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revista Estampas
 

Luis Alberto Otero
El coleccionista
de pesebres

Tiene 16 años y desde pequeño siente una especial fascinación
por las figuritas que representan
la llegada de Jesús a la Tierra.
Todos los diciembres, con mucha paciencia y la ayuda de su mamá,
se encarga de montar los 55 nacimientos que adornan su casa.
¡Bienvenidos a ella! 


Pablo Blanco. Fotos: Natalia Brand
Asistente de fotografía: Anita Carli



Se abre la puerta del hogar de la familia Otero y Luis Alberto saluda amablemente. Tiene la timidez de quien da una entrevista por primera vez. “¡Ese es un farandulero!”, advierte su mamá, Beatriz Castellanos, en son de broma y revelando, por adelantado, la esencia de artista que tiene este muchacho de 16 años. Beto —como le dicen por cariño— tiene una gran afición: todos los años, a mediados de noviembre, además de entonar, afanosamente, aguinaldos comienza a armar su exposición casera de 55 nacimientos. La costumbre le viene de familia: Beatriz, además de profesora de iniciación musical, es coleccionista de miniaturas, mientras que Tití
(su abuela materna), celebra, religiosamente y por todo lo alto, el montaje de un gran pesebre en su casa, ayudada siempre por los más pequeños. No obstante, quien influenció mayormente al joven en eso de coleccionar las sagradas figuritas navideñas fue la señora Pura Stuyck, una amiga de su “mamama” (abuela paterna) quien, casi durante toda su vida, se ha dedicado a albergar en su hogar una inmensa
colección de pesebres que arma diciembre tras diciembre.

Belén versión Beto

“El primer nacimiento que hubo en nuestra casa —comenta Beatriz— fue hecho por nuestros hijos: Tatalo (Andrés Gonzalo), quien entonces tendría algo así como cinco años, y el mismo Beto, con unos tres años. Aún lo conservamos, lo hicieron con los muñequitos de un juego alemán parecido al Lego que se llama Playmobil. El juego traía una lanchita y ellos extrajeron una de sus aspas y la colocaron, al revés, al lado de las figuras. Cuando les preguntamos qué significaba nos explicaron que era un ventilador, para que al Niño Jesús no le diera calor. Para mi esposo Andrés, y para mí, eso fue muy valioso. Desde entonces, les hemos aplaudido sus inclinaciones artísticas”. Pero fue Beto quien comenzó a recorrer el camino del arte. Un año después del célebre pesebre que improvisó junto a su hermano —hoy con 18 años
y flamante estudiante de Administración— hizo uno en miniatura elaborado con plastilina. Recien-temente comenzó otro, con el mismo material, concebido como
una tribu en donde el jefe es San José. Comenta el muchacho que era muy usual que, estando pequeño, se pusiera a jugar con las figuras del pesebre inspirado en
la historia de la llegada de Jesús, pero bajo una versión libre: “Los Reyes Magos eran los malos y José y María eran los buenos que tenían que defender al Niño Jesús. La mula los protegía y los pastores también”, relata. Desde que saben de su afición, amigos y familiares no dejan de obsequiarle nacimientos. No en vano la colección, en los más diversos materiales, está conformada por piezas traídas de varios rincones de Venezuela y el mundo.  

En el mejor estilo mexicano,
los hombres de este pesebre
tienen mostachos

 





Este modelo tradicional funciona
también como cajita de música

 

 






Una típica talla merideña
firmada por Manuel Vargas

 

 



Un simpático regalo
de su prima María Victoria

 

 






Otro de México, inspirado
en los trajes típicos de los campesinos

 

 

Una creación traída
de lo más alto
de Perú: El Cuzco

 

 

A la venezolana

Sacando la cuenta, son más de 200 las figuritas que conforman su nutrida colección. Beatriz explica que ella tenía un pequeño cuaderno donde quedaba registrado el origen de cada pesebre, el cual, lamentablemente, se extravió. Queda, sin embargo, su memoria y la de Beto para narrar la procedencia de cada uno. Entre los venezolanos destaca uno elaborado en el Taller Artesanal El Totumo, en el Estado Barinas, cuyas piezas están insertadas dentro de la mitad de una tapara; también sobresale una talla merideña, de tamaño mediano, firmada por el artista Manuel Vargas. Llama igualmente la atención uno adquirido en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, elaborado sobre una lámina de cerámica y con una estética abstracta adornada con pequeñas flores. Otro, en cerámica esmaltada, tiene una significación especial: “Era de mi hermana mayor —explica Beatriz— quien ya falleció. En  el año 1974 ella estudiaba en el Instituto de Diseño Neumann. Un diciembre, el hijo del matrimonio que cuidaba las instalaciones se lo regaló. Lo incluí en la colección de Beto por razones sentimentales, ella siempre lo conservó consigo. Imagínate...  ¿Quién será, hoy en día, ese niño que se lo regaló?”. Mientras ordena todos sobre la mesa del comedor, Beto le da cuerdas a otro pesebre que, además, es cajita de música, la cual está colocada al lado de los dos más significativos hechos en plastilina: uno elaborado por su hermano Andrés sobre un trozo de tronco de un eucalipto, y otro, más pequeño, hecho por Beto a los cuatro años, su primera obra en solitario.      

Originalidad foránea

Los pesebres de Beto, traídos de otras tierras, desbordan originalidad. Principalmente, uno comprado en Colombia, cuyas figuras son todas gorditas, razón por la cual lo llaman el “Boterito”, en alusión a las conocidas y grandes dimensiones con las que trabaja el pintor bogotano Fernando Botero. A su lado reposa una creación mexicana en la que San José, los pastores y los reyes lucen el mostacho propio de los charros de esa tierra.
Se suman, también, un par de Perú, ambos con un despliegue de trajes típicos sobre figuras de medianas dimensiones. Deslumbran seis miniaturas: una traída
por la madrina de Beto de la ciudad de Santiago de Compostela, Galicia, inserta dentro de una concha marina plateada (cuya figura es el símbolo
de la peregrinación jacobea) que resguarda pequeñas figuras alámbricas bañadas en plata; otra, traída de Italia dentro de un cofre de terciopelo rojo compuesta por milimétricas figuras también recubiertas de plata. Completan el diminuto quinteto
tres de nacionalidad no identificada: una incrustada en un cuarzo, otra tallada
sobre una piedra de mármol a la que, a su vez, se le dio forma de huevo
y una tercera que, asombrosamente, fue dispuesta dentro de un mini tronco
de bambú.

Estrellito

Celebrar su cumpleaños, cada 28 de marzo, implica —como él mismo dice— llevar a cabo todas unas “fiestas patronales”. No sólo porque es el mismo día del nacimiento del prócer venezolano Francisco de Miranda, sino porque su familia organiza una suerte de “semana aniversaria” para conmemorar su propio nacimiento. Cabe decir que dicho acontecimiento, al principio, no fue nada fácil. Sus padres explican que este joven es el caso diagnosticado número 46, en el mundo, y el primero en Venezuela, de una enfermedad muy rara que se llama picnocitosis; una anemia muy fuerte cuya característica principal es que los glóbulos rojos -de muy poca vida- tienen forma de estrella. “De hecho, su pediatra, el doctor Luis Eduardo Navarro, lo llamaba, cariñosamente, ‘mi picnocito’. Milagrosamente, a los tres meses de vida, después de un intenso tratamiento médico, superó la anemia. Su recuperación posterior ha sido para contrarrestar el efecto de todos los medicamentos que le aplicaron cuando estaba recién nacido y se puede resumir en una sola palabra: estimulación”, comenta Beatriz. El trabajo conjunto de terapeutas, psicopedagogos, docentes y familiares lo convirtieron en un niño con una sensibilidad muy particular por el arte y dueño de una gran inteligencia. “Al principio estaba preocupada porque no hablaba. La terapista de lenguaje me advertía: ‘Pronto lo vas a mandar a callar’,
y bueno, ya lo comprobé, a veces habla hasta por los codos (risas). Comprenderás que verlo hoy en día con su camisa beige de bachillerato y resolviendo ecuaciones matemáticas es algo que me maravilla”. Beto se suma al asombro: “Es que yo no puedo creer que esté en cuarto año, mamá”. 

Atípico y tradicional 

Influenciado y guiado por su mamá, Beto probó la práctica de varios instrumentos musicales, él mismo pone cara de fastidio y se ríe cuando recuerda que lo intentó con el violín y el piano, todo lo contrario a lo que ocurrió con la batería que, actualmente, tiene en su cuarto y que tanto le entusiasma tocar, guiado por su profesor Carlos Roos. Sus ídolos son los mismos que los de su papá Andrés: Phil Collins y Los Beatles. No representa, precisamente, al común de la muchachada reggeatonera de estos tiempos, aunque es respetuoso de los gustos de sus pares en el colegio. Hasta ahora, está decidido: apenas termine el bachillerato quiere dedicarse a la escultura. Su profesor, el artista Jesús Pastore, confía ciegamente en su talento. Volviendo al recorrido por su cuarto, sobre una de las repisas que están al lado de la cama descansan dos figuras de madera, cubiertas de plastilina, que parecen sacadas de una película de George Lucas y que son dignas de un regalo del Niño Jesús de este siglo: una criatura que bautizó X–3000, que, según explica, está inspirada en literatura de ciencia ficción, y un “diablo de Yare futurista”. Su madre atribuye, en parte, sus habilidades manuales a una de las terapias que tuvo que cumplir en su proceso de estimulación infantil. “A los ocho meses de nacido, uno de los ejercicios que tenía que hacer era tomar, uno a uno, con las manos, granitos de arroz sueltos. Son esos tratamientos que uno no sabe cómo van a terminar influyendo. Otra de las terapias indicaba que lo pusiéramos a trabajar mucho con plastilina; no dejaba de moldear y moldear”. No es casual, pues, que el joven haya culminado, hasta la fecha, dos pesebres de plastilina en miniatura. También le gusta el cine de autor. Es fanático, hasta la saciedad, de la película francesa Los Coristas, de la cual ya se aprendió algunos parlamentos y hasta hizo dos figuritas que emulan al profesor de música y el niño que protagonizan la historia. Igualmente salen a relucir, en su cuarto, otros de sus juguetes favoritos: dos marionetas hindúes. “Nos dimos cuenta de que le gustaba manipularlas y le regalamos un teatrino en donde preparaba funciones para toda la familia”, comenta el padre. En definitiva tiene alma de artista. “Sí, algo de eso hay, ¿no?”, completa Beto con el suspicaz humor de adulto que siempre le acompaña.
l  


pblanco@eluniversal.com

Tradición capital

Al igual que Beto, muchos caraqueños adoran al Niño Dios, especialmente, durante este mes. Es por ello que en Caracas, como en todo el país, ya se exhiben los más representativos pesebres. Entre los muchos que adornan la ciudad se encuentran, por ejemplo, el de la Comandancia de la Guardia Nacional, ubicada en El Paraíso, que ya tiene 22 años de historia. El mismo, que está unos metros antes de llegar a la Plaza Madariaga de la Avenida Páez, abarca una extensión de 75 metros cuadrados en los que se disponen las figuras de yeso movibles en medio de ríos, cascadas y un cielo estrellado. En el Este hay cuatro de visita obligada:

 

Guardia Nacional de El Paraíso




Fotografía:
Gil Montano

 



Plaza Francia



Fotografía: Oswer Díaz Mireles

 

La trilogía de Chacao

El pesebre de la Plaza Francia de Altamira está conformado por grandes tallas de madera elaboradas por artesanos merideños y trujillanos. Sobre esta creación, Diana López, presidenta de la Fundación Cultural Chacao, comenta: “Son más de 50 piezas de dos
y tres metros de altura, muy coloridas y en medio de un jardín. Es un pesebre
contextualizarlo con la zona: tenemos tallas de los palmeros de Chacao, algunas de unas fruteras muy cotidianas por estas calles y hasta el Indio de Chacao. El año pasado tuvimos
70 mil visitantes, no solamente del Municipio, sino, incluso, del estado Vargas y de los Valles del Tuy”. Se suma al de la Plaza Francia, dentro del mismo municipio, el de la Plaza Bolívar
de Chacao, definido por López como el tradicional europeo, compuesto por piezas de porcelana que cuentan ya con 10 años. Completa el trío una nueva instalación: “En la Plaza Brión de Chacaíto vamos a colocar el más contemporáneo de los tres. Está conformado por figuras volumétricas elaboradas sobre una estructura de metal con mangueras luminosas”.

Divinidad clínica

En el Hospital San Juan de Dios, ubicado en el municipio Baruta, la tradición del pesebre  cumple 66 años. Esta Navidad su extensión aumentó el doble de lo que ocupaba el año pasado. “Se debe, principalmente, a todos los organismos que han colaborado con nosotros desinteresadamente, suministrándonos materiales y algunos objetos de decoración. Especialmente  tenemos que agradecer a dos empresas productoras de anime que son incondicionales: Tecnipac e Invanimeca”, comenta Adriana Alliey, gerente de Relaciones Públicas del recinto. Recientemente, esta creación ha estado a cargo de Jesús Antonio Silva, un vecino de un barrio de la zona llamado El Guire, de quien se resalta su ingenio para engranar cada pieza. Uno de los atractivos de este pesebre es su efecto de amanecer y, sobre todo, el del anochecer que proyecta en el “cielo” la figura del ángel Gabriel. El horario
de visitas es de lunes a domingo, de 8:00 am a 9:00 pm, hasta el día de la Virgen de La Candelaria, el 2 de febrero.

 

 

 

Hospital San Juan de Dios


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