|
“¿Lip qué? ¿lip venom?”, pregunté despistada. “Sí, sí, lip venom, veneno de labios” me respondió Amalia mientras hurgaba en su cartera — a la sombra de un apamate en un parque infantil en La Castellana— para dar con una muestra de lo que me prometía sería un nuevo artículo de culto de mi insaciable kit cosmético. “¿No conoces los lip venom…? —me decía haciendo que casi sintiera vergüenza por mi falta de información— ¡ah!, ¡no!, tienes que descubrirlos, te van a fascinar”. Confidente e intrigante mi amiga metía la mano en su gran bolso de madre chic y desenfadada para dar con el objeto en cuestión del que, finalmente, extrajo con cara de suspenso un pequeño labial de aspecto bastante común invitándome a probarlo. Al ver el envase —una barra de brillo labial aparentemente idéntica a las demás— confieso que me sentí un tanto defraudada.
Las numerosas exclamaciones de mi amiga me habían hecho pensar que estaba a punto de descubrir algo fantástico, sin embargo, a simple vista aquello parecía un lugar común de la cosmética global, un labial de acabado brilloso como cualquier otro. Mi amiga insistía: “¡Pruébalo!, ¡póntelo!”. Algo escéptica hice lo lógico: tomé el labial en cuestión y froté la brochita destinada a su aplicación sobre la indiscreta carnosidad de mi boca. Mientras lo hacía llegué a pensar que quizás, después de tantos años viviendo en Europa y Estados Unidos, mi amiga parecía ignorar que Venezuela es un país de avanzada en materia de artículos de maquillaje y que no iba a impresionarme con un simple gloss rosa pálido. Sin embargo, mi incredulidad duró centésimas de segundos. Rápidamente comencé a experimentar las estrambóticas sensaciones donde puede arrastrarte la tecnología cosmética para hacerte la más deseable de todas las mujeres del planeta.
Sin duda, el hombre contemporáneo deambula en un esquema vital cada vez más condicionado por los referentes visuales y auditivos de la percepción. La supremacía del aullido audiovisual se posiciona con ventaja por encima del resto de los sentidos. En este mundo de imágenes y sonidos en el que nos desenvolvemos, a veces ensordecidos por los repiques de cornetas, alarmas y timbres polifónicos, el olfato, el tacto, e incluso el gusto se han convertido en sentidos complementarios. Sin embargo, en el fondo todos queremos padecer emociones arrolladoras para justificar nuestro miserable tránsito como materia.
¿Qué sentí después de aplicarme una tímida dosis de lip venom en la boca? Que mis labios se hacían voluptuosos y que mi boca chispeaba estrellas escarchadas de espectacular hinchazón. En ese momento mi boca tomó preponderancia protagónica y una indescriptible y seudomasoquista sensación de placer y gozo poderoso. Por extraño que parezca, el brillo venenoso que barnizaba mis labios me hacía sentir sexy. Estaba rodeada de árboles, padres y juguetones infantes, complacida con la sensación de tener la boca deliciosamente envenenada, abultada y vivaz. ¿Raro no?
Parece que quienes somos presa de los valores del mundo citadito sólo reconocemos la felicidad cuando nos devela su perfil más eufórico, y aunque nadie a mi alrededor lo notara, yo me presumía peligrosa y provocadora. Los labios realmente aumentan ligeramente su espesor con la aplicación de un brochazo de Lip Venom, pero a decir verdad, el placer que ofrece este producto de vanguardia cosmética radica en cómo te hace sentir y no en cómo te permite lucir.
En un mundo condicionado por la arrolladora fuerza de lo auditivo y lo visual, muchas veces creemos que sentirnos bien es estallar como una gaseosa helada cuyo efervescente contenido te salpica el alma, el estómago y la garganta con efímeros chispazos de lúdicas sensaciones. Las mujeres siempre queremos explosionar, desbordar nuestras ropas, ser metáfora cotidiana del esplendor tropical y detonar como cohetones de mil colores. Quizás, gracias al acondicionamiento hollywoodense que se apodera del discurso narrativo occidental y gracias al esquema “exitista” del mundo que nos vive sin permitirnos el pecado de la serenidad, algunas personas parecemos esponjas tratando de chupar felicidad, goce, satisfacción y emoción al costo que sea.
Las serpientes más hermosas y coloridas suelen ser venenosas y, aunque por la boca muere el pez, ahora sólo quiero todos los sabores de Lip Venom en mi estuche de maquillaje para pintar mis días de efervescente deseo. l
tofano@hotmail.com
|