| ¿Homicidio por misericordia o asesinato?
El debate en torno a la eutanasia
se remonta décadas atrás
¿Se justifica la práctica de la
eutanasia bajo cualquier
circunstancia? Examinemos
algunos casos de eutanasia
en que ciudadanos normalmente respetuosos de la ley se tomaron
las cosas en sus manos.
Los buenos vecinos de Pittsfield,
Massa-chusetts, sentían un gran
respeto por el abogado Noxon.
Debido a una parálisis infantil,
John usaba dos bastones para
caminar. El incansable jurista,
quien trabajaba por la comunidad,
había superado muchos obstáculos
para obtener su título de abogado.
A medida que su práctica prosperaba,
se acostumbró a los atributos del poder.
Se casó y se mudó a una casa grande y lujosa. En 1942, los Noxon se sentían alborozados por estar esperando un nuevo miembro de la familia. Su dicha cambió
a una desesperación controlada cuando, a comienzos de 1943, la señora Noxon
dio a luz a un niño con el síndrome de Down, a quien bautizaron Lawrence.
Al principio, la muerte del infante a los seis meses de edad fue considerada
un terrible accidente. La policía recibió una llamada de John, quien les avisó
que su hijo había sido electrocutado por accidente. Cuando llegaron a la residencia de Noxon, John estaba histérico. Explicó que estaba reparando su radio, el cual estaba encendido. Salió de la habitación sólo un momento. El niño había gateado desde su cuna abierta y tocó un cable, que ahora estaba a plena vista a un lado
del cuerpo del bebé.
John continuó su explicación: “La corriente eléctrica del tomacorriente de la pared, llevada a un alto voltaje por el transformador del radio, significó la diferencia entre
vida y muerte para mi pobre niño. Sólo con que el aparato no hubiera tenido ese voltaje debido al transformador, estoy seguro de que hubiese sufrido poco más
que una fuerte conmoción”.
La historia de John satisfizo a la policía al principio, pero los investigadores experimentados a veces tienen corazonadas. Una autopsia reveló lo que los detectives ya sabían.
Lawrence había muerto a consecuencia de una potente descarga eléctrica. Se pidió
la ayuda de un ingeniero eléctrico para el caso. Le dieron la oportunidad de estudiar el lugar en que la muerte había tenido lugar, así como el cuerpo de Lawrence, antes de que el infante fuera enterrado. Llegó a la siguiente conclusión: “El niño ha debido estar mojado y en contacto con una gran cantidad de metal para absorber una descarga de tales proporciones”.
Esto contrastaba marcadamente con lo que habían observado los primeros oficiales que llegaron al lugar. Lawrence vestía un camisón de dormir seco y se encontraba sobre una alfombra gruesa, mientras que el letal cable se encontraba a centímetros
de su mano.
Armados con una orden de cateo, los investigadores, en compañía del ingeniero eléctrico, entraron en la residencia de los Noxon mientras John estaba afuera.
Después de una meticulosa inspección encontraron una sartén de metal quemada
en el sótano. La sartén era tan larga como el pequeño Lawrence. Dentro de un incinerador de gas descubrieron lo que quedaba de un pañal de bebé, una diminuta pijama y un poco de cable. Acababan de concluir la inspección cuando John regresó a casa. Apenas vio la sartén quemada, confesó.
John explicó que ya no podía soportar la lastimosa condición de su hijo. Le había puesto al bebé un pañal mojado. Amarró el cable a uno de los bracitos de Lawrence
y lo colocó sobre la sartén, que había sido colmada de agua.
El cable estaba conectado con el transformador de alto voltaje del radio, el cual
estaba conectado directamente por otro cable con un tomacorriente en la pared.
“Mi hijo no sintió nada”, dijo John. Después de que Lawrence murió, retiró
la evidencia incriminadora y cambió el pañal del infante.
John Noxon fue arrestado y acusado de asesinato. Lo encontraron culpable e, irónicamente, lo sentenciaron a morir en la silla eléctrica. Sin embargo, después de pasar dos años en el grupo de los sentenciados que aguardan la ejecución de su pena capital dentro de la Prisión Estatal de Massachusetts, su sentencia fue conmutada a cadena perpetua.
Lester Zygmanik
Lester Zygmanik adoraba a su hermano mayor, George. Los dos vivían en Perrineville, Nueva Jersey. Nunca habríamos sabido de los hermanos si Lester no hubiera matado a George.
Cuando George se casó y tuvo un hijo, la estrecha relación entre ambos hermanos continuó. Lester mimaba a su pequeño sobrino. En el verano de 1973, George salió
a dar un paseo en la motocicleta de un amigo. Rechazó el ofrecimiento de un casco. La motocicleta se salió de control debido a una irregularidad en la vía y se estrelló contra un poste telefónico. El pobre sufrió múltiples heridas. Fue sometido a operaciones de emergencia. Los médicos dijeron que nunca volvería a caminar.
Le indicaron a la familia que si sobrevivía, lo más seguro era que tendría que vivir
el resto de su vida en un medio hospitalario.
Cuando recuperó el conocimiento, George apenas pudo murmurar, “Quiero morir, quiero morir”. Toda la familia Zygmanik quedó devastada. El padre de los hermanos había muerto cuatro meses atrás. Lester visitó a George en el hospital. El hermano que él conocía ya no existía. Tenía tubos adheridos por todas partes y le habían puesto vendas en gran parte del cuerpo. Sin embargo, podía ver. Logró hablar.
“Tú eres mi hermano”, dijo. “Quiero que me prometas que me matarás. Quiero
que lo jures ante Dios”.
Allí, a un lado de su cama en el hospital, Lester juró ante Dios que mataría al
hermano que adoraba. Lester fue a casa y quitó con una sierra la culata de su escopeta. Regresó al hospital. Más tarde narró lo ocurrido. Le dijo a George,
“Estoy aquí para terminar tu dolor. ¿Es eso lo que quieres?”. George, quien
en esta ocasión no podía hablar, asintió con la cabeza.
Lester continuó: “Luego puse el cañón contra su sien y halé el gatillo”. Se entregó
de inmediato y fue acusado del asesinato de su hermano. El 5 de noviembre
de 1973, un jurado de Nueva Jersey lo encontró inocente.
Carl Paight
El sargento Carl Paight, del departamento
de policía de Stamford, acababa de ser sometid
o a una compleja operación. Al doctor William
Smith le tocó la desagradable tarea de informar
a la familia Paight que al apreciado policía
le quedaban menos de seis meses de vida.
Paight sufría de cáncer, el cual se estaba propagando rápidamente por su cuerpo.
La hija de 21 años de Paight, Carol, miró
a su padre, quien aún no había recuperado
el conocimiento después de la intervención.
No podía creer que le aguardaran seis
meses de agonía, después de lo cual
le sobrevendría la muerte.
Carol corrió desde la habitación del hospital, saltó al auto de la familia y se alejó rápidamente. Cuando varios oficiales, quienes eran compañeros de su padre, escucharon de la reacción de Carol ante la devastadora noticia, temieron por su vida.
Se dirigieron a la residencia de los Paight y encontraron ropa tirada sobre el piso. Era obvio que Carol había estado buscando el revólver de servicio calibre 38 de su padre. Presentían que la hermosa estudiante pudiera estar pensando en quitarse la vida, aunque no la hallaron en ninguna parte de la casa.
La policía radió la descripción de la joven en un intento de detenerla, pero nadie esperaba que se presentara en el hospital de Stamford.
Carol le disparó a su padre en el rostro y la arrestaron de inmediato. La trágica muerte fue investigada por los amigos cercanos de su padre. Muchos de ellos la conocían desde su nacimiento.
En febrero de 1950, Carol Paight fue enjuiciada en Bridgeport, Connecticut.
Fue encontrada inocente por locura temporal.
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