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Entre
paciente
y ginecólogo
Analía Roffo
Roberto Nicholson, uno de los más reconocidos
ginecólogos argentinos, comenta en esta entrevista acerca de las
relaciones que deben privar en el consultorio.
Usted, en 1961,
fue el primer ginecólogo que recetó pastillas anticonceptivas
en Argentina. Y, en 1986, hizo nacer a los primeros mellizos por
fertilización asistida. ¿Es exagerado pensar que conoce
como pocos el cuerpo y el alma de las mujeres?
"Bueno, llevo más de cincuenta años en la profesión
-que heredé de mi padre, Edgardo Nicholson- y creo que algo
he visto... No creo conocer a todas las mujeres, desde ya, pero
le diría que conozco bien dos tipos. Cuando empecé
a atender el consultorio, las mujeres eran personas muy tímidas.
Le cuento un caso emblemático, que le da la pauta de lo que
digo. Tenía una paciente de cuarenta años, a la que
había atendido en sus cinco partos y a quien veía
seguido. El marido la acompañaba a veces. Después
de tener los cinco chicos, me dice un día: 'Doctor, con mucha
vergüenza le vengo a contar que nunca tuve un orgasmo'. 'Ah
-le digo- en realidad la culpa es mía por no habérselo
preguntado a tiempo'. Pero lo cierto es que en aquella época
a las pacientes les costaba mucho hablar de estos temas y los médicos
no nos animábamos a preguntar. Tampoco el marido sabía
qué pasaba realmente, porque ella fingía sus orgasmos.
¿Se da cuenta? Aquella era la realidad del consultorio 50,
40 años atrás".
¿Y la actual?
"La mujer de hoy está mucho más confiada en sus
derechos, en la necesidad de ser respetada, en sus valores; sabe
defenderse. Antes era una especie de huérfana frente al médico.
Cuando el ginecólogo le decía: 'Usted se tiene que
operar', sólo preguntaba cuándo. Por eso, en el consultorio
(y en el mundo), el siglo XX fue una verdadera revolución
en cuanto a derechos. Es cierto que no todos los médicos
son hoy igualmente receptivos, pero mayoritariamente escuchan, sonríen,
buscan el consenso con sus pacientes".
Me hace acordar de una frase muy dura de Lacan:
"la mujer no existe". Más de una vez las mujeres
debían sentir, de acuerdo a como les iba en la consulta,
que para los ginecólogos eran sólo un útero
y dos ovarios.
"Entiendo ese sentimiento. Mi padre, por ejemplo, que era muy
comprensivo y tenía una enorme cantidad de pacientes gracias
a su sonrisa y su trato, si le indicaba a una mujer que debía
operarse y ésta oponía alguna resistencia, lisa y
llanamente le decía que se buscara otro ginecólogo.
Nunca estuve con él en la consulta privada, pero no creo
que haya admitido un no en sus decisiones. Y él no era una
mosca blanca, todos actuaban igual".
¿Cómo deberían poder
hablar un ginecólogo y su paciente?
"Mire, hay cosas básicas. Ese diálogo tiene que
estar enmarcado no sólo por el respeto sino por la libertad.
Insisto, la libertad de su cuerpo es la máxima conquista
social de la mujer en este siglo, porque el médico no tiene
derecho a imponerle un tratamiento. Yo me acuerdo que hace como
diez o quince años una doctora que hace fertilización
in vitro organizó un congreso e invitó a unos especialistas
australianos. Me sienta en la cabecera de la mesa junto con los
australianos y me dice: 'Qué suerte, Roberto, que tú
también pienses que todas las mujeres estériles deben
ir a fertilización in vitro. Yo me paro y le digo: 'Mira,
si tú crees eso de mí encuentra a otro para la cabecera,
porque yo estoy totalmente en contra de esa opinión tan machista'.
Nadie debe imponerle a una paciente un tratamiento. Yo creo que
la fertilización in vitro, a pesar de haber sido el iniciador
en mi país, es el último recurso de la reproducción.
Es imprescindible que las mujeres -y los hombres- conozcan y decidan
sobre una amplia variedad de caminos".
Usted está entrando en el terreno de
la ética, donde para recorrerlo, no sólo hay que defender
ciertos valores, sino tener tiempo. ¿Cuánto tiempo
tiene hoy el ginecólogo de un hospital para escuchar a su
paciente y mostrarle todos los caminos para tratarse?
"Yo fui jefe del servicio en el Hospital Churruca de Argentina.
Bajo un día a los consultorios externos y noto que, siendo
apenas algo más de las nueve de la mañana, ya habían
terminado de atender. '¿Pero cómo? ¿Ya han
terminado, tan temprano?', me alarmo. 'Sí', me dice uno de
los médicos, 'yo vi quince pacientes'. '¿Pero desde
qué hora?', sigo alarmado. 'Habré empezado a atender
a las ocho y cuarto, ocho y veinte'. 'Cuatro minutos por paciente',
deduzco. 'Sí, no se tarda más porque el examen es
muy rápido. Después le hago la receta y se va'. Y
así con todas, me explica. 'Desde mañana, el consultorio
se atiende de ocho a doce, y todo el mundo ve tres enfermas por
hora, de manera que ve doce pacientes por turno. Pregunten cómo
están el marido y los hijos, cuántos hijos tienen,
interésense por los problemas de la familia', exigí.
Es que ese contacto es muy importante para la mujer. Las que van
a un hospital tienen muy pocos interlocutores para hablar de su
salud y es imprescindible que el médico conozca dentro de
qué contexto se mueven. Yo sé que para los médicos
tampoco es fácil, pero, como sea, tienen que hacerse tiempo
para escucharlas".
¿La salud es mucho más que el
buen funcionamiento de los órganos?
"Por supuesto. Piense por ejemplo en la esterilidad, que es
el tema que más tiene que ver con la sexualidad. Yo, cuando
mandaba a una señora a vestirse luego de revisarla, hablaba
con su marido. Tomaba la hoja sexológica y anotaba los antecedentes
de él y todo lo referido a la sexualidad de ambos. Preguntaba
frecuencia, si llegaban al orgasmo, si no había dolor en
el acto sexual... A más de una pareja terminé dándole
una clase de educación sexual, pero eso era imprescindible
si yo pretendía ocuparme de la salud de manera integral.
¿Sabe? Yo creo que el médico tiene a Dios sentado
muy cerca. Y esa vecindad -y esa transferencia- lo obliga a un inexcusable
servicio. Entonces, tiene que tratar de adivinar todo lo que su
paciente no le quiere contar, pero que redunda en su salud. Muchas
mujeres hablan mucho y rápido, pero también esconden
cosas que les haría muy bien revelar".
¿En qué momento de su vida la
mujer es más frágil?
"Cuando se embaraza y cuando llega a la menopausia. Es imprescindible
que el médico -y la familia- puedan ampararla en esos dos
momentos clave. Suele ocurrir que ante el primer embarazo, el marido,
el médico y la familia están mucho más pendientes.
Luego, la protección se relaja, pero la mujer la sigue necesitando
como la primera vez. En el primer embarazo, el marido está
presente en todas las consultas. Se va con el grabador, filma la
ecografía, está enloquecido... ¿Le cuento una
anécdota?...".
Claro...
"Un actual gobernador (en Argentina) tiene una mujer a la que
yo iba a hacerle fertilización in vitro. Entro a la habitación,
los saludo a ambos, y cuando ella pasa a la sala de operaciones,
decido explicarle al marido que voy a tardar tanto tiempo. 'No,
se ha ido', me dice la enfermera. Lo llamé en seguida y le
dije que si no volvía inmediatamente no hacía la fertilización.
'Te has ido en el momento más crítico', lo increpé
y apareció en seguida. El no se daba cuenta de que su presencia
no era clave en el quirófano, pero sí afuera, esperando.
Es que en el matrimonio son dos, en las posibilidades de embarazo
son dos, en la vida son dos. Ese amparo que necesita la mujer en
cada embarazo y ante los cambios de la menopausia es algo que converso
obsesivamente con los maridos".
¿Una forma de amparar a las mujeres
fue recetarles en 1961 las primeras píldoras anticonceptivas?
"¡Por supuesto! Una de las bases de la bioética
es que el paciente es autónomo, dueño de su cuerpo.
En ese momento ya era claro para mí que si la mujer tenía
que tomar o ponerse un anticonceptivo, ella era la que indicaba
el método. Yo le podía sugerir, pero la decisión
estaba en ella y en su marido".
Usted es un reconocido católico militante.
¿Le fue fácil tomar la decisión de recetar
pastillas anticonceptivas?
"Yo me resistí muchísimo al tema. Mabel Bianco
de Neri, una médica a la que el tema de la planificación
familiar le importaba muchísimo, me vino a ver y me trajo
historias clínicas de las mujeres de una isla del país.
Empecé a leer: anémicas, un montón de hijos,
con parejas alcohólicas o promiscuas, diabéticas,
tuberculosas, desnutridas, con abortos, etcétera. Todas las
historias parecían calcadas. No pude más y llamé
a un sacerdote para que me aconsejara. Consulté y consulté.
Finalmente me entrevisté con el cardenal. Me habían
dado una entrevista por quince minutos y estuve cuatro horas hablando
con él...". Clarín.
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