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Definitivamente mi genética no es
hereditaria. Suena loco, pero es cierto e irrefutable, sobre todo
después del nacimiento de Tomás Guillermo, que no
es tanto lo que se parece a su papá, y es idéntico,
sino lo que no se parece a mí, pero en nada. Esta circunstancia
que me hace ser una estupenda hacedora de muchachitos idénticos
a sus padres (es así, porque lo de Alejandra no es más
que mimesis, cuando nació era su papá clavada) debo
admitir que me resulta, mínimo, desconcertante. Uno se queda
viendo su carajito luego de nueve meses soñando con él,
engordando por él y teniendo náuseas por él
y no lo puede creer. Y encima todo el mundo, simpatiquísimo,
te lo dice en el acto y con signos de admiración: ¡Es
la fotocopia del padre! Tan bello. Aunque el hecho es innegable,
una tendencia ancestral, digo yo, produjo en mí y en toda
la familia materna de Tomatito un curioso efecto. Todos nos dedicamos
como locos a buscarle al pobre angelito un rasgo, un detalle, lo
que fuera que nos permita afirmar que sí es nuestro. Y ahí
nos tenía usted exclamando ¡Sí, claro, idéntico
al padre, pero el dedito meñique es Montañés
total! ¡Bueno, sí, igualito a su papá, pero
el pie izquierdo es Chalbaud estricto! ¿Y la sonrisa, le
viste la sonrisa? ¡Pone la boca como su mamá! En fin
que así nos pasamos el primer mes y el segundo y, no sé
si es que el niño es tan buena nota que le dio por complacernos
o las puras ganas de verlo así, pero lo cierto es que ahora
le andamos viendo los ojitos achinaditos. Oh, maravilla. El muchacho
tiene los ojos chinos, chinos como nosotros, porque por el lado
paterno ¿de dónde? ¿O me van a decir ahora
que Gengis Khan se echó su pasadita por Polonia y dejó
un gen tan potente que le vino a salir a mi hijo? Qué va,
ese chino es nuestro. Díganme que no es para reírse.
¿Cómo que chino como nosotros?, ¿chino de dónde?,
¿de parte de quién? Es gracioso porque, claro, esos
ojos "chinos" los tiene mi mamá y varios de mis
tíos y primos y abuelos maternos. Pero nosotros no venimos
de China, para nada, sino de un lugar mucho más cercano llamado
Mérida, y, por lo tanto, esos ojitos rasgados no son de chino
sino de indio ¿o no? Lo digo porque siempre me ha parecido
insólita esa manía de llamar chinitos a todos los
venezolanos a los que se nos nota el indio, porque como que no nos
gusta y hasta nos suena feo tener ascendencia indígena. Mi
mamá siempre estuvo orgullosísima de venir de los
indios, tanto que perdió una herencia por andar discutiendo
con un primo sobre la posibilidad de tener una abuela o bisabuela
india en la familia, cosa que ella aseguraba y él rechazaba
con furia. Es más, este primo-tío llegó a decirle
que los ojos "chinos" de mi mamá le venían
más bien por su lado francés, de quién sabe
qué época en la que los mongoles habían invadido
Francia, "pero los Chalbaud no somos indios ni de broma".
¿No es patético? ¿Por qué será
que los venezolanos puede que digamos "ay, tan bello mi negrito"
pero "tan bello mi indiecito" nunca? Es terrible que no
estemos orgullosos de nuestra herencia indígena tanto como
lo estamos de la europea y de la negra. Terrible porque ahí
está y es innegable y qué bonito y ¿cuál
es la pendejera del complejo? y qué sabroso poder uno gritarle
al mundo con orgullo que se es el fruto de todas esas razas preciosas.
Yo, al menos, aquí voy. Mi muchachito tiene los ojos aindiaditos,
como mi familia. O eso quisiera yo. l
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