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Enfrentar la menopausia

Cuando las cambiantes hormonas de una madre menopáusica se encuentran con las de su hija adolescente, inevitablemente, surge un conflicto. También hay una gran tristeza en la madre que pierde su fertilidad y su hija al mismo tiempo. Kate Figes

Mi menopausia coincide con la adolescencia de mi hija. Ella florece, mientras mi flor se marchita. Ella mira hacia una vida llena de nada más que promesas; yo miro hacia atrás las inevitables decepciones de la edad mediana. Ella sube con agilidad las escaleras, quiere zambullirse en su nueva sexualidad y sale a bailar toda la noche. A mí me empiezan a rechinar las coyunturas a medida que disminuye el estrógeno. La mayoría de las noches, estoy tan agotada que ahora mi mejor opción es irme a la cama.

Es inevitable que las hormonas y las expectativas polarizadas creen numerosas oportunidades para que surjan los conflictos. Ambas podemos ser increíblemente irritables en ocasiones, vagas y olvidadizas cuando estamos en el período premenstrual y, en consecuencia -como todas las madres y sus hijas adolescentes-, tenemos extrañas peleas. Pero el hecho de que ahora tengamos mucho más en común entre nosotras como mujeres, incluso aunque estemos en los extremos opuestos del espectro menstrual, es mucho más significativo. Además, si he de asumir una posición adulta al respecto (lo que puede ser difícil a mi edad), tengo que admitir que es la manera como me siento en cuanto a mí misma -vieja y aburrida-, mientras la veo convirtiéndose en una joven mujer, bella, capaz y segura, lo que crea un potencial campo minado. Yo soy la del problema, no ella.

A medida que maduran nuestros cuerpos, ambas nos preocupamos por cambios físicos microscópicos. Ella se lamenta por su "piel de gallina", ahora que la superficie de satén de la niñez se ha tornado gruesa con el crecimiento; cada diminuta mancha la siente tan grande como un faro. Yo miro con desprecio mi celulitis y la manera cruel que la mediana edad afloja cada pedazo de piel. Veo su bello cuerpo ligero, su abdomen firme y plano, y no puedo evitar sentir envidia por su voluptuosidad y lamentar lo que he perdido. Me siento mutando físicamente hacia la madre que tuve cuando era adolescente y me maravillo por el tacto y la delicadeza que muestra mi hija. Ella nunca dice nada.

La sensación de no tener nunca nada que ponerse no es exclusiva de las adolescentes. Encontrar el estilo correcto en estas épocas de gran cambio físico es difícil para las dos. ¿Subo por la escalera del estilo marcado por la edad con trajes y pantalones formales, o intento mantener la ficción de la juventud usando jeans y zapatos deportivos? Cuando vamos de tiendas juntas, ambas nos probamos docenas de ropas diferentes, tratando de encontrar el look correcto, y siempre terminamos comprando las mismas cosas: ella nunca tiene suficientes jeans ni diminutos tops; yo siempre necesito otro suéter negro que me favorezca. Asimismo, en lo que respecta al sexo, ninguna de las dos sabe qué hacer o qué decir. Ella apenas comienza a tantear el camino con los chicos; yo veo mi cuerpo, que cada vez me hace sentir como que no tiene nada que ver con mi yo real, y me pregunto quién en la Tierra podría desearlo si mi feliz y estable matrimonio fracasara.

La adolescencia y la mediana edad también siguen cursos similares en formas más profundas. Ambas estamos en una encrucijada. Ella puede ver su vida extendiéndose frente a sí, y tiene que pensar seriamente sobre lo que quiere hacer con ella, lo que no significa que ahora esté consciente de cómo la decisión equivocada podría llevarla por un camino incorrecto. Yo contemplo el tiempo que me queda a medida que los hijos comienzan a necesitarme menos y me pregunto qué haré con estos preciosos años.

Inevitablemente, a los 46, me lamento de varias cosas y tengo sueños que he querido alcanzar que ahora, quizás, nunca se cumplan. Luego veo a mi hija con tanta vida por delante y no es que la envidie, sino más bien que no quiero que malgaste un solo momento. Quiero que su vida sea más rica que la mía y por ello corro el riesgo de que me acusen de ser una madre fastidiosa.

Ambas hemos descubierto la forma de expresar lo que sentimos, lo que puede ser irritante. Ella es, lógicamente, apasionada e idealista sobre el mundo y le gusta probar sus alas críticas. También siente que ha recibido el don divino de hablar o hacer preguntas mientras estoy viendo las noticias o interesada en programas sobre el arte o la cultura. Yo ahora abochorno a mis hijos cuando hablo con los encargados de las tiendas y peleo con la gente que me molesta. La vida parece, simplemente, demasiado corta ahora como para abstenerse de disfrutar de este privilegio y ya no me importa lo que los demás piensen de mí; no mucho.

También me siento regañona por primera vez en mi vida. ¿Por qué a la mediana edad de repente he comenzado a dar importancia a cosas como la limpieza, el aspecto de la casa y si el cuchillo de la mantequilla va a la mermelada? Mi hija no cree que estas cosas importen. Yo no solía pensar que importaran. No es que ella sea desordenada (lo es, pocos adolescentes no lo son), es más bien la manera en que su desorden me hace sentir mucho mayor de lo que quiero ser, porque este tipo de banalidades surge en la conversación como solía surgir con mi propia madre y mi abuela cuando yo tenía su edad.

Sin embargo, tengo una abrumadora sensación que es sólo mía: la aguda tristeza de perder mi fertilidad al igual que la hija que he amado más que a la vida misma. Mientras mi hija experimenta las grandes ganancias de convertirse en una mujer joven con la pérdida de la infancia, yo simplemente tengo pérdidas: de la juventud, de energía y -lo más importante- de mi pequeño querubín que es ya demasiado grande como para sentarla en mi regazo. Por primera vez en los 15 años como mamá no siento esa sublime conexión umbilical. Ella es mi hija y la amo apasionadamente, pero ya no la siento como la carne de mi carne. Todo ha pasado tan rápido. Ambas podemos ser emocionalmente volátiles, pero soy yo la que usualmente llora en la casa, no la niña.

Los años que pasé investigando el desarrollo del adolescente para mi libro The Terrible Teens (Los terribles adolescentes) me han ayudado. Ahora reconozco el típico comportamiento del adolescente y hago menos esfuerzos infructuosos para desafiarlo -aunque en ocasiones pierdo la calma, exasperada por el desastre, por la manera en que me siento tan vieja y aburrida al lado de su vibrante juventud y belleza-. Pero hay también nuevos e inmensos placeres al verla convertirse en una mujer, llena de confianza, ambición y amabilidad. Mientras siento que mis horizontes mentales se contraen con la edad, necesito que ella me rete con el vibrante y apasionado idealismo de la juventud. Quizás me haga recordar que debo mantenerme joven de espíritu; siempre quise pasar más tiempo en el jardín. l

 
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