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Cuando estaba pequeña, la mayor de mis hermanas siempre decía que al crecer y tener dinero pagaría para que le hicieran dos cirugías: una que le redujera sus orejas —que detestaba— y otra para “taparse”el ombligo —un nudo inútil, aseguraba—. Imaginaba entonces que teniendo plata nada la obligaría a cargar con las partes de su cuerpo con las que no se sentía a gusto —¿quién puede pensar que un ombligo es bonito?
En aquella época —hace más de 35 años— poco se hablaba de cirugía plástica, y las intervenciones estéticas que se conocían y publicitaban eran las que practicaban a los artistas, para rebajar una nariz pronunciada y mejorar el perfil (aspiraban algunos) o para estirarle la cara a una actriz y permitirle que siguiera interpretando papeles de niña buena en las telenovelas. Eran casos excepcionales —pensábamos—, si acaso extravagancias accesibles a unos cuantos privilegiados. En el universo reducido de una niña de entonces sólo podían concebirse así: como sueños. Fantasías. Ilusiones de adolescente.
Hoy en día es distinto. Los refrescamientos, liftings, liposucciones, rinoplastias y, sobre todo, mamoplastias son más populares que las vacunas antigripales, y aunque aún no se conocen operaciones para esconder el caduco nudo en el medio de la barriga —¿quién dice que no habrá algún loco al que se le ocurra?—, la verdad es que muchos consideran que el ombligo es atractivo y hasta sexy, al punto de adornarlo con ganchos y alfileres vistosos y —de manera especial— costosos.
Y si la cirugía plástica es algo normal y apreciado, más aún lo es el cirujano. Una suerte de mago o alquimista, que de personaje raro, lejano e inalcanzable (en gran parte por lo costoso), se ha trocado en alguien cercano. Familiar. Se ha convertido en un personaje tan conocido que en materia de afectos y confianza, en algunos casos, logra desplazar de su altar al psiquiatra o al pediatra —a quien, por cierto, se le entrega lo más sagrado: la salud de los hijos. Ni siquiera la antigua figura del médico de cabecera gozó de tanta ascendencia como la que detenta el cirujano plástico en nuestros días.
No puede ser de otra manera, a juzgar por lo que dice, quien asegura que por lo menos la mitad de las mujeres de este país se “ha hecho” el busto, y la otra mitad quiere hacérselo.
Si una mujer entrega a un extraño sus pechos (algo tan intrínseco a su esencia), de manera automática ese extraño pasa a formar parte de su círculo íntimo. Se transforma en una criatura todopoderosa a quien se le confían los secretos más recónditos del cuerpo, las más inconfesables imperfecciones que refuerzan la baja autoestima. De ahí en adelante, la relación se estrecha.
Cuando se termina la reconstrucción del busto (superado el primigenio temor a la intervención quirúrgica y sus resultados) empieza un proceso interminable. Habrá que eliminar la barriga que se resiste a los ejercicios o el ligero morro en el tabique nasal que antes no estorbaba o las líneas de expresión que ya comienzan a expresarse o… Siempre hay una excusa para que en medio de una consulta “de mantenimiento” —como se conocen las visitas periódicas que se hacen al cirujano— se descubra una que otra anomalía que una vez “corregida” ayuda a sobrellevar el día a día. Sobre todo cuando los hijos crecen, los maridos se distancian, se van o no existen, las asentaderas se caen y las carnes se aflojan, cuelgan y se mecen como en ganchos de carnicería.
Para muchas, la visita al cirujano equivale a una terapia con el psicoanalista, con la diferencia que los resultados se ven más rápido. Por eso es que hay mujeres, como mi amiga Lissette, que no se cansan de ensalzar las virtudes de ese profesional.
—Adoro a Rafael —así se llama su cirujano. Ese es el hombre de mi vida. El que mejor me ha tratado y el que más feliz me ha hecho. l |