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La mano de alquiler
Max Haines
Los Murphy se llevaban bien; los vecinos
les llamaban la alegría del vecindario
Contratar
a personajes desagradables para que se deshagan de esposas no deseadas
nunca ha sido satisfactorio. Por una parte los extraños,
simplemente, no ponen el corazón en su trabajo. Además,
eventualmente tienden a hablar de más cuando se encuentran
bajo presión.
Si Sean Murphy hubiese tenido esta información, tal vez habría
cambiado de parecer antes de pagar para asesinar a su esposa.
Sean y Cathy Murphy vivían en una casa agradable en Sunland,
California, un barrio de Los Angeles. En 1969, Sean estaba empleado
como vendedor de coches usados. Los Murphy, ambos de 41 años,
tenían seis niños. Tuvieron períodos en los
que el matrimonio había pasado sus altibajos, pero todo eso
era parte de su pasado. Los Murphy se estaban llevando bien en el
verano del 69. La alegría del vecindario, les denominaban
sus conocidos.
Los cañones alrededor de Los Angeles se prestaban para pasear
agradablemente en auto. Cuando Sean dijo que había visto
una casa rodante en venta cerca de Kagel Canyon, Cathy estuvo de
acuerdo en que debían ir a echarle un vistazo. Quién
sabe, tal vez se hubieran convertido en unos orgullosos dueños.
Sean había estado pensando en comprar algún tipo de
vehículo recreativo para pasar los fines de semana fuera
de la ciudad con su gran familia.
Una noche de agosto, a las 9:30 pm, Sean y Cathy salieron de paseo
en auto. Aunque lo intentaron, fueron incapaces de localizar el
trailer. Se dirigieron hacia Lopez Canyon Rd., para observar el
panorama tan bello del valle.
Después se dirigieron de vuelta a casa. Cathy nunca llegó.
Dos hombres hicieron señales al coche de los Murphy. Cathy
sugirió a Sean que siguieran adelante, pero él le
explicó que a menudo había tenido problemas mecánicos,
y sentía que les debía ayudar.
Paró el carro en la cuneta y los dos hombres saltaron dentro
del Chevy de los Murphy. Dijeron que se habían quedado sin
gasolina. Sean les ofreció llevarles al mecánico más
cercano en Foothill Blvd.
Según manejaban en silencio, uno de los hombres en el asiento
de atrás sacó un revólver y ordenó a
Sean que se metiera por una carretera secundaria que acababan de
pasar. Sean hizo lo que le habían dicho. A los Murphy les
ordenaron que salieran del auto y se escondieran en unos arbustos
cercanos. A Sean le quitaron su cartera y a Cathy su bolso. Les
ordenaron a los dos que se dieran media vuelta.
Una vez más, hicieron lo que les decían. Uno de los
ladrones golpeó a Sean en la nuca. Este cayó al suelo
inconsciente.
Más tarde, dijo que creyó ser golpeado con una tubería
de metal o algo parecido. También le dijo a la policía
que escuchó el quejido débil de su esposa: "¡Ayúdame,
Sean! ¡Oh, ayúdame, me muero!".
Sean tartamudeaba al lado de su mujer. Los ladrones desaparecieron
por completo. Sean intentó llevar el cuerpo de su mujer hasta
el auto y paró a otro auto para que le ayudara. Pronto se
presentó la policía en la escena del crimen, pero
era demasiado tarde para Cathy Murphhy. Estaba muerta. Sean fue
llevado al hospital en una ambulancia. Cuando le interrogó
la policía, no les pudo decir mucho más de lo que
contó más arriba.
Una autopsia indicó que Cathy había sido apuñalada
en el cuello, abdomen y espalda. A Sean le habían golpeado
fuertemente en la base del cráneo. Estaba seriamente herido
con una gran hinchazón en la zona, pero las radiografías
revelaron que el golpe no era nada serio.
El viudo fue dado de alta en el hospital para llevar a cabo los
preparativos funerarios necesarios.
Los buenos policías tienen sistemas internos que les avisan
cuando tienen que ponerse en alerta, pues las cosas no son lo que
parecen. El detective Barrett Fitzgerald olía a podrido.
El investigador conversó con los vecinos de Murphy y con
sus hijos. Realmente, Sean y Cathy en esos momentos se encontraban
en buenos términos el uno con el otro, pero no siempre había
sido así. En una ocasión, habían estado a punto
de divorciarse.
El sabueso de Fitzgerald consultó las cuentas bancarias de
los Murphy. Descubrió que ambos eran partidarios de los seguros
de vida. Especialmente Sean. Había pagado primas mensuales
de 5.000 dólares en un seguro de vida para él y 33.800
en un seguro de vida para Cathy. El seguro de Cathy contenía
una cláusula con una doble indemnización, que significaba
una cifra de 67.600 dólares en caso de que Cathy abandonara
esta vida a causa de accidente o asesinato.
Fitzgerald no tenía que ser un genio para darse cuenta de
que no tenía ningún sentido tener un seguro de vida
tan pequeño para el cabeza de familia, mientras que la vida
de Cathy estaba tan altamente asegurada. Antes de confrontar a Sean,
los detectives interrogaron de nuevo a los vecinos de los Murphy.
Esta vez llegaron al fondo de la cuestión. Una belleza morena,
confesó abiertamente a los detectives sobre el amorío
que tenía con Sean. La dama era totalmente honesta y creíble.
Ella y Sean llevaban juntos más de un año, pero habían
terminado un mes antes del asesinato. Tal vez Sean tenía
intenciones de cortejarla con regalos caros.
Un amigo de Sean acudió a la policía y les contó
que Sean le había preguntado si conocía a algún
asesino a sueldo. Supuestamente, alguien debía dinero a Sean
y quería intimidarle un poquito. El amigo presentó
a Sean a un tipo de 25 años, Warren O'Dell Saling, quien
estaba en el negocio "de la intimidación". En vista
de lo que había surgido, parecía ser que Sean estaba
buscando un asesino a sueldo. Cuando la policía descubrió
que había retirado 1.000 dólares de su cuenta bancaria
desde la muerte de Cathy, estaban convencidos de que había
pagado a los asesinos.
Se
pidió a Sean que tomara un examen con el detector de mentiras
para clarificar todo el asunto. El pidió que no se lo hicieran,
ya que esos exámenes no eran para nada confiables. Los detectives
fueron capaces de encontrar a algunos conocidos de Saling que juraron
haber escuchado de sus labios todo sobre el asunto del asesinato
de Cathy Murphy, antes de que éste tuviera lugar. Sean había
orquestado el plan, hasta el punto de darle a los asesinos las llaves
de su maletero para que le pegaran en la cabeza con su propio gato
de hierro.
Sailing tenía un amigo llamado Porky, que había sido
el otro hombre en el asesinato. Porky era un nómada que nunca
había sido identificado o localizado.
Sean Murphy y Warren O'Dell Saling fueron detenidos y acusados del
asesinato de Cathy Murphy. Ambos fueron declarados culpables y sentenciados
a largas sentencias en prisión. No disfrutarán de
su libertad condicional durante muchos años. l
Ilustraciones: David Marquez
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