y negro salpicado por unas pinceladas amarillas en el rabo y en las puntas de las dos patas traseras. Una verdadera callejera.
Pero la gata fea y esmirriada y su cría no tan fea, fueron ganando terreno. La mayor, a fuerza de restregarse ronroneando contra las piernas de la dueña de casa y golpeando con ademanes de boxeador los vidrios de las ventanas. La menor, maullando desde el garaje o asomándose ingenua entre las matas de capacho, cual pintura de Rousseau.
Una noche, mi amiga no soportó la presión y accedió a servirles unas lonjas de jamón. A los dos días compró alimento especial para mininos y a las tres semanas -cansada de vivir encerrada para que las gatas no la invadieran- aceptó que los animales entraran a la casa. Para ese entonces se habían disipado un tanto sus miedos a los muebles arañados, las pulgas y la toxoplasmosis. Larissa la animó diciendo que "los gatos se acercan a los lugares donde hay calor y buenas energías" y Marilín la aleccionó sobre el lenguaje corporal de los felinos domésticos: cuando perciben peligro, se le erizan los pelos, encorvan la espalda y levantan muy recto el rabo. Si están molestos, se sientan y lo mueven de un lado a otro con fuerza. La amistad la expresan con el rabo estirado y la punta ondulada hacia la cabeza. Y el amor, con el pelo liso y el rabo pegado hacia uno de los cuartos traseros.
Coromoto se ha apegado tanto a sus animales que todos los días, después de montar el café se ocupa de alimentarlos, y hasta se preocupa la mañana en que no las ve. La última vez que la visité contemplaba enternecida los intentos infructuosos de la gata más pequeña por agarrarse la cola, y me confesó que en Navidad había pensado en regalos para sus mascotas. Unos mullidos cojines para que no usaran los sillones del estudio.
En eso, su hija que jugaba en la terraza con la gata grande, la interrumpió:
-Mamá, micifuz como que nos tiene un regalo.
-¿?
-Está embarazada.
Coromoto, con cara de susto, miró a la gata madre. La gata le sostuvo la mirada. Estaba sentada, con el rabo pegado hacia uno de los cuartos traseros. l

 
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