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Hato pinero
El llano repleto de vida

En sus sabanas se descubre una asombrosa variedad de especies de animales, de paisajes espléndidos, de amaneceres de fantasía y atardeceres inolvidables.Son 75 mil hectáreas que lo harán sentir orgulloso de ser venezolano. Texto y fotos: Johan M. Ramírez

Sobre un camión tipo safari y con la cara al sol,
el viento en los oídos pareciera revelarnos el
clamor de los llanos venezolanos, mientras los paisajes, asombrosos a toda hora, nos sacuden
el resto de los sentidos. Recorrer sus sabanas dichosas es descubrir la vida a cada instante,
desde el verdor interminable de sus 75 mil hectáreas, hasta el puñado de mariposas que revolotea junto al carro durante todo el camino,
el lagarto que cruza la carretera estrepitosamente,
el ave que se exhibe con elegancia en el cielo,
los monos que juguetean en las ramas, el pájaro
que canta su tonada, la baba que se asoma
sigilosa en la laguna, el chigüire que observa
con curiosidad desde el monte, el ganado que pasta imperturbable, o la anaconda deforme que acaba de almorzar quién sabe qué. Pareciera que hasta las piedras pudieran correr y cantar en este hato, Hato Piñero, una joya natural ubicada
en el corazón del estado Cojedes.

Desde hace cincuenta años se prohibió la caza en este lugar, razón por la cual la vida palpita a lado y lado del camino. No es difícil toparse frente a una búfala de dos mil kilogramos durante alguno de los paseos, o detener la marcha porque un caimán o una inmóvil serpiente yace junto a la carretera. Y los pájaros, ni hablar. Es como si todas las aves del mundo se hubieran venido a vivir en estas tierras, pues una rápida mirada a la derecha o a la izquierda es suficiente para observar algunas chenchenas, un par de guacamayas, tres pecho amarillo, un vaco, cien garzas, y hasta un rey zamuro que sobrevuela de pronto el camión. Piñero es especial para la observación de aves, de eso no cabe duda.

En cuanto a la vegetación, hay más de dos mil especies contabilizadas, y hablando de números: unas veinte mil cabezas de ganado adornan el espectáculo visual de cualquier panorámica; y son 342 las especies de aves, 50 las de mamíferos, 42 las de reptiles, 14 las de anfibios y 104 las de peces. Es decir, éste es un valioso resguardo ecológico que cada venezolano debería conocer.

Amanecer en el llano
Los días en este hato están llenos de actividad. Se puede comenzar muy temprano, con la salida del sol, para presenciar el ordeño de las vacas, y hasta ordeñar alguna, cómo no. Las comidas son puntuales y sin desperdicio. Un breve reposo tras el desayuno, y una taza de café, son suficientes para subir al camión
y comenzar el paseo del día. A las doce y treinta es
el regreso al campamento para almorzar, y un par de
horas después se emprende de nuevo camino en otra dirección, para seguir deleitando la mirada con las maravillas naturales de Piñero.

En nuestro viaje arribamos cerca de las tres de la tarde. Apenas nos instalamos salimos en dirección a La Laguna de Los Cerritos, donde nos topamos con los primeros animales silvestres: caballos, búfalos, chigüires, babas y un morroy adormecido.

Desde allí apreciamos nuestro primer atardecer del viaje. El cielo se tornó rojizo, el agua inmóvil, y un festín de aves en el cielo acompañaba cual fondo musical
el descenso del sol. En minutos se hizo de noche, y así regresamos al campamento para una ducha, una cena deliciosa, y una típica noche llanera en la que Lorenzo, Víctor y Alejandro (con arpa, cuatro y maracas) pusieron el cierre preciso
a una velada al mejor estilo venezolano.

Día dos
A la mañana siguiente nos esperaba
un sustancioso desayuno antes de
subir de nuevo al camión. Ese día fuimos al suroeste del estado Cojedes. En el camino descubrimos un manojo de mariposas multicolores que nos acompañaría por el resto del viaje. Vimos varios venados, decenas de pájaros -imposibles nombrarlos-, caimanes boquiabiertos y una
anaconda de tres metros que acababa de comer. Apenas se deslizaba sobre
el suelo, y al estar completamente estirada era poco probable que atacara.
Por ende, pudimos acercarnos bastante e, incluso, algunos la tocamos.

De regreso para almorzar, paramos primero en la Estación Biológica, muy cerca del campamento turístico, un sitio dedicado a la investigación y el estudio de la flora y fauna de la región. Está compuesta por una biblioteca, un herbario donde están registradas todas las especies vegetales del hato, una sala de reuniones, y varias habitaciones reservadas exclusivamente para estudiantes, científicos, o quienes justifiquen que realizarán actividades de investigación.

Luego sí fue hora de almorzar. Un pabellón de lujo nos llevó a una leve siesta y, tras ella, salimos de nuevo, ahora en busca del río Cojedes, una de las fronteras de Piñero.

Qué contacto
Durante la tarde nos iluminó un sol espléndido. Las nubes en el cielo tenían formas asombrosas. En un punto nos topamos con una familia de chigüires junto al camino. Había una veintena, y pudimos acercarnos considerablemente para fotografiarlos. Ariscos por naturaleza, estos animales se pasean confiados y a veces permiten la cercanía del hombre, esto debido a que desde hace medio siglo la caza se prohibió
en este sitio y, por ende, han aprendido a convivir con los humanos.

Luego vimos algunas guacamayas bandera, después una lechuza orejona, y decenas de pájaros más. Alrededor de las cinco de la tarde llegamos a Charco Azul, un lugar realmente especial.

Desde allí disfrutamos nuestro segundo atardecer en Piñero. Un festival de aves se daba cita en el aire, mientras en la tierra el ganado hacía toda clase de sonidos, corría, se movía, se quedaba inmóvil. Garzas blancas, rosadas, naranjas, azules, se confundían en un vuelo fraterno. El escándalo de loros, el canto al unísono pero variado de la multitud de pájaros, el sol rojizo, ardiente, aunque agradable, y la brisa fresca evidenciaban que algo estaba ocurriendo. En efecto: un día más estaba cayendo en el llano.

Espectáculo nocturno
Tras el atardecer llegamos al plácido río Cojedes.
Allí descansamos un rato, comimos algunos
refrigerios, probamos el queso de búfala, y subimos
de nuevo al camión para emprender el retorno. Ya
era de noche, y Alejandro, nuestro guía y especialista en aves, iba alumbrando los rincones de la sabana con una potente linterna, y por donde pasara la luz brillaban montones de ojos ocultos en la noche. Se confirmaba de nuevo: el llano está repleto de vida.

A mitad del camino hicimos una parada. El camión
y Alejandro apagaron sus luces y quedamos en medio de una absoluta oscuridad, en la que pudimos contemplar el cielo como pocas veces. Millones de estrellas atiborradas sobre nuestras cabezas nos mostraban lo que nadie tenía que aclarar: estábamos frente a la vía láctea.



A la par, un centenar de luciérnagas amenazaba con
robar toda la atención, pues
por montones se prendían
y se apagaban como diminutas estrellas fugaces que, tras un corto vuelo, morían, pero enseguida renacían para seguir muriendo
y resucitando toda la noche.


Último amanecer

Al tercer día algunos nos levantamos muy temprano, pues queríamos presenciar el ordeño del ganado, mientras otros se fueron a ver cómo comenzaba la
faena de los trabajadores. Otros tantos prefirieron
dormir un poco más.

Desayunamos a las siete y treinta, descansamos
un rato, y nos pusimos en marcha a nuestro último
paseo del viaje. Esta vez recorrimos por tierra
un trecho de unos quince kilómetros hasta el
Caño San Jerónimo, donde subimos a un bote
que nos transportó llano adentro, sobre unas
aguas tan serenas que era imposible advertir
hacia donde iba la corriente.

Sobre el agua vimos de cerca a los galápagos, y a las curiosas mariposas que se posan en sus cabezas. Pasamos junto a las inertes babas apenas visibles entre las algas u ocultas bajo el agua. El tranquilo paseo duró cerca de una hora, todo en silencio, si acaso roto por el canto de un pájaro o por las exclamaciones de los turistas al divisar una decena de monos que brincaba entre los árboles, o una garza inmaculada que alzaba el vuelo desde alguna rama.

Luego volvimos a la posada para un último almuerzo, una deliciosa marquesa
de chocolate como postre, un breve descanso, y la despedida del lugar.

Fueron tres días fabulosos en medio de la
más fiel exposición del llano venezolano. Cualquier hora es buena para disfrutar el
paseo, cualquier cielo resplandece sobre aquellas sabanas, y cualquier animal,
sin duda, ha de vivir dichoso y protegido
en medio de Hato Piñero, uno de los
reservorios naturales más hermosos
del país.

Coordenadas
Para mayor información, conocer detalles y costos del viaje, o para hacer reservaciones, visite www.hatopinero.com. También puede comunicarse a través de los teléfonos (0212) 991.0079 / 992.4531 991.8935; o al fax (0212) 991.6668

Le serán de utilidad

Precaución
Antes de llegar al hato hay unos 30 kilómetros de carretera asfaltada en muy mal estado. Debe conducir con cuidado, pues hay huecos que podrían provocar un accidente si no se les advierte a tiempo.
De tierra
Una vez que deja la vía asfaltada, hay 22 kilómetros de carretera de granzón hasta el hato. Ésta se encuentra en buen estado, y no es necesario tener un rústico para recorrerla, pero es bueno que lo tome en cuenta.
Pendiente
Se recomienda llevar repelentes líquidos para evitar los mosquitos, al igual que protector solar. Se sugiere ropa cómoda, pantalones de jean, botas resistentes o zapatos deportivos, gorras y lentes.
Importante
En Hato Piñero no hay cobertura para ninguna operadora celular ni servicio de llamadas de telefonía fija. No se recibe ni radio ni televisión abierta. Entre los próximos planes está la apertura de unapequeña sala de Internet para los huéspedes.
No olvide
Asegúrese de llevar una cámara fotográfica, y si tiene binoculares, no dude en traerlos, pues los necesitará para disfrutar mejor la observación de aves.
No se preocupe
El paquete para visitar Hato Piñero incluye todo lo necesario para realizar un viaje placentero y sin estrés: traslados (opcionales), paseos tipo safari, comidas, bebidas, alojamiento y refrigerios en las salidas.
Estadía
El campamento es una casa estilo colonial para 25 personas. Todas las habitaciones tienen baño privado, aire acondicionado o ventilador.
Caminos
Se puede llegar a Piñero desde cualquier lugar del país tanto por carretera pavimentada como por avión, pues el hato posee una pista de aterrizaje privada, y está a corta distancia de la carretera nacional que conecta El Baúl con la autopista Caracas-Valencia.
Solidarios
La Estación Biológica, como se dijo, está abierta a estudiantes, científicos e investigadores que deseen realizar trabajos en el Hato. Los costos de alojamiento y comidas para éstos son más económicos que para los turistas.

 

Ver también:
- Chicas Bookings
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Cascanueces y olé
- Melodramas made in Zulia
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Hato Piñero El llano repleto de vida
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