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revista Estampas
 
  40 años no es nada
Mónica Montañes

Nosotras a veces creemos que no pero, ¡cómo hemos avanzado! No sé si es porque este mes cumplo los temidos cuarentas, pero de pronto me puse a recordarme de mi mamá y sus amigas,

cuando ellas tenían cuarenta. Eso fue a finales de los sesenta y principios de los setenta, pero estoy hablando de unas señoras normales, ni eran hippies ni bailaron con Travolta. Se me vino a la mente la imagen de mi mamá tirada en una cama con una depresión atómica, mientras las amigas le guardaban los corotos en unas cajas porque mi papá había decidido irse a hacer la Europa, y nosotros con él, porque el hecho de que ella no quisiera irse era un detalle irrelevante. Y la imagen de su amiga Mercedes haciendo milagros en la cocina porque su marido se había presentado a golpe de ocho con los amigotes a cenar y Mercedes sirviéndonos merluza en salsa de yo qué sé qué, mientras mentaba madres bajito, supongo, porque ni microondas había. Y Manolita, otra amiga, picando la tortilla de papas calladita, mientras escuchaba a los esposos discutir de política y ella pensaba en el velito que se iba a poner cuando enviudase; “ley de vida”, decía, y ella pudiera entonces a voz en cuello expresar su opinión sobre los políticos que, vaya que la tenía, pero era impensable que la soltase en aquellas mesas de hace cuarenta años frente a maridos tan sabios y que tan alto hablaban. Recordé también a la vecina de enfrente, madre de los cinco menores hijos del señor de enfrente, que tenía veinticinco muchachos en total, toditos con su apellido —eso sí— confesándole a mí mamá que ella y su marido sólo lo habían hecho en una posición, “la decente”, recuerdo que dijo, porque aquel hombre, con su señora, no se iba a estar poniendo creativo. Y todo para irse un buen día, algunos años más tarde, dejándole —eso sí— una notita con el teléfono donde podía encontrarlo, por si alguna eventualidad. Toditas ellas, algunas con más suerte que otras, pidiendo permiso para guindar un cuadrito en la sala, comprarse unos zapatos nuevos, irse a tomar un cafecito con las amigas, llorando bajito las veces que fuera necesario y pertinente, despotricando de aquellos hombres en las salas donde yo jugaba calladita y en la alfombra con los carritos y los “fisher price”, oyéndolas.

Y me veo ahora, cuarenta o menos años más tarde, a mí y a mis amigas, incluso a las que no son amigas mías que son muchísimas más, todavía despotricando de ellos, pero más por deporte patrio o universal, que porque le hayamos pedido permiso a nadie para nada, con la chequera abultada o pírrica pero propia, pidiendo pizza o chinos a pesar del microondas si alguien osa llegar con algún amigo y gritando a voz en cuello lo que opinamos —no te digo yo de política, de cuanta cosa exista, sepamos de la materia o no—, igual que ellos. Y sobre las posturas a la hora de hacer aquello no te quiero contar. Y si uno se pone a ver, no hace tanto, es más, si le hacemos caso a Gardel, hace apenas el doble de nada. No digo que hayamos llegado ya a alguna parte, ni siquiera que seamos más felices, pero sí como que nos vemos más alegres en ese poco de restaurantes llenos de mujeres escandalosas y sin susto aparente, y sí como que hablan más bajito o gritan menos los maridos que no son proveedores absolutos del hogar. En fin que, próxima a cumplir tan distintos cuarentas, me provocó escribirles a esas madres que tantas tareas nos ayudaron a hacer y tan orgullosas nos vieron graduarnos de algo, para decirles que todavía soltamos nuestra lagrimita por ellos, pero al menos es por varios, que a lo mejor no somos felices, pero es por torpes o porque no nos hemos dado cuenta de la distancia, o porque no nos ha dado la gana, que ya es bastante. l
 
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