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El silencio de la celda
Max Haines
¿Qué se puede hacer en el caso de los asesinos incurables que están
aislados en una celda solitaria por el resto de su vida?
Le
llamaban Hannibal el Caníbal, haciendo alusión a Thomas
Harris, el médico de ficción que fue inmortalizado
en la película El silencio de los inocentes. Su verdadero
nombre es Robert Maudsley. Nacido el 26 de junio de 1953, de un
padre que disfrutaba maltratando a sus doce hijos, Robert consiguió
la discutible distinción de ser el blanco de los maltratos
de su padre. Cuando todavía tenía menos de dos años,
las autoridades de Liverpool lo alejaron de sus padres y lo dejaron
al cuidado de unas monjas católicas en una institución
llamada La Casa de Nazaret. Siete años después fue
transferido al Departamento Infantil del Consejo de la Ciudad de
Liverpool.
En esas ocasiones en las que a los niños se les permite volver
a sus casas por breves períodos, el padre de Robert aprovechaba
para maltratar mental y físicamente a su hijo no deseado.
A los 16 años, Robert ya era un veterano de los tribunales.
Se le acusaba de allanamientos de morada con intención de
agredir, entre otros delitos.
En marzo de 1974, el chico fue encarcelado en un hospital mental
después de una sobredosis de drogas. Tras su liberación,
se dirigió a Londres, donde mató a su primera víctima,
el homosexual John Farrell. Obviamente el móvil era el robo.
Robert se entregó a la policía y fue condenado por
homicidio. Fue trasladado al hospital de Broadmoor, una institución
para delincuentes dementes.
En septiembre de 1976, Robert y otro paciente amigo, David Francis,
mantuvieron cautivo a un tercer paciente durante casi todo un día.
Le amenazaron con arrancarle los ojos. Dos meses después,
por razones que sólo él conoce, Robert se volvió
contra su antiguo amigo, David Francis, torturándole antes
de matarlo con un garrote. Por este asesinato, fue declarado culpable
y sentenciado a cadena perpetua. Según el juicio, Robert
fue considerado incurable pero, lo más importante, fue destinado
al sistema penal de justicia, en vez de ser clasificado como enfermo
mental. Este asesino incorregible fue encarcelado en la prisión
de Wakefield, una de las más duras de Inglaterra.
Nada podía parar a esta máquina asesina. Después
de estar en Wakefield sólo cuatro meses, Robert logró
hacer dos ataúdes con cartulina. Los forró con mechones
de pelo humano. Luego, apuñaló al interno Salney Darwood
hasta que éste quedo indefenso. El loco de Robert terminó
la tarea, atando a su víctima con una cuerda que había
preparado con antelación. Después del asesinato, tranquilamente
se lavó las manos para quitarse la sangre y salió
a hacer ejercicio. Al volver a su bloque de celdas, Robert aprovechó
unos momentos en que no estaba siendo supervisado. Se abalanzó
contra el interno William Roberts, apuñalándole repetidamente
en la cabeza y el estómago mientras el hombre estaba echado
en la cama. Aunque nunca fue verificado por los funcionarios de
prisiones, se corrió el rumor de que cuando se le encontró
con el cadáver de Roberts, se estaba comiendo parte del cerebro
de su víctima. De ahí el apelativo de Hannibal el
Caníbal.
Después de que Robert acabara con dos vidas en espacio de
unas horas, hubo varios intentos por rehabilitarlo pero todos ellos
fallaron. Básicamente se le consideró una amenaza
para el resto de los internos, el personal carcelario y para sí
mismo. A raíz de ello, fue incomunicado, una situación
en la que permaneció durante casi 25 días. Durante
esos años, Robert pasaba 23 horas al día en una celda
especialmente construida en la cárcel de Wakefield. La hora
que pasaba fuera de su celda la dedicaba a ducharse y a pasear en
un patio con paredes altas. Su lavabo y su cama estaban atornilladas
al suelo. Se le daba papel que usaba para escribir con un cartucho
de tinta. Una pluma normal se consideraba demasiado peligrosa.
Robert escribió muchas cartas, sosteniendo que su castigo
era inhumano. En 1983, apeló ante la Comisión Europea
de Derechos Humanos solicitando que se pusiera fin a su incomunicación,
alegando que era un "castigo cruel e inusitado". Su caso
fue considerado inadmisible y nunca fue oído.
Robert Maudsley, quien medía aproximadamente dos metros,
se sentó en su silla de cartón y escribió en
su mesa de cartón a quien quiera que quisiera escucharlo.
En 1999, escribió una destacada serie de cartas al London
Times, en las que intentaba explicar sus pensamientos más
íntimos. Tras sus cartas, el sistema correccional de Inglaterra
no pudo ignorar la candente cuestión de qué hacer
con las personas en la misma situación que Maudsley.
En
la actualidad, hay 26 internos en Inglaterra a los que se les ha
advertido oficialmente que nunca saldrán de prisión.
Uno de ellos, un tal Iam Brady, que ahora tiene 62 años,
ha suplicado a las autoridades en repetidas ocasiones que le otorguen
el derecho de morir. Brady, más conocido como "el asesino
de los Moors", fue condenado junto a Myra Hindley por tres
asesinatos y luego confesó haber cometido otros dos más.
Este infanticida lleva 35 años en la cárcel.
En su serie de cartas, Robert Maudsley reveló que en sus
casi 25 años de cárcel, nunca recibió ninguna
ayuda psiquiátrica. Preguntó si sería muy dañino
permitirle tener un cuadro en la pared o dejarle escuchar música
clásica.
Este último año, la Cámara inglesa de los Representantes
ha debatido el problema de los internos intratables que están
en celdas aisladas, y no reciben ningún tratamiento para
sus arraigadas enfermedades. La mayoría está de acuerdo
en que hombres del tipo de Robert Maudsley no pueden ser rehabilitados
y no deberían salir de la cárcel pero podían
recibir mejores tratos para evitar su deterioro. Robert, quien tiene
un índice de inteligencia extremadamente elevado, argumentó
que debido a su falta de contacto con el exterior, sus pensamientos
se hicieron totalmente introvertidos. Incluso se le está
yendo la voz, por falta de uso.
Extrañamente, la instalación más infame de
Inglaterra, el hospital Broadmoor, rara vez recurre al aislamiento
para controlar a sus pacientes, la mayoría de los cuales
son delincuentes dementes. Se les trata individualmente. Arguyen
que permitiendo a los pacientes relacionarse entre sí sobre
una base regulada estrictamente, hay muchos menos incidentes violentos.
Esencialmente, a Robert Maudsley se le dejó pudrir en su
celda en solitario. Nadie intentó nunca averiguar qué
efecto ejercía en él el aislamiento. En sus cartas
a The Times, él, como muchos otros prisioneros que han perdido
la esperanza, imploraba al sistema que lo mataran y resolvieran
así el problema.
En sus propias palabras: "Si alguien tratara a un animal así,
le encerrarían".
Sus palabras no cayeron en oídos sordos. Robert Maudsley
ha sido trasladado a la prisión de alta seguridad de Full
Sutton, cerca de York.
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