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He aquí un testimonio de lo creativo
que puede llegar a ser el desespero. Erase una vez una madre al
borde del ataque de locura Lo había ensayado todo, a saber,
la confianza absoluta, el cultivo paciente de una úlcera
descomunal viendo como se hacía de noche, día tras
día, y el bulto permanecía intacto, el regaño
constructivo y el regaño destructivo, los gritos, el silencio
mortal, el ejemplo propio y ajeno, el sermón aleccionador
e inagotable, las lágrimas buscando conmover, las amenazas
terribles, las frases hirientes, la mortal indiferencia, los castigos
impepinables, desde “ahora te quedas sin chatear hasta que
te divorcies de tu segundo marido” hasta el “te juro
que no vas a ver más televisión ni que te pares de
pestañas”, pasando por “y te olvidas de ir a
una fiesta ni que sea tuya”, y el amor más infinito.
En fin, lo había probado todo pero el bulto seguía
intacto y la mirada de su adorada adolescente seguía impertérrita
dejándole bien claro que nada de lo que hacía tenía
sentido alguno y mucho menos algún efecto digno de ser relatado.
Estaba, esta madre, por lo tanto, en estricto estado de desespero
cuando se le ocurrió una idea. Una idea que resultó
genial.
Una tarde cualquiera, tomó al azar
una revista Estampas, la abrió por la página de las
recetas y le dijo a su muchacha en tono inocente: “Ay, mira,
un test, ¿quieres que te lo haga?”. Obviamente la joven
dijo que sí, por aquello de que a quién no le gusta
que le hagan un test. La madre sonrió internamente y arrancó
con el siguiente cuestionario: ¿Dónde vives? Ay, mamá,
tú sabes. Dime pues. En Altamira. Ajá (y fue anotando
cada respuesta sobre la receta de tiramisú). Sigo, ¿en
tu casa, compartes tu cuarto con un hermano, dos hermanos, siete
hermanos, o tienes habitación para ti sola? Ay, mamá,
tú sabes. ¿Quieres que te haga el test o no? Está
bien, duermo sola. Muy bien. ¿Tus padres te obligan a barrer
la casa? No. ¿Limpiar los baños? No. ¿Lavar
toda la ropa? No. ¿Planchar? No. ¿Cocinar? No. ¿Pasar
coleto? No. ¿Cuidar a tus demás hermanitos? No. ¿Trabajar
para ayudar con la quincena? No. Ajá, sigo, (siempre anotando
las respuestas sobre la receta de tiramisú). Para ir a tu
escuela o liceo debes, ¿bajar cientos de escaleras o tomar
un rústico para llegar a la avenida? No. ¿Tomar dos
o más carritos por puesto? No. ¿Hacer varias transferencias
de metro y luego camionetitas? No. ¿Caminar diez o más
cuadras? No. ¿Montarte en un lanchón, burro o cualquier
otro tipo de animal? No, mamá, me llevas tú en el
carro. ¡Entonces estudia, carajo!, le gritó la madre
y acto seguido le zumbó la revista. La adorada adolescente
quedó atónita, sin capacidad alguna de respuesta,
viendo y volviendo a ver la receta de tiramisú sin poder
creer que allí no hubiera ningún test, totalmente
descolocada su actitud de me las sé todas propia de la edad.
No podía creer que la loca de su madre hubiera sido capaz
de vacilarla de esa manera. Una vez superado el asombro, la risa
y la vergüenza quedó claro el mensaje. Madre e hija
nunca más hablaron de la escenita pero al parecer funcionó.
Cada tarde, a eso de las tres y media, previo
recordatorio materno, el bulto es tocado y las tareas son hechas.
Por eso se los cuento, a manera de regalito, por si les fuera necesario
y alguien más se encontrare en tamaño desespero. l
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