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El arte de llorar

Cerca de un tercio de los pacientes tratados por dolor también presentan episodios de depresión. Susan A. Smith

Durante mi primera sesion de terapia al comienzo de mi entrenamiento con R.D. Laing, me encontré explicando que no podía llorar. Había aprendido a suprimir las lágrimas el día en que entré en un internado a los ocho años de edad; me encontraba afligido por la pena de dejar a mi familia y con deseos de llorar a mares. Sin embargo, instintivamente necesitaba tapar mi vulnerabilidad. La mayoría de los otros muchachos parecían estar sufriendo algo similar. Esa noche, en el dormitorio, se podía oír algunos sollozos amortiguados con la almohada, pero no eran míos. Inhibir y distorsionar el flujo de la energía natural interna (no tenía palabras para eso en ese entonces, sólo podía sentirlo instintivamente) parecía ser lo único oportuno.

Extrañamente, luego se me hizo fácil revelar mis sentimientos en una que otra conversación sin sentir vergüenza. No me sentía abochornado al decir que tenía miedo o que echaba de menos a la familia, lo cual me salvó de convertirme en alguien completamente disfuncional en cuanto al manejo de sus emociones en una etapa posterior de la vida. No obstante, me negaba a mostrar mi verdad interna alejándome de cualquier área cercana a la zona del llanto. Era aplomo ante todo. Puedo sentir cómo los músculos de la garganta se tensan con sólo escribir sobre esto.

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde entonces. El haberme formado como terapeuta y como doctor en medicina oriental, haber vivido con los indígenas de Nuevo México, estudiando chamanismo, y mi entrenamiento como sanador por varios años, me hicieron una persona relativamente consciente de sí misma; aún así no podía llorar. Luego mi mentor, R.D. Laing, una figura parterna para mí, falleció y lloré por tres días y noches enteras. Me había dejado en herencia el don de mis propias lágrimas.

El llanto, al igual que la risa, es una función natural semiautónoma, que simplemente obliga al diafragma -el músculo que hace trabajar los pulmones- a soltarse, de modo que cuando se exhala se libera cualquier emoción intensa que se estuviera reteniendo en el pecho y el abdomen. Hace que se caigan las máscaras, hablando en sentido figurado, por lo que a menudo se considera inapropiado.

Dado que reprimirlo es desfavorable para usted en todos los niveles, lo mejor que se puede hacer, entonces, lo que es verdaderamente oportuno, es exhalar de manera consciente, botando el aire desde lo más profundo del abdomen. La inhalación viene sola inmediatamente después. Exhale todo el aire una vez más, diciéndose a usted mismo que está liberando el dolor. Repita el ciclo hasta que sienta cómo se relaja el pecho y se afloja la garganta. Luego actúe con normalidad hasta que pueda estar solo y llorar a lágrima suelta. l

FUENTE: GUARDIAN NEWS SERVICE. DERECHOS EXCLUSIVOS: EL UNIVERSAL. TRADUCCION TERESA LEON

 
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