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Para desesperados
Claudia Messing asoma algunas recomendaciones:
Debe comprenderse que la tarea de construir nuevos modelos de
autoridad no es fácil, ni se puede volver a patrones
anteriores. La autoridad monolítica del patriarcado estaba
acompañada por un mundo jerárquico y predecible;
ahora dos adultos deben educar a los hijos en un mundo pleno
de incertidumbre
Los límites, cuando los hijos son pequeños, se
ponen con el cuerpo y la palabra. La primera contención
es la corporal. Cuando son un poco más grandes se les
debe pedir lo que se desea en forma directa, haciéndoles
participar en responsabilidades de acuerdo con su edad
Los padres tienen que intervenir en equipo, de lo contrario
es mucho más difícil. Ambos padres deben aprender
a incluirse mutuamente, aunque estén separados, e intervenir
en presencia del otro, moderando posibles excesos.
Perfil dictatorial
l
Tienen entre 3 y 18 años
l Muy inteligentes
l Egocéntricos,
egoístas, intolerantes y caprichosos
l Tienen todo lo que quieren
l No piden, sino que exigen
y amenazan
l Están acostumbrados
a que siempre les digan sí, y no aguantan un no
l Mandan en casa
l No conocen la frustración
ni están preparados para enfrentarse a ella
l Quieren estudiar para
ser
ricos
l Sus frases más
frecuentes son: "Como yo digo que es así, es así",
"lo quiero porque sí", "lo quiero ahora"
y "si no me dejas...".
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Hijos y padres en el ring
Adriana Gibbs
¿Quién manda a quién? Investigaciones recientes
señalan que los niños han tomado el control en casa. Los pequeños
dictadores son la nueva tendencia, resultado de la crisis de los
antiguos modelos de autoridad .
Claudio tiene
seis años, y cuando sus padres le dicen "no" a
alguna de sus solicitudes empieza a patalear sin rubor alguno. Al
pequeño, hijo de madre francesa, los conocidos le llaman
"Bonaparte", pues es un petit dictador. Bárbara
es una tirana de dos años, cuya madre se ve en la obligación
de perseguirla por toda la casa para que la pequeña chantajista
ingiera sus alimentos. Hernán, otro dictador de cinco años,
no permite que su progenitora dirija la mirada hacia otro lado que
no sea a él, recurriendo a ataques violentos en su defecto.
"Niño malcriado, vergüenza de los padres",
reza el refrán. Y, ciertamente, estas situaciones -cotidianas,
por lo demás- lo que ponen en evidencia es que el antiguo
autoritarismo de los padres ha sido cambiado por el de los hijos.
Consentidos que mandan en la casa, hacen lo que quieren y consiguen
lo que desean. Sus padres han perdido el control, llegándose
incluso a ver casos de hijos que les insultan, exigen y controlan
sus horarios. Están mal acostumbrados a recibir mucho sin
dar algo a cambio.
Se señala como un fenómeno de gran alcance en los
países occidentales. En la reciente investigación
realizada por Claudia Messing, Terapeuta Familiar y Directora de
la Escuela de Postgrado en Orientación Vocacional Ocupacional,
entre 154 jóvenes y niños, de clase media de Buenos
Aires (Argentina), en el 77% de los casos, el prototipo de mando
presente en la familia es el enfrentamiento de igual a igual entre
padres e hijos.
Investigando los modelos de autoridad en las familias, Messing advirtió
que en un porcentaje mayoritario (el 38%) son la madres las que
intentan poner límites a los hijos, pero al no contar con
la inclusión o intervención del padre, que permanece
distante o como amigo de los hijos, termina siendo expulsada. En
un 15% de los casos es el padre el que pide ayuda, pero como lo
hace de forma relativamente autoritaria, y no logra que la madre
lo apoye, también termina siendo rechazado.
El papel de los progenitores ha experimentado cambios en el tiempo.
La fluctuación oscila desde los estilos muy reglamentados
-dirigidos por adultos que controlan hasta las pautas de sueño
y alimentación de los pequeños- hasta los liberales
que ceden por completo a lo que quieran los infantes.
Asha Phillips, terapeuta infantil y autora del libro Decir no, opta
por una solución intermedia. Destaca que no existe el padre
perfecto. "La idea de que es probable satisfacer todas las
necesidades del niño y ahorrarle cualquier sufrimiento daría
lugar a una criatura infeliz y mal adaptada". Para la psicoterapeuta,
poner límites a los hijos les obliga a ajustarse, desde muy
temprana edad, a circunstancias inesperadas y, en consecuencia,
a buscar alternativas. "Gracias a la negativa, los hijos se
vuelven más flexibles y creativos, aprenden a negociar y
desarrollan sus capacidades emocionales", apunta.
Cuestión
de modales
¿Por qué los chicos han tomado el control en casa
y en qué momento dieron el golpe?, cabría preguntarse.
De acuerdo con Asha Phillips, "en la actualidad vivimos en
un período que no está dominado por un abordaje específico.
Esto provoca que muchos padres se sientan confusos". Para Messing,
el origen del problema se ubica en la sustitución de un modelo
de autoridad patriarcal donde el hombre mandaba, y las mujeres y
los hijos obedecían, por el modelo actual, donde hombres
y mujeres deben compartir la responsabilidad económica del
hogar y la crianza de los hijos. "Este nuevo paradigma, que
comienza a gestarse a partir del final de la Segunda Guerra Mundial,
con la inserción plena de la mujer en el mercado de trabajo,
ha permitido avances en cuanto a la cercanía en el trato
con los hijos y la flexibilización de los roles dentro del
hogar, pero todavía no se ha logrado consolidar un buen modelo
de diferenciación y contención para el crecimiento
de los hijos".
El aspecto negativo es que no se han logrado construir nuevos patrones,
capaces de contener eficazmente a los hijos. "Una de las razones
del fracaso en estos intentos es que los padres no han aprendido
todavía a intervenir en equipo. No quieren ser violentos
ni distantes, desean complacer todos los gustos de sus hijos, aun
a costa de grandes sacrificios", afirma Messing.
Una idea equívoca de la pedagogía ha logrado que los
jóvenes de hoy sean malcriados. "Pretendiendo criar
personas más libres, muchas veces se olvida que la educación
también supone el respeto por los demás", escribe
Guillermo Jaim en Revista, la publicación dominical del diario
La Nación.
Otro factor que ha jugado un papel relevante es el hecho del breve
tiempo que dedican los padres a sus hijos, por asuntos laborales.
En la mayoría de los casos, los padres caen en la trampa
de decir sí a todo para redimir equivocadamente su culpa.
Otro recurso para compensar esa falta de tiempo es "comprarlos"
con regalos, y eso no hace más que alimentar a esas "maquinitas
de adquirir cosas".
Se argumenta también que se debe a que los niños de
hoy son más competitivos. Años atrás, cuando
las familias solían ser más numerosas, los afanes
de liderazgo se atenuaban naturalmente. Lo que decían los
padres no se ponía en discusión. La dedicación
plena de la madre y la convivencia de varios hermanos en la etapa
de crecimiento, no era abono fértil para los niños
mimados.
Hay padres a los que les cuesta poner límites. No quieren
repetir los modelos familiares de su propia crianza ni tienen las
energías suficientes para enfrentarse a sus hijos. Por tratarse,
en algunos casos, de personas inseguras y con poca autoestima, desean
a toda costa ser aceptados por su prole y no confían en sus
propias decisiones ni en su capacidad para defenderlas. O también
puede tratarse de papás y mamás que tienen, entre
sí, opiniones distintas sobre un mismo asunto.
Diana Liniado, psicóloga infantil, explica que a veces no
se logra el establecimiento de normas porque se le pide al niño
más de lo que es capaz de respetar a una determinada edad.
Por ejemplo, exigirle un orden estricto en casa antes de los cuatro
años: "Hay que buscar el equilibrio, pues educar no
es subordinar ni someter", escribe en el site www.mipediatra.com
Hay consenso en lo siguiente: la mayor equivocación de los
padres es pretender evitar alguna frustración en el niño.
La verdadera educación consiste en enseñarle a superar
y manejar los fracasos, no en ahorrárselos. "Los chicos
que no conocen ese sentimiento se vuelven agresivos y responden
con una amenaza", declara la psicólogo María
Teresa Fraile, a la revista Cambio 16.
Padres
light
Como es de esperarse, el problema también se reporta en los
colegios. El pedagogo Jaime Barylko, autor del libro La revolución
educativa, ha dicho que ahora el niño se volvió el
gran dictador, y el docente, el esclavo del niño. "Tenemos
que volver a enseñar, y necesitamos el respaldo de los padres,
quienes en los últimos 30 años han menospreciado a
los docentes alcahueteando a los chicos", escribe. Para el
autor tal situación es resultado del excesivo permisivismo
de la sociedad contemporánea. "Hemos perdido la jerarquía
de los valores. Suena mal la palabra autoridad porque se la confunde
con autoritarismo. La diferencia es que al autoritarismo no se le
discute y a la autoridad sí", resalta.
Lo preocupante es qué clase de futuros ciudadanos se está
criando dentro de esta autoridad tergiversada. "Si estos pequeños
dictadores no son contenidos, se van a transformar en futuros violentos,
apáticos, fóbicos, desorientados y desmotivados. La
investigación demuestra que los chicos sin límites
en la infancia pueden tener graves problemas de conducta y de aprendizaje
en la escuela, tienen una adolescencia más conflictiva, se
desorganizan en la juventud, demoran mucho en alcanzar la adultez
y tienen un futuro poco promisorio", afirma Messing.
"El no poner ningún tipo de límites al comportamiento
del niño trae indeseadas consecuencias, pues dan lugar a
un niño que no tiene nunca 'suficiente', con exigencias cada
vez más elevadas. Estaremos pues ante un niño con
gran dificultad en postergar la satisfacción de sus deseos;
su autoestima quedará ligada a la posesión de cosas,
regalos; es decir, una alta dependencia de lo material", escribe
un especialista del portal www.psicologíainfantil.com
A poner límites
Que los padres sepan cuál es su puesto y cuál el de
sus hijos. A veces, los asuntos se van de un extremo a otro: del
no castigo al maltrato físico. Según cifras de Fundacredesa,
publicadas en septiembre de este año, 70% de las familias
utiliza el castigo en la crianza de sus hijos. La sanción
se refleja en maltratos físicos y psicológicos, o
a través de la negligencia.
"La disciplina va de la mano con la autoridad, pero no debe
confundirse con los gritos", advierte la psicóloga infantil
Josefina Cruz. "Lo que hacen los gritos es infundir temor y
desorganización al niño, y si se eleva el volumen
de voz para pedirle que atienda, no lo escuchará, porque
el miedo lo va a invadir. Imponer reglas es difícil, pero
los padres deben aprender a negociar con sus hijos; el castigo debe
estar directamente relacionado con la falta que se cometió".
Cuando los hijos son pequeños el límite debe ser corporal.
Los padres deben contenerlos físicamente sin recurrir a los
castigos o la violencia verbal; deben aprender a abrazar a sus hijos
con firmeza y cariño. "La palabra 'no', debe ir acompañada
del límite corporal para ser asumida. Y esto mismo debe ser
efectuado por la madre en ausencia del padre", describe Messing.
Las normas son necesarias para la convivencia familiar y la posterior
integración de los niños en la sociedad. "Son
útiles para los hijos porque les sirven de marco de referencia,
les facilitan la socialización y les dan autonomía",
escribe el especialista Javier Urra, quien explica que, a la hora
de establecer normas, debe tomarse en cuenta que no todas tienen
la misma jerarquía. Están las fundamentales, las cuales
son muy claras y de obligado cumplimiento. Una muestra es la postura
de los padres respecto a la violencia. En segundo lugar se encuentran
las importantes, las cuales deben cumplirse aunque admiten cierto
margen de negociación; por ejemplo, la hora de llegar a casa.
Finalmente están las accesorias que se caracterizan por regular
aspectos más circunstanciales, ser de valor educativo y fácilmente
negociables; como la referida a mantener la habitación en
orden.
La disciplina es un proceso continuo que debe iniciarse desde temprana
edad. "Los padres deben comportarse de forma coherente con
lo exigido, pues con el ejemplo también se enseña;
han de ser consecuentes con el modo habitual de hacer en casa. Es
normal que el niño quiera probar, con su actitud y conducta,
hasta dónde puede llegar y cuál es la reacción
de los padres si se sobrepasa el límite marcado. Es, en ese
momento, cuando hay que mostrarse firmes, pues si se cede, después
costará mucho más retomar el respeto por las reglas",
recomiendan en www.psicologiainfantil.com
Referencias
www.reforma.com
www.mipediatra.com
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Seis
claves
Precisión: Un
límite bien especificado dice a un niño exactamente
lo que debe estar hecho. No es lo mismo decir "Pórtate
bien" que "Habla bajito en la biblioteca".
Ofrecer opciones: La libertad
de elegir ayuda a reducir las resistencias en el niño.
Por ejemplo: "Es la hora de vestirse, ¿quieres
elegir tu traje, o lo hago yo?
Firmeza: En cuestiones importantes
es bueno aplicar el límite sin titubeos. Una voz segura
y una mirada seria y directa ayudan. "Para ser firme
se ha de creer que se hace lo correcto; de lo contrario, se
transmite poca convicción al pequeño".
Distancia: No es lo mismo decir
"Quiero que te vayas a la cama ahora" que "Son
las ocho de la noche, hora de acostarse"; cuando se personaliza
la orden se crea una lucha de poder con los hijos.
El porqué: Cuando se
entiende el motivo de la regla, hay más motivación
para obedecerla. Por ejemplo: "No muerdas a las personas,
pues eso les hará daño".
Control de emociones: No se
puede enseñar con eficacia si se es extremadamente
emocional. Delante de un mal comportamiento, lo mejor es llevar
un minuto de calma uno mismo, y después preguntar "qué
sucedió aquí".
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