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revista Estampas
 

Lo mejor de Chile

Las grandes viñas de este país sudamericano se han dado a la tarea,
desde hace ya muchos años,
de obtener el mejor vino posible. Lo están consiguiendo al contar con la más moderna tecnología y el trabajo de enólogos de renombre, pero, sobre todo, con buenas cepas que se han adaptado prodigiosamente a las características
de sus tierras y de su clima. Santa Rita es un buen ejemplo de ello, y de su mano, Estampas y sus lectores conocen
del tamaño del esfuerzo.
Raúl Chacón Soto. Chile. Enviado especial / Fotos: Sergio Pérez Ramírez

La industria del vino, en Chile, es cosa seria
y apasionada. Por su ubicación geográfica
y sus especiales características de clima y de suelos, este país es
lugar privilegiado para el desarrollo vitivinícola... algo de lo que muchos amantes
del buen vino en todo el mundo ya se han dado cuenta desde hace unas cuantas décadas. Ubicada entre los paralelos 30 y 40 de latitud sur —el área donde se encuentra restringida la producción de vinos finos del mundo, además, claro está,
de su equivalente en el hemisferio norte—, se encuentra la zona central de esta
nación que, de todos modos, por su forma alargada y angosta, presenta variaciones importantes incluso dentro de los límites de esa favorecida franja. De los valles que acá se encuentran provienen los mejores vinos chilenos, los que, como era de esperarse, llevan impresas, en sus sabores y sus aromas, las particularidades que diferencian a unos de otros. Así, no es lo mismo un Sauvignon Blanc del valle de Casablanca, que uno procedente de cualquier otro lugar del país. Justamente
en este último, y en el del Maipo y el de Colchagua, se hizo parada para observar
el corazón de una actividad que, podría decirse, embriaga de placer no sólo a los chilenos, sino a cientos de miles de personas de todas las nacionalidades, incluyendo a un número cada vez mayor de venezolanos que estima cada día más las bondades de estos caldos. Tres valles, entonces, para apreciar un poco más el tamaño del esfuerzo... y su sabroso resultado.

I. Valle de Casablanca: El reino
de los blancos

Al salir del túnel Zapata, a unos 45 minutos de Santiago de Chile, en la carretera que une a esta ciudad con Valparaíso, atrapa la vista el hermoso paisaje que conforman los viñedos del valle de Casablanca. Los cerros lejanos, de no más de 800 metros, sirven de marco a las hileras simétricas de Chardonnay y Sauvignon Blanc, las dos cepas que mejor se han adaptado a las características de la zona. Sí, las cepas blancas no han podido encontrar mejor lugar —en Chile— para crecer y madurar hasta expresarse en plenitud de condiciones. Y es que la uva, acá, no sólo se aprovecha de la tipicidad del suelo —de origen aluvial, arenoso, pobre, pero profundo, con baja capacidad de retención de humedad, como dicen los expertos— sino, especialmente, de la brisa que llega del mar —las aguas del Pacífico se encuentran a unos 25 kilómetros en línea recta desde el valle— que baja la temperatura a niveles que, en su caso, terminan por hacerle un gran favor.

Como suelen decir los enólogos, para producir un buen vino, la materia prima debe ser de excelente calidad —Cecilia Torres, enólogo jefe de Santa Rita, va más allá al asegurar que la tarea del profesional es sólo tratar de no arruinar lo que atesora la uva—,
y la que vive en esta región se ha convertido en un extraordinario ejemplo de ello. La vecindad con el mar es la responsable de una niebla matinal que acompaña a las plantaciones buena parte del año,
y que, por lo general, da paso a días claros, limpios... y, lo más importante, con temperaturas que no exceden, ni siquiera en verano, los 26-27 grados centígrados. El valle se enfría —al punto de que el peligro, durante noches despejadas, son las temibles heladas, a las que se combate con helicópteros o riego por aspersión— y las cepas de Chardonnay y Sauvignon Blanc que, a diferencia de otras, necesitan menos horas de calor para su desarrollo, aprovechan para madurar lentamente —estas cepas, en el valle del Maipo, por ejemplo, se hubieran cosechado con un mes de anterioridad—, lo que permite, en la uva, una mayor concentración de todos esos elementos que hablan de la calidad del vino que se hace con ella. En este caso, uno blanco con mucho aroma y todo el sabor característico de la variedad. Es el caso del Reserva Santa Rita Sauvignon Blanc 2005, que ha sido considerado como el mejor Sauvignon Blanc chileno en la Guía de vinos de Chile 2006. ¿Qué lo hace tan especial? Julio Cornejo, responsable del campo que esta empresa tiene en el valle —unas 300 hectáreas— explica: “Es un vino aromático, de mucha fruta, amineralado, que al probarlo te da la sensación de estar tomando champaña... como que burbujea”.



Lo curioso es que Casablanca se llenó de viñedos desde relativamente hace poco. Otros cultivos, como el de maíz, predominaban hasta finales de los ochenta. Fue sólo al empezar la década siguiente cuando varios productores comenzaron a reconocer el potencial del lugar, motivados por la labor del enólogo Pablo Morandé, quien creyó en sus cualidades, al compararlo con la región vitícola de Carneros en California. No se equivocó, afortunadamente...

II. Apalta: En el corazón
del valle de Colchagua

Así como Casablanca es para los blancos, lo es Apalta para los tintos. Uno de los pequeños valles privilegiados dentro del ya de por sí favorecido valle de Colchagua —territorio de huasos, equivalentes a los llaneros venezolanos—, es tierra de muchos de los mejores vinos rojos de Chile, junto a la del valle del Maipo. No son más de 600 hectáreas, de las cuales 20% pertenece a Santa Rita. Las parras que allí se encuentran —en especial las de la cepa Cabernet Sauvignon— son viejas, muchas traídas a principios del siglo pasado, si bien, como los expertos explican, los viticultores se las han ingeniado para ir reponiendo las que se van muriendo con plantas nuevas, especie de clones de las primeras.

Apalta tiene una particularidad, y es que su suelo es granítico, muy pobre y con muy buen drenaje, lo que, en materia de vides, viene muy bien, pues ya se sabe que éstas son plantas a las que el estrés favorece cuando se trata de concentrarlo todo en la uva. Los viñedos por acá nunca se riegan.... sus raíces, de más de tres metros, se contentan con la poca agua que encuentran.
Son plantas, no está de más decirlo, poco vigorosas —el enólogo juega, justamente,
con ese grado de vigor— pero que han logrado, desde hace ya mucho tiempo, un perfecto equilibrio que se manifiesta en el vino que se obtiene de sus uvas. Después de todo, cien años no pasan en balde. Otra característica que hace a Apalta especial, es que se encuentra justo en la ladera de una montaña que impide al sol brillar sobre el área de racimos el tiempo que usualmente lo haría. Entonces, a menos sol, menos calor, y muchísimo menos si a eso se suma el viento fresco que suele arropar la región durante las tardes. Y las uvas Cabernet Sauvignon se aprovechan para madurar como es debido, y también las Carmenère y las Syrah, dos cepas que, a juicio de los enólogos, deberían encontrar en esta tierra, y con los años, lugar ideal para expresarse en todo su esplendor.

Justo en esta zona del valle central de Chile, se encuentra la bodega más grande —
y más nueva— de Santa Rita. En Palmilla, para ser exactos, está ubicada Las Majadas, en realidad, dos bodegas en una, pues hace sólo dos años empezó a funcionar una nueva ala que elevó su capacidad total a la considerable cifra de 19 millones de litros anuales. Entre 15 y 17 millones de kilos de uvas al año pasan por estas instalaciones... Al momento de la visita, los trabajadores se encontraban a la espera de Chardonnay —millón y medio de litros corresponden a los blancos—, pero como cabe esperar por la ubicación de la bodega, laboran principalmente con los tintos. Las dimensiones son sobrecogedoras. Un total de 400 estanques colman los dos gigantescos espacios. Son la expresión de lo más moderno que ofrece la tecnología para la laboriosa tarea de la vinificación. Las explicaciones fueron muchas, pero lo importante es que facilitan el trabajo al someter al mosto a las condiciones ideales para realizar los procesos de fermentación alcohólica, maceración y fermentación maloláctica que se necesitan, por ejemplo, para los tintos. Una pequeña bodega llama la atención. Es la reservada para las uvas procedentes de Apalta, las superpremium. Aquí, se ha querido reducir el maltrato a la fruta a su más mínima expresión, por lo que los racimos, que llegan en cajas de diez kilos,  son conducidos en ascensores, y, a través de una cinta —y sin utilizar bombas—, hasta la mesa de selección —donde se despalillan y se obtiene el grano bueno—, convenientemente ubicada justo sobre los orificios de entrada de alguna de las 20 cubas de 10.000 litros donde finalmente serán procesados los que superan el proceso. En otras palabras, la uva pasa de la caja a la cuba sin que haya el contacto con la mano del hombre.

En Las Majadas se hacen las mezclas base. Al igual que en la bodega de Lontué. La mezcla final se hace en la bodega de Buin, lugar donde también se realiza el embotellamiento, y donde se llevan a cabo los últimos tratamientos. Pero sobre esto conocerá en la próxima parada

III. Maipo: Merecida fama

Cecilia Torres se refiere a ella como la bruja. Y sí, es una viña de tronco grueso, con más de 40 años sobre sus ramas... “muy desordenada, muy expresiva”. Pero de sus granitos pequeños, como de juguete, se obtiene el mejor vino de Santa Rita: el Casa Real. “Es una viña muy equilibrada, produce muy poco... la idea es mostrar la máxima expresión de un 100% Cabernet Sauvignon, en este valle, en este terroir”. Su nombre —el del terroir— es Carnero Viejo. Y en efecto, los viñedos allí no lucen tan ordenaditos como los anteriores, pareciera que se retuercen, que andan a sus anchas... pero no se confundan, guardan su belleza. Como ya se ha dicho, el vino que se obtiene de estas uvas no es producto de una mezcla, no hay ensamblaje. Si un año la calidad no es la esperada, pues se deja pasar, y se espera por el próximo. La extensión de tierra donde madura el Cabernert Sauvignon orgullo de la casa no podía encontrarse en otro lugar que en el valle del Maipo, tierra que le ha dado fama a Chile en el plano internacional como productora de algunos de los mejores vinos Cabernet Sauvignon del mundo, y asiento, además, de las empresas con mayor tradición del país —las primeras viñas se fundaron acá—, lugar donde se levantaron las majestuosas casas residenciales de las familias propietarias.

Santa Rita no es la excepción. Su bodega más importante —y más antigua—, se encuentra a unos metros del terroir de su Casa Real. Acá, no sólo se reciben las mezclas de Las Majadas y Lontué para hacer el ensamblaje final. También se vinifica la uva de su propio valle —como la del Casa Real— y la que procede de Casablanca. Además, es donde se realiza la guarda en barrica —doce mil barricas, 60% de roble francés y el resto de roble americano, se encuentran en sus bóvedas, atesorando el preciado líquido— y también el proceso de embotellamiento que se hace a través de dos líneas que tienen la capacidad de preparar 18 mil botellas por hora. Como puede apreciarse, todo converge en este mágico lugar. Y es impresionante. Emociona asomarse por la vieja edificación realizada a cal y canto, y las nuevas dependencias, y ver los amplios salones repletos de barricas, guardando por el tiempo que sea necesario el vino que luego será degustado con placer. En la línea de embotellamiento, que se mantiene en movimiento en turnos diurnos y nocturnos, todo es automático: desde el lavado de la botella, cuando entra, hasta el llenado y la colocación del corcho. El proceso continúa dependiendo del tipo de vino del que se trate: si es, por ejemplo, la línea de los 120 —vinos pensados para el consumo diario—, pues al etiquetado y al almacenamiento en las cajas. Si se trata de vinos de mayor calidad, van de nuevo a guarda para reposar varios meses antes de salir a la venta; los llevan al sitio donde se mantienen las botellas, y a esperar, como sucede con los tintos premium y, también, con el Chardonnay que ha llevado algo de madera.
Muy cerca de la bodega se encuentra el Hotel Casa Real, que no es más que la vieja casa de campo de la familia fundadora de la viña, que ahora sirve de albergue a invitados especiales y turistas.
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rchacon@eluniversal.com

Las infidelidades de Cecilia

Cecilia Torres es la enóloga jefa de Santa Rita. Egresada de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Chile, se inició en
el campo laboral justamente en esta viña allá por el año 1980.
La experta es de una cordialidad que desarma. Su verbo, al igual que el buen vino, tiene cuerpo y muchos aromas. Su pasión es contagiante. “Como técnico y como consumidora yo promuevo que la persona sea infiel, que pruebe un vino distinto todos los fines de semana para practicar

la memoria sensorial. Que escriba en una nota lo que sintió, que mire el color, que perciba los aromas. Así uno va a aprender a tener su estilo y se va a quedar con uno y va a poder discriminar, a conocer calidades, defectos. Recomiendo hacerlo siempre con comida, con quesos, con plática, con eventos.... y partiendo con los blancos, que son más amistosos, más amigables, Sauvignon Blanc, Chardonnnay, en ese orden. Cuando empiecen por los rojos,  el Merlot, el Carmenère, que son suavecitos. Al final,  los Cabernet, los Syrah, que son robustos, y a uno les arremete el paladar... claro, hasta que se acostumbra”. Torres es la genio detrás
de Casa Real, el vino top de Santa Rita. “Este vino es complicado porque viene de un terroir.
La idea es mostrar la máxima expresión de un 100% Cabernet en este valle. Todos los Casa Real tienen un sello, un sesgo que es la uva. Es un clásico. ¿Por qué? Porque es fácil de identificar cuando ya se le conoce. Tiene potencial de envejecer —está pensado sobre los diez años— y es de calidad mundial reconocida. Es para conversarlo, para consumirlo con quesos muy maduros o para el final de la comida. Este vino es un evento”.

Foto: Enu¡io O Perdonomo

Algunos ejemplos

120 Sauvignon Blanc

Representa muy bien la tipicidad de un Sauvignon Blanc. Muy aromático, de buena acidez. Es un vino pensado para países cálidos. Para el precio tiene un volumen en boca que no se encuentra fácilmente en otros de su categoría. Es perfecto como aperitivo. No necesita comidas elaboradas, va muy bien con las ostras. “La calidad de un 120 tiene que ver con el precio que uno paga y lo contento que uno queda. Este es un vino para todos los días, justo para lo que voy a pagar, pero no puede tener defectos”, dice Torres.



Reserva Merlot 2004


Es del valle del Maipo. Es suave, amigable, fácil de entender, pero no por ello carece de estructura y volumen. Tiene mucha fruta. Ideal para pastas y pescados como el salmón y el atún.


Reserva Sauvignon
Blanc 2005


Del valle de Casablanca. Es aromático, de mucha fruta, bastante amineralado.
La revista Wine & Spirit lo escogió como uno de los 100 Best Values en su edición
de octubre de 2006. Ideal para ocasiones especiales, cuando, además de la comida, importa el momento, la celebración.


Medalla Real Cabernet
Sauvignon 2003


Es del valle del Maipo. Elegante y clásico, es también complejo y bien balanceado
con redondos  taninos. Conocedores afirman que tiene una excelente relación
precio-calidad.

Santa Rita en pocas palabras

Como bien se puede leer en un texto que aparece en la página oficial de Santa Rita en Internet, recorrer sus instalaciones “constituye un viaje fascinante por la historia de Chile”. La viña fue fundada en 1880 por don Domingo Fernández Concha, quien no dudó en traer de Francia maquinaria especializada, enólogos de experiencia y, por supuesto, cepas de excelente
calidad que, al poco tiempo, contribuyeron a cambiar radicalmente la manera de producir vinos en el país. El Hotel Casa Real, que sirve de cobijo a los visitantes motivados por conocer más acerca del vino que tanto les gusta, y a los invitados de la casa, es la antigua residencia de Fernández Concha, que fue remodelada hace relativamente poco tiempo. Su contemplación, luego de atravesar el extraordinario parque de 40 hectáreas que le rodea, obra del paisajista francés Guillermo Renner, remite a otros tiempos, a otros mundos. La verdad es que cuesta decidir qué es más imponente, la casa, de estilo pompeyano, junto a la capilla construida a su lado, regalo de don Domingo para una de sus tres hijas al momento de casarse, o los jardines repletos de árboles centenarios, cedros, palmas chilenas, araucarias...

 



En una de las salas del hotel, una bella edición
de una de las obras de Vicente Huidobro espera por
el visitante curioso. El detalle no es gratuito. El gran
poeta era integrante de la familia que manejaría la viña desde finales del siglo XIX hasta 1970. En 1980, Santa Rita pasó a manos de sus actuales propietarios, el grupo Claro y la empresa Owens Illinois. La adquisición significó
un gran impulso en todos los ámbitos, que se ha traducido en la conquista de mercados internacionales y en la obtención de muchos premios gracias a sus vinos
de excelente calidad.



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