| Asesinato en mi ciudad natal
Ruth Dean lo tenía todo, menos un compañero . Max Haines
Dicen que nunca se puede regresar al hogar, pero heme aquí, en mi pueblo natal, Antigonish, Nueva Escocia, en Canadá, mirando fijamente el majestuoso edificio blanco de la corte, donde tuvo lugar el famoso juicio contra Henry Davidson, exactamente, el 13 de octubre de 1897.
Decidí recorrer los 30 kilómetros hasta Tracadie, donde ocurrió el asesinato. No todos los días una víctima de asesinato implora por la vida de su verdugo antes de morir.
Me detuve en pleno campo y dejé que la brisa de la Bahía de St. George me acariciara el rostro. Solo, cerré los ojos y escuché. Sí, ahí estaba: la música de violín aún se escuchaba después de tantos años; las faldas de las hijas de los granjeros revoloteaban mientras ellas se movían a lo largo de la plataforma; rudos y toscos pescadores de langostas bebían furtivamente tragos de un ron oscuro y fuerte que sacaban del bolsillo del pantalón. Henry Davidson levantó su pie derecho al compás de la música. Pequeñas nubes de polvo ascendían del piso de madera como si estuvieran sincronizadas con el ritmo musical.
Todos en el picnic por la celebración del Día del Trabajo sabían que nadie podía llevar mejor el compás de una melodía que Henry Davidson. El tranquilo pescador de langostas de 34 años no solía beber tanto, pero ese día era distinto. Henry tenía una botella en el bolsillo. Toda la tarde había bebido.
Cuando cayó la noche, las festividades concluyeron. Henry estaba borracho, aunque no tanto como para no cuidar de su posesión más apreciada. Le entregó su violín a Ned Myett para que estuviera seguro antes de volver a casa con sus amigos. En el camino de regreso, compraron otra botella.
Henry Benoit, de 25 años, y Charlie Bowman, de 28, eran dos de los mejores amigos de Davidson. Juntos, los tres hombres andaban pesadamente por el camino. Henry pasó la nueva botella mientras caminaban. Tiempo después, Benoit y Bowman sostenían a Davidson entre ellos.
Después de caminar cerca de un kilómetro y medio desde el sitio del picnic, llegaron a la casa de Mary Delory, donde Davidson se hospedaba. Ned Myett ya estaba allí. Había llevado a casa el violín de Davidson. Mary y Davidson mantenían una relación cordial. Una de las hermanas de Davidson estaba casada con el hermano de Mary. Cuando el esposo de Mary se fue a trabajar a Estados Unidos, Davidson se mudó a una habitación que tenían desocupada.
Los dos hombres ayudaron a Davidson a sentarse en una silla; habían imaginado correctamente que su amigo apenas podía mantenerse en pie. Luego lo llevaron a su habitación. Benoit salió y pasó el tiempo sentado en una verja, esperando a Bowman, quien había entrado de nuevo al cuarto para quitarle los zapatos a Davidson.
Benoit escuchó un disparo. Corrió a la puerta de la casa. Allí encontró a su amigo Charlie Bowman. Charlie caminó unos pocos pasos en su dirección y cayó al piso. Mary Delory salió corriendo de la casa. Ned Myett había salido a toda velocidad de la casa cuando escuchó el tiro. No presenció el disparo ni vio a Bowman caer de bruces.
Fue allí, frente a Mary Delory y Henry Benoit, que Charlie haría su dramática declaración. “Dios mío, Henry Davidson me disparó. Dios lo ayude. Espero que no sea colgado por esto. No creo que lo hiciera a propósito”.
Charlie miró a su amigo y pidió la presencia de un sacerdote. Cuando Benoit intentó cumplir su deseo, Charlie le imploró: “Por Dios, no me dejes”. Benoit le replicó: “Si quieres ver al sacerdote, tengo que dejarte un rato”. El herido estuvo de acuerdo.
En compañía de Mary Delory, Benoit fue a buscar el cura de la parroquia, el padre Michael Laffin. Mientras pasaban por detrás de la casa, vieron a Davidson arrastrándose por la esquina. Benoit le preguntó: “¿Le disparaste a Charlie?”. Davidson contestó: “Oh, no”, y siguió arrastrándose. Entonces Benoit mandó a otra persona a buscar al padre Laffin.

Los vecinos, junto con Mary Delory, Benoit y el padre Laffin, transportaron a Charlie hasta dentro de la casa. Después de recibir los santos óleos de la iglesia católica, Charlie Bowman murió. Una hora más tarde, el juez de paz del condado de Antigonish, Placide Delorey, llegó
a la escena. El disparo que había cegado la vida de Charlie Bowman pasó por la puerta trasera de la casa.
Un hoyo, rodeado de quemaduras de pólvora, era una sólida evidencia en cuanto al recorrido de la bala.
Dentro de la habitación de Davidson se encontró una escopeta de cañón doble; uno estaba vacío y el otro cargado.
Al día siguiente, Davidson fue detenido mientras intentaba entrar a su habitación. Fue enviado a la cárcel de Antigonish. El 13 de octubre de 1897, Henry Davidson fue enjuiciado por el asesinato de Charlie Bowman.
El juicio fue extraño por muchas razones. Davidson, quien había estado ebrio, no tenía el más mínimo recuerdo de haber disparado a su amigo. Tampoco tenía un motivo. La bala había sido disparada a través de una puerta. El asesino no pudo ver a su víctima. Por último, lo más importante, teníamos la declaración de la víctima: “Dios mío, Henry Davidson me disparó. Dios lo ayude...”.
Nadie tenía ninguna duda de que Davidson había disparado el arma que acabó con la vida de Charlie Bowman. El punto crucial era si la declaración incriminatorio del hombre que agonizaba sería aceptada como evidencia. El juez James MacDonald dictaminó que la declaración del moribundo era admisible, por lo que el jurado aceptó la declaración de Charlie Bowman.
Todo había terminado para Henry Davidson. Aunque había evidencia de que Davidson estaba enojado con Benoit, no Bowman, y que no tenía intención de matar, fue encontrado culpable de asesinato. Muchos creyeron que culpable de homicidio involuntario habría sido un veredicto más justo. Fue un año después, el 11 de octubre de 1898, que el juez Wallace Graham sentenció a Davidson a morir en la horca el 13 de diciembre.
En la localidad, mucha gente sentía que Davidson no debía ser sometido a la pena capital. Un total de 433 ciudadanos prominentes del condado de Antigonish firmaron una petición en la que suplicaban por la vida del condenado. El periódico del pueblo, Casket, defendió la causa de que se le perdonara la vida a Davidson, al tiempo que destacaba los detalles sobresalientes del caso. El hombre estaba borracho como una cuba, no tenía motivos, había sido un excelente ciudadano antes del disparo y el propio moribundo había declarado que Davidson no había querido matarlo.
La sentencia de Davidson fue cambiada a cadena perpetua. El 26 de noviembre fue transferido a la Penitenciaría Dorchester. Cuando ingresó allí era un hombre delgado y demacrado. Casi de inmediato fue confinado al hospital. El informe del médico fue clave para conseguir su liberación por motivos humanitarios, después de estar preso cuatro años y ocho meses. Falleció el 16 de febrero de 1937.l
Traducción: José Peralta.
Ilustraciones: David Márquez
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