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  Un regalito
Mónica Montañes

 

He aquí un testimonio de lo creativo que puede llegar a ser el desespero. Erase una vez una madre al borde del ataque de locura Lo había ensayado todo, a saber, la confianza absoluta, el cultivo paciente de una úlcera descomunal viendo como se hacía de noche, día tras día, y el bulto permanecía intacto, el regaño constructivo y el regaño destructivo, los gritos, el silencio mortal, el ejemplo propio y ajeno, el sermón aleccionador e inagotable, las lágrimas buscando conmover, las amenazas terribles, las frases hirientes, la mortal indiferencia, los castigos impepinables, desde “ahora te quedas sin chatear hasta que te divorcies de tu segundo marido” hasta el “te juro que no vas a ver más televisión ni que te pares de pestañas”, pasando por “y te olvidas de ir a una fiesta ni que sea tuya”, y el amor más infinito. En fin, lo había probado todo pero el bulto seguía intacto y la mirada de su adorada adolescente seguía impertérrita dejándole bien claro que nada de lo que hacía tenía sentido alguno y mucho menos algún efecto digno de ser relatado. Estaba, esta madre, por lo tanto, en estricto estado de desespero cuando se le ocurrió una idea. Una idea que resultó genial.

Una tarde cualquiera, tomó al azar una revista Estampas, la abrió por la página de las recetas y le dijo a su muchacha en tono inocente: “Ay, mira, un test, ¿quieres que te lo haga?”. Obviamente la joven dijo que sí, por aquello de que a quién no le gusta que le hagan un test. La madre sonrió internamente y arrancó con el siguiente cuestionario: ¿Dónde vives? Ay, mamá, tú sabes. Dime pues. En Altamira. Ajá (y fue anotando cada respuesta sobre la receta de tiramisú). Sigo, ¿en tu casa, compartes tu cuarto con un hermano, dos hermanos, siete hermanos, o tienes habitación para ti sola? Ay, mamá, tú sabes. ¿Quieres que te haga el test o no? Está bien, duermo sola. Muy bien. ¿Tus padres te obligan a barrer la casa? No. ¿Limpiar los baños? No. ¿Lavar toda la ropa? No. ¿Planchar? No. ¿Cocinar? No. ¿Pasar coleto? No. ¿Cuidar a tus demás hermanitos? No. ¿Trabajar para ayudar con la quincena? No. Ajá, sigo, (siempre anotando las respuestas sobre la receta de tiramisú). Para ir a tu escuela o liceo debes, ¿bajar cientos de escaleras o tomar un rústico para llegar a la avenida? No. ¿Tomar dos o más carritos por puesto? No. ¿Hacer varias transferencias de metro y luego camionetitas? No. ¿Caminar diez o más cuadras? No. ¿Montarte en un lanchón, burro o cualquier otro tipo de animal? No, mamá, me llevas tú en el carro. ¡Entonces estudia, carajo!, le gritó la madre y acto seguido le zumbó la revista. La adorada adolescente quedó atónita, sin capacidad alguna de respuesta, viendo y volviendo a ver la receta de tiramisú sin poder creer que allí no hubiera ningún test, totalmente descolocada su actitud de me las sé todas propia de la edad. No podía creer que la loca de su madre hubiera sido capaz de vacilarla de esa manera. Una vez superado el asombro, la risa y la vergüenza quedó claro el mensaje. Madre e hija nunca más hablaron de la escenita pero al parecer funcionó.

Cada tarde, a eso de las tres y media, previo recordatorio materno, el bulto es tocado y las tareas son hechas. Por eso se los cuento, a manera de regalito, por si les fuera necesario y alguien más se encontrare en tamaño desespero. l


 
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