- Brad Pitt, en los talones de Aquiles
- El Techo de la Ballena
- Cristina Aguilera al desnudo
- Camino al Oscar
 CRONICA
- Los pequeños matones de oficina
- Walter Mercado
- Retazos marroquíes
- La píldora anticonceptiva
- El triunfo de David Bisbal
- Antonia San Juan "No soy una cabra loca"
BELLEZA
- 10 maneras de salvar la piel
FAMILIA
- Hijos y padres
en el ring
SALUD
- Entre paciente
y ginecólogo
MODA
- Libre y natural
BAZAR
- Muy en el fondo
COCINA
- Atún: sano
y económico
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
 

Entre paciente
y ginecólogo

Analía Roffo
Roberto Nicholson, uno de los más reconocidos ginecólogos argentinos, comenta en esta entrevista acerca de las relaciones que deben privar en el consultorio.

Usted, en 1961, fue el primer ginecólogo que recetó pastillas anticonceptivas en Argentina. Y, en 1986, hizo nacer a los primeros mellizos por fertilización asistida. ¿Es exagerado pensar que conoce como pocos el cuerpo y el alma de las mujeres?
"Bueno, llevo más de cincuenta años en la profesión -que heredé de mi padre, Edgardo Nicholson- y creo que algo he visto... No creo conocer a todas las mujeres, desde ya, pero le diría que conozco bien dos tipos. Cuando empecé a atender el consultorio, las mujeres eran personas muy tímidas. Le cuento un caso emblemático, que le da la pauta de lo que digo. Tenía una paciente de cuarenta años, a la que había atendido en sus cinco partos y a quien veía seguido. El marido la acompañaba a veces. Después de tener los cinco chicos, me dice un día: 'Doctor, con mucha vergüenza le vengo a contar que nunca tuve un orgasmo'. 'Ah -le digo- en realidad la culpa es mía por no habérselo preguntado a tiempo'. Pero lo cierto es que en aquella época a las pacientes les costaba mucho hablar de estos temas y los médicos no nos animábamos a preguntar. Tampoco el marido sabía qué pasaba realmente, porque ella fingía sus orgasmos. ¿Se da cuenta? Aquella era la realidad del consultorio 50, 40 años atrás".
¿Y la actual?
"La mujer de hoy está mucho más confiada en sus derechos, en la necesidad de ser respetada, en sus valores; sabe defenderse. Antes era una especie de huérfana frente al médico. Cuando el ginecólogo le decía: 'Usted se tiene que operar', sólo preguntaba cuándo. Por eso, en el consultorio (y en el mundo), el siglo XX fue una verdadera revolución en cuanto a derechos. Es cierto que no todos los médicos son hoy igualmente receptivos, pero mayoritariamente escuchan, sonríen, buscan el consenso con sus pacientes".
Me hace acordar de una frase muy dura de Lacan: "la mujer no existe". Más de una vez las mujeres debían sentir, de acuerdo a como les iba en la consulta, que para los ginecólogos eran sólo un útero y dos ovarios.
"Entiendo ese sentimiento. Mi padre, por ejemplo, que era muy comprensivo y tenía una enorme cantidad de pacientes gracias a su sonrisa y su trato, si le indicaba a una mujer que debía operarse y ésta oponía alguna resistencia, lisa y llanamente le decía que se buscara otro ginecólogo. Nunca estuve con él en la consulta privada, pero no creo que haya admitido un no en sus decisiones. Y él no era una mosca blanca, todos actuaban igual".
¿Cómo deberían poder hablar un ginecólogo y su paciente?
"Mire, hay cosas básicas. Ese diálogo tiene que estar enmarcado no sólo por el respeto sino por la libertad. Insisto, la libertad de su cuerpo es la máxima conquista social de la mujer en este siglo, porque el médico no tiene derecho a imponerle un tratamiento. Yo me acuerdo que hace como diez o quince años una doctora que hace fertilización in vitro organizó un congreso e invitó a unos especialistas australianos. Me sienta en la cabecera de la mesa junto con los australianos y me dice: 'Qué suerte, Roberto, que tú también pienses que todas las mujeres estériles deben ir a fertilización in vitro. Yo me paro y le digo: 'Mira, si tú crees eso de mí encuentra a otro para la cabecera, porque yo estoy totalmente en contra de esa opinión tan machista'. Nadie debe imponerle a una paciente un tratamiento. Yo creo que la fertilización in vitro, a pesar de haber sido el iniciador en mi país, es el último recurso de la reproducción. Es imprescindible que las mujeres -y los hombres- conozcan y decidan sobre una amplia variedad de caminos".
Usted está entrando en el terreno de la ética, donde para recorrerlo, no sólo hay que defender ciertos valores, sino tener tiempo. ¿Cuánto tiempo tiene hoy el ginecólogo de un hospital para escuchar a su paciente y mostrarle todos los caminos para tratarse?
"Yo fui jefe del servicio en el Hospital Churruca de Argentina. Bajo un día a los consultorios externos y noto que, siendo apenas algo más de las nueve de la mañana, ya habían terminado de atender. '¿Pero cómo? ¿Ya han terminado, tan temprano?', me alarmo. 'Sí', me dice uno de los médicos, 'yo vi quince pacientes'. '¿Pero desde qué hora?', sigo alarmado. 'Habré empezado a atender a las ocho y cuarto, ocho y veinte'. 'Cuatro minutos por paciente', deduzco. 'Sí, no se tarda más porque el examen es muy rápido. Después le hago la receta y se va'. Y así con todas, me explica. 'Desde mañana, el consultorio se atiende de ocho a doce, y todo el mundo ve tres enfermas por hora, de manera que ve doce pacientes por turno. Pregunten cómo están el marido y los hijos, cuántos hijos tienen, interésense por los problemas de la familia', exigí. Es que ese contacto es muy importante para la mujer. Las que van a un hospital tienen muy pocos interlocutores para hablar de su salud y es imprescindible que el médico conozca dentro de qué contexto se mueven. Yo sé que para los médicos tampoco es fácil, pero, como sea, tienen que hacerse tiempo para escucharlas".
¿La salud es mucho más que el buen funcionamiento de los órganos?
"Por supuesto. Piense por ejemplo en la esterilidad, que es el tema que más tiene que ver con la sexualidad. Yo, cuando mandaba a una señora a vestirse luego de revisarla, hablaba con su marido. Tomaba la hoja sexológica y anotaba los antecedentes de él y todo lo referido a la sexualidad de ambos. Preguntaba frecuencia, si llegaban al orgasmo, si no había dolor en el acto sexual... A más de una pareja terminé dándole una clase de educación sexual, pero eso era imprescindible si yo pretendía ocuparme de la salud de manera integral. ¿Sabe? Yo creo que el médico tiene a Dios sentado muy cerca. Y esa vecindad -y esa transferencia- lo obliga a un inexcusable servicio. Entonces, tiene que tratar de adivinar todo lo que su paciente no le quiere contar, pero que redunda en su salud. Muchas mujeres hablan mucho y rápido, pero también esconden cosas que les haría muy bien revelar".
¿En qué momento de su vida la mujer es más frágil?
"Cuando se embaraza y cuando llega a la menopausia. Es imprescindible que el médico -y la familia- puedan ampararla en esos dos momentos clave. Suele ocurrir que ante el primer embarazo, el marido, el médico y la familia están mucho más pendientes. Luego, la protección se relaja, pero la mujer la sigue necesitando como la primera vez. En el primer embarazo, el marido está presente en todas las consultas. Se va con el grabador, filma la ecografía, está enloquecido... ¿Le cuento una anécdota?...".
Claro...
"Un actual gobernador (en Argentina) tiene una mujer a la que yo iba a hacerle fertilización in vitro. Entro a la habitación, los saludo a ambos, y cuando ella pasa a la sala de operaciones, decido explicarle al marido que voy a tardar tanto tiempo. 'No, se ha ido', me dice la enfermera. Lo llamé en seguida y le dije que si no volvía inmediatamente no hacía la fertilización. 'Te has ido en el momento más crítico', lo increpé y apareció en seguida. El no se daba cuenta de que su presencia no era clave en el quirófano, pero sí afuera, esperando. Es que en el matrimonio son dos, en las posibilidades de embarazo son dos, en la vida son dos. Ese amparo que necesita la mujer en cada embarazo y ante los cambios de la menopausia es algo que converso obsesivamente con los maridos".
¿Una forma de amparar a las mujeres fue recetarles en 1961 las primeras píldoras anticonceptivas?
"¡Por supuesto! Una de las bases de la bioética es que el paciente es autónomo, dueño de su cuerpo. En ese momento ya era claro para mí que si la mujer tenía que tomar o ponerse un anticonceptivo, ella era la que indicaba el método. Yo le podía sugerir, pero la decisión estaba en ella y en su marido".
Usted es un reconocido católico militante. ¿Le fue fácil tomar la decisión de recetar pastillas anticonceptivas?
"Yo me resistí muchísimo al tema. Mabel Bianco de Neri, una médica a la que el tema de la planificación familiar le importaba muchísimo, me vino a ver y me trajo historias clínicas de las mujeres de una isla del país. Empecé a leer: anémicas, un montón de hijos, con parejas alcohólicas o promiscuas, diabéticas, tuberculosas, desnutridas, con abortos, etcétera. Todas las historias parecían calcadas. No pude más y llamé a un sacerdote para que me aconsejara. Consulté y consulté. Finalmente me entrevisté con el cardenal. Me habían dado una entrevista por quince minutos y estuve cuatro horas hablando con él...".
Clarín.

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso