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¿En defensa propia?

Pat estaba muerta de miedo por lo que su ex amante podía hacer

Max Haines

Algunos asesinos creen que si dejan los cadáveres de sus víctimas, botados a cientos de kilómetros de distancia de la escena del crimen, éstos no serán encontrados.

La asesina de este artículo tiene una inclinación
muy extraña por los viajes. Su nombre es Patricia
Gil. Era una atractiva mujer, de unos 1,58 metros
de estatura y un peso de casi 100 kilos. Había vivido con José Ramos por nueve años. Tuvieron dos hijos y después terminaron la relación. Poco después de separarse, Pat se casó con William Gil y se mudaron para West 47 St. en Chicago.

Un año más tarde, José se enteró de que Pat había contraído matrimonio, noticia que lo enfureció. Después de todo, ella era la madre de sus dos hijos. Sin embargo, a él le había importado un bledo el hecho de que, durante seis años de los nueve que estuvo viviendo con Pat, había estado casado legalmente con Juanita.

El 25 de mayo de 1980, William y Danny Anderson, el novio de 17 años de la hermana menor de Pat, estaban escuchando la radio de un auto en el patio trasero de la casa de los Gil.  José llamó a Pat por teléfono y le dijo que estaba saliendo para su casa para cantarle las cuatro verdades. “¡Ni te atrevas, José!”, le contestó Pat. Pero nada ni nadie se lo impedirían.

Ella estaba muerta de miedo por lo que su ex podía hacer. Así que se acercó al patio para pedirle ayuda a su esposo: le pidió que buscara su pistola calibre 38. William sacó el arma de la guantera del auto y se la entregó a Pat.

Finalmente, llegó José y, sin vacilar le gritó a Pat que era una desconsiderada por haberse casado a sus espaldas. Como muestra de su descontento, traía un bate que estrelló con irreflexiva impulsividad contra una puerta. Segura de que su cabeza sería el próximo blanco de José, Pat sacó la 38 y le disparó justo al cuello. La determinación de Pat impidió que su ex amante siguiera abusando de ella. José se desplomó, cayendo al suelo sin vida.

William y Danny entraron inmediatamente en la casa. La primera reacción de Danny fue llamar a la policía, pero el esposo de Pat hizo que colgara el teléfono de una vez. Éste no tardó en aconsejar a su angustiada mujer. Bueno, “aconsejar” podría ser un término bastante fuerte. En realidad, le dijo: “Piérdete de aquí”.

Pat agarró a sus muchachos y se los llevó adonde su mamá. Al regresar, se dio cuenta de que ya no había sangre en el piso de la cocina. Tampoco estaba el cadáver de José.

Mientras veía sorprendida cuán limpia estaba la cocina de su casa, los  pensamientos de Pat fueron interrumpidos por efectivos de la policía que estaban respondiendo el llamado de una vecina que había oído un disparo. Pat juró que en su casa no se había disparado ningún arma. Era obvio que alguien estaba equivocado o le estaba jugando una broma a la policía. Los oficiales se marcharon.

William confiaba plenamente en su amada. Había metido el cadáver en la maleta del auto del mismo occiso, un Chevrolet del año 73, donde permaneció durante cuatro días. El 29 de mayo, William sacó el vehículo y se dirigió hacia sur, con el cadáver de José aún en la maleta. Pat y Danny lo siguieron en el Plymouth  de ella.

Manejaron por cientos de kilómetros hasta que la chatarra de José se accidentó en Ashland, Kentucky. Los conspiradores alquilaron los servicios de una grúa y lograron llevar el auto averiado hasta las montañas de Virginia Occidental. Una vez allá, abandonaron temporalmente el Chevy y fueron a visitar a los tíos de Pat, Lucy y Herbert Dancy, en Coal City. Tras despedirse de sus parientes, Pat y los dos hombres compraron una lata grande de gasolina. Regresaron al lugar donde habían dejado abandonado el Chevy y le regaron la gasolina encima. Un fósforo hizo el resto. Pat, William y Danny se montaron en el auto de Pat y regresaron a Chicago.

El hedor que salía del auto abandonado llamó la atención de la policía. El 10 de junio, varios oficiales revisaron el auto y forzaron la maleta. ¡Bingo! Allí yacía lo que quedó de José.

Un médico forense preparó un odontograma de la persona que habían encontrado muerta. Les explicó a la policía que la víctima había sido maniatada con una correa
de cuero y que tenía dos o tres semanas de muerta. Aunque el cuerpo estaba en estado de descomposición total, la víctima tenía una mano fuertemente cerrada,
lo que permitió obtener las huellas dactilares.

Entretanto, le estaban realizando
un examen científico al Chevy.
Si bien le habían arrancado la placa, la policía consiguió el serial del vehículo. El auto pertenecía a un tal José Ramos, que vivía en Chicago. Ubicaron a Juanita Ramos, quien les dijo que su esposo se había ido de la casa el 25 de mayo y que no lo había visto desde entonces. Les explicó a los investigadores que José tenía un Chevy del 73 y les consiguió el número telefónico de su dentista, a quien le hicieron llegar el odontograma que habían realizado
en Virginia Occidental. La identificación resultó positiva: la víctima era su paciente José Ramos.

Ya que el cadáver había sido identificado, a la policía sólo le quedaba investigar quién llevaría a un muerto en auto hasta las montañas de Virginia Occidental. Juanita no podía ofrecer una explicación lógica de por qué el cadáver de su esposo había sido abandonado a más de 800 kilómetros de su casa en Chicago. Varias personas habían visto cómo el cacharro fue remolcado hasta el lugar donde lo encontraron. Nadie pensó que se tratara de algo inusual. Muchos vehículos son abandonados frecuentemente en esa zona montañosa.

Los detectives interrogaron a varios amigos y parientes de José. Estos les contaron sobre su relación con Pat. Finalmente contactaron a Pat, quien admitió que efectivamente había vivido con José, pero juró que no tenía nada que ver con su muerte. En el curso de la investigación, los detectives averiguaron que ella tenía unos familiares en Virginia Occidental, en una ciudad ubicada a escasos kilómetros del lugar donde hallaron el Chevy. Dieron con la localidad donde vivían los tíos de Pat, quienes, sin titubear, les contaron que ella les había hecho una visita sorpresiva. Herbet recordó la fecha: el 27 de mayo.

Es más, recordó muchas otras cosas. Explicó que había recibido una llamada telefónica de su sobrina Pat. Ella le contó que su auto se había averiado en Pemberton y que estaban viajando en dos vehículos.

Herbert sacó su auto y fue a encontrarse con Pat, luego que ella llegó a Coal City en un Plymouth. Estaba acompañada de su esposo William y el novio de su hermana, Danny. Los tres siguieron a Herbert hasta su casa en el Plymouth. Había sido una visita corta pero placentera. Pat explicó que tenían que marcharse para ver qué podían hacer por el Chevy que los había dejado accidentado. Eso fue lo último que Herbert supo de su pariente de Chicago.

A su debido tiempo, también ubicaron al hombre que manejaba la grúa. Él recordó que había remolcado un Chevy hasta las montañas. ¿Cómo podía olvidarlo?, si del auto salía un olor tan peculiar.

Como reza el dicho: “El crimen no paga”. Los detectives interrogaron a Pat por última vez. Ella presentía que acabaría en la cárcel. Sin embargo, narró todo lo que debían saber sobre el viaje fúnebre a Virginia Occidental. Declaró que estaba segura de que si ella no le hubiese disparado a José, él la habría matado a batazos.

En noviembre de 1982, Pat y William fueron sentenciados por homicidio voluntario;
los condenaron a 18 años de prisión. A Danny Anderson lo dejaron en libertad condicional.

Irónicamente, en 1987, cuando el estado de Illinois decidió revisar sus hacinadas prisiones a fin de depurarlas, dos de los prisioneros que fueron liberados antes de que cumplieran sus condenas fueron Pat y William Gil. No tenían cinco años tras las rejas cuando fueron puestos en libertad. l

Traducción: Sevio Viloria . Ilustraciones: David Márquez

davidmarquez@cantv.net

 

 
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