| Los niños de Brasil
Es raro pasar un tiempo en la prisión
por un crimen que nunca sucedió.
Max Haines
Sucedió
en Escada, Brasil, a finales de la década de los cuarenta.
José Simao, un insignificante ladrón de profesión
y mujeriego por afición, recién había salido
de la cárcel con sus arcas vacías de cruzeiros. ¿Qué
se suponía que hiciera el hombre? Seguramente no pasar la
noche entera sin una botella de vino. No, tenía que haber
una manera mejor. José supuso que si se mantenía cerca
de las cantinas por un tiempo, algún cliente con unas copas
de más podría ser un blanco fácil. Un golpe
en la cabeza, una arremetida contra sus bolsillos y el viejo problema
de la sed quedaría resuelto.
Pero no funcionó como creía.
José esperó y esperó y finalmente se rindió.
Seco y decepcionado caminó pesadamente a través de
los campos de azúcar y hacia la choza que él llamaba
casa. Aunque José aún no lo sabía, había
otro hombre de su misma índole merodeando esa noche. Pronto,
sus caminos se cruzarían.
Más temprano esa misma noche, Aidas Soares da Silva estaba
tomando sorbos lentos de vino en otra cantina. Aidas estaba situado
apenas por arriba de José en la escala de la criminalidad.
No sólo vaciaba bolsillos de borrachos, sino que también
robaba casas. Muy a menudo lo atrapaban y, como resultado, su frondoso
prontuario policial abarcaba varios años.
Esa noche, Aidas vio a un rico agricultor
hundirse más y más dentro de los vasos. El agricultor
se pasó de vino a brandy, pero lo más importante era
que estaba pagando sus tragos con billetes de 100 cruzeiros. Aidas
esperó por su momento.
Eventualmente, el agricultor se levantó
y salió tambaleante de la cantina. Caminó a través
del pueblo cantando y se dirigió a las plantaciones de azúcar
y hacia su casa. Aidas lo siguió, manteniendo una distancia
prudencial. Entonces, escabulléndose entre las altas cañas,
golpeó en la cabeza al agricultor con un caño. Aidas
nunca salía sin su caño.
El agricultor cayó al piso. En un instante,
Aidas vació los bolsillos de su víctima. El botín
fue de 700 cruzeiros, el equivalente a 45 dólares. No había
sido una mala noche de trabajo, pensó Aidas, quien rápidamente
emprendió el regreso al pueblo.
El astuto Aidas desconocía que José
se encontraba en la misma plantación, propiedad del agricultor
caído. José no había visto el ataque al hacendado,
pero sí había visto a Aidas cruzar el cañaveral.
Siguió al ladrón hasta que llegó a una gran
zanja de riego. Ahí fue donde atacó. Con toda la fuerza
de la que era capaz, José golpeó a Aidas en la cabeza
con un tablón. Entonces, el ladrón se convirtió
en víctima. José extrajo los ajetreados 700 cruzeiros
y huyó.
Ya estaba amaneciendo. Dos trabajadores de
la plantación tropezaron con el cuerpo caído de su
jefe. Los dos hombres comenzaron a perseguir al delincuente. Mientras
lo hacían, se cruzaron con el cuerpo de Aidas en la zanja
de riego. Se detuvieron hasta cerciorarse de que estaba muerto.
Entonces continuaron la búsqueda de José, a quien
encontraron poco después.
Dos cosas sucedieron. El delincuente José
fue entregado a la policía. El agricultor se recuperó
y presentó cargos contra él, suponiendo que había
sido el responsable del robo que había sufrido. Después
de todo, José tenía en su poder los 700 cruzeiros.
Los dos trabajadores llevaron a la policía hasta el lugar
en el que se habían cruzado con el cadáver del otro
hombre. El cuerpo no estaba allí. A la policía le
pareció que podría haber sido arrastrado por la corriente
del gran canal de riego.
En la reconstrucción de los hechos
de esa noche, la policía dedujo que José Simao había
asesinado al hombre sin identificación, cuyo cuerpo no podía
ser encontrado por ningún lado. Para complicar los hechos
aún más, José creía firmemente que él
había asesinado al desaparecido. La policía también
dedujo que el hombre asesinado no tenía dinero, por lo que
José había golpeado de nuevo, esta vez liberando al
rico agricultor de sus 700 cruzeiros.
José fue declarado culpable de asesinato
y sentenciado a 15 años en la prisión de Pernambuco.
La saga de Aidas Soares da Silva y José
Simao habría sido largamente olvidada de no ser por un hecho
increíble. Aidas no estaba muerto. Luego de que los dos campesinos
lo tocaran con la punta de sus pies por un par de segundos, se levantó
y huyó del cañaveral. Al día siguiente, Aidas
escuchó que el hacendado había denunciado a otro hombre.
El, como firme creyente de que la discreción es la mejor
parte del valor, se fue del distrito y nunca volvió a pensar
en el incidente. Después de todo, su profesión de
ladrón requería toda su atención.
En 1954, Aidas fue apresado mientras robaba
en una prestigiosa zona de Recife. En realidad, no fue atrapado.
Saltó de una ventana de la casa y aterrizó en la cabeza
de un oficial de policía.
Entonces ocurrió una coincidencia aún
mayor, que de haber sucedido en el recuento de un hecho criminal
de ficción habría sido descartado por demasiado absurdo.
Sin embargo, sí sucedió. Aidas no sólo fue
enviado a la misma prisión en la que se encontraba el hombre
acusado de haberlo asesinado, sino que también se convirtió
en su compañero de celda.
Los dos hombres se hicieron amigos rápidamente,
como los compañeros de celda suelen hacerlo. Durante largos
y calurosos días y sus sombrías noches, los amigos
se contaron sus andanzas. Ahí estaban los relatos de robos
arriesgados y mujeres fáciles. Pero no fue hasta el verano
de 1955 que Aidas le contó a José sobre una noche
en particular en las afueras de Escada, cuando le robó a
un agricultor para luego ser golpeado y asaltado junto a un gran
canal de riego, cerca de una plantación de cañas de
azúcar.
José
enmudeció. Ahí estaba él, habiendo pasado seis
años de una condena de 15 por el crimen de su vivito y coleante
compañero de celda. No había ninguna duda. No había
asesinado a nadie.
Los hombres pidieron una entrevista con el
guardián de la cárcel y se la concedieron A su vez,
el guardián se puso en contacto con el jefe de policía
de Sao Paulo, Simón María Alva, quien reabrió
el caso. Su investigación probó, sin ninguna duda,
que un hombre estaba pasando tiempo en prisión por el asesinato
de una persona que estaba más que viva.
José fue perdonado. Nunca olvidó
a su compañero de celda. Cuando Aidas fue liberado tiempo
después, José estaba en los portones de la prisión
para recibirlo. En los meses previos, José trabajó
duro y había conseguido ahorrar algo de dinero. Esa noche,
José invitó a su querido amigo con una comida digna
de un rey. Sin dudas, fue la primera vez que un supuesto asesino
compartía el pan con su víctima.
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Ilustraciones: David Márquez
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