en la intimidad de su hogar |
MANUEL CABALLERO
Asegura que el campo es el asiento de la violencia, mientras las urbes resguardan la libertad y el verdadero impacto de la solidaridad social
Por Johan M. Ramírez
Foto: Natalia Brand
"La libertad sólo existe en la ciudad"
Es Premio Nacional de Periodismo 1979 y de Historia 1994, Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela y Miembro correspondiente de las de España y Guatemala. Vivió en Estados Unidos como Fulbright Visiting Scholar. Es PhD por la Universidad de Londres y su tesis doctoral fue publicada por la Universidad de Cambridge (primer venezolano en lograrlo en los 450 años de la editorial). Fue profesor en la Universidad de Nápoles y conferencista en Oxford, Carlos III de Madrid, Sorbonne, Harvard, Florida, México, Bogotá, Quito y Santo Domingo. Autor de más de 50 libros, es Profesor Titular jubilado de la UCV, donde fue director de la Escuela de Historia. Quizá esto parezca la solapa de un libro, pero bien vale la pena presentar a Manuel Caballero, cuyas reflexiones sobre Caracas evidencian por qué con frecuencia se le llama "pensador".
A los 19 años se muda a la capital ansioso por estudiar. Pero tras cursar un año de Derecho, sus ideas oposicionistas lo llevan a prisión. Encarcelado en La Modelo comparte celda con la élite cultural y política del país: Luis Herrera Campíns, Aníbal Nazoa, Guillermo García Ponce, Rafael Cadenas, Teodoro Petkoff, Jaime Lusinchi y Luis Piñerúa.
Luego se exila en París y al regresar, seis años después, encuentra el embrión de la Caracas trepidante que daba sus primeros pasos hacia la modernidad. "Y comenzó a surgir la ciudad sin aceras que hoy nos impone el sedentarismo. Vamos de cárcel en cárcel: la oficina, el carro, la casa. Aquí todos somos aspirantes a peatones", dice.
"Yo la amo, aunque con un amor absoluto
y desconfiado" |
Y de nuevo Caracas se le convirtió en el lugar de la insurrección. Ingresa a la universidad y desde allí sigue en la oposición. Planificaban en los salones, bares, pensiones y, algunas veces, reunidos en "células", se organizaban hasta dentro de un Volkswagen. "Después, entre los sesenta y los ochenta, el sitio de encuentro fue Sabana Grande, el centro cultural y 'etílico' de la capital", señala.
Pero hablar con él sobre esta ciudad trae a la mesa un banquete de reflexiones. Primero afirma, y espera no sonar anticuado, que continúa la lucha entre la civilización y la barbarie, entre la ciudad y el caos. "Los gobiernos parecen odiar todo lo urbano y quisieran convertirnos en criadores de gallinas... Por otro lado -apunta-, la libertad sólo existe en la ciudad, y hablo de la libertad como liberación (de la ignorancia, por ejemplo). La ciudad libera, mientras el campo sigue contenido por la religión, la moral aldeana, la vigilancia del entorno (…) Asimismo, aquí se afirma nuestro carácter social y solidario, pues no existe una insurrección en el campo. Sí hay guerras campesinas, que son otra cosa, pero nunca algo como lo del 23 de enero".
Por último, cree que "la ciudad es el recinto de la paz, mientras el campo el de la violencia". Y explica: "Somos pacíficos porque hemos poblado las urbes. En el campo la primera pelea es contra la naturaleza, y no falta violencia en las relaciones humanas (¿por qué todos cargan un machete en la cintura?). No es casual que el lenguaje de la guerra se parezca al rural: los ejércitos entran en 'campaña', hacen 'campamentos', sitúan ciudades (¿desde dónde más pueden situarse?). Y, al contrario, 'ciudadano' y 'civilización' provienen de 'ciudad', y 'política' es ocuparse de los asuntos de ésta".
Tras la buena tertulia, respira hondo y cita a Maquiavelo que siempre le retumba en la cabeza: "Amo más a mi ciudad que a mi alma", y luego agrega: "Yo la amo, aunque con un amor absoluto y desconfiado".
johan_ramirez3@hotmail.com
Asistente de fotografía: Anita Carli
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